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Las siete marcas de la compasión

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Marvin Olasky es uno de los pocos autores que se sabe que haya influido en la forma de pensar de George W. Bush. Pero, claro, es algo más importante que eso. Es uno de los grandes autores sobre la caridad privada. Tiene una obra, The Tragedy of American Compassion, que hace, desde la erudición y el sentido común a toneladas, un repaso a la caridad privada en la historia de los Estados Unidos, desde la época colonial hasta la década de los 80’ del pasado siglo. Uno de sus capítulos, extrañamente colocado en el centro del libro, expone el núcleo de su pensamiento en "siete marcas de la compasión", que lo son en realidad de la marcha desde la pobreza a la autosuficiencia.

1. Afiliación. La pertenencia a la familia, en el grado que fuere, o del vecindario, de la comunidad. Lo primero que preguntaban los trabajadores de la caridad privada, nos dice Olasky, es "¿quién tiene que ayudar a esta persona?". Pero no es ya que se considere bueno que sea alguien que le conoce quien le ayude, sino que "la ayuda ofrecida sin referencia de las amistades y los vecinos deviene en una pérdida moral". Los individuos aislados no tienen la constricción de las normas morales, las fuerzas condicionantes de la aceptación, de la vergüenza, de la propia dignidad. Aislados, todo da más igual. Siendo parte de una familia o una comunidad, nos importa ser aceptados, y para ello tenemos que hacer lo correcto para salir adelante.

2. Relación con los voluntarios. Los trabajadores sociales del XIX no eran funcionarios, sino personas que dedicaban su devoción al bienestar de otros. Como las personas, las familias, son distintas unas de otras pese a las marcas comunes de la naturaleza humana, se necesita un buen conocimiento de las personas a que se quiere ayudar, y de sus circunstancias, para tomar las decisiones correctas. La perseverancia, la devoción, la constancia, son necesarias para una empresa tan compleja como la de cambiar la vida de los demás. La Sociedad de Filadelfia para la Organización de la Ayuda Caritativa declaraba que los voluntarios tendrían "experiencias desalentadoras", pese a lo cual tendrían que mantener "la mayor paciencia, la firmeza más decidida, y una amabilidad sin fondo".

3. Categorización. A diferencia del Estado de Bienestar, la caridad mira individualmente a cada persona, con sus circunstancias, sus inclinaciones y sus posibilidades. Las organizaciones caritativas consideraban merecedores de ayuda a quienes estaban en la pobreza sin haber sido ellos mismos causa de su situación miserable: huérfanos, lisiados, viejos, enfermos sin cura, y que no tuvieran a nadie que les pudiera atender (a quien, por tanto, falte la afiliación). Por otro lado estaban los desempleados de forma temporal, para quienes las necesidades no le dan el respiro suficiente como para dejar de atenderlas hasta el próximo trabajo. Y por último, los no merecedores de ayuda. Los indolentes, los mendicantes sin voluntad de cambio, pero con la posibilidad de salir adelante con un cambio de voluntad. Los que tienen comportamientos que desordenan su conducta, como el consumo de alcohol o drogas (no se crea que fueron un invento de los 60). A todos se les hacía pasar por un test: el del trabajo. Sin voluntad de salir adelante por los propios medios, la ayuda se dirigía a quien sí mostraba ese ímpetu.

4. Discernimiento. El voluntario de las organizaciones de la caridad necesitan de un básico conocimiento de la naturaleza humana. No se sorprendían de que hubiera entre los pobres quien "prefiere su condición, o incluso intenta sacar partido de ella" a salir adelante. Tenían que aprender que "la interferencia bien intencionada, sin acompañar por el conocimiento personal de todas las circunstancias, a menudo hace más daño y se convierte en una tentación en lugar de una ayuda". Y es que "nada es más desmoralizador para el pobre que lucha por salir adelante que el éxito de los indolentes o los viciosos".

5. Empleo. Para generar una renta, si no se cuenta con propiedad, es necesario trabajar. Llevar una vida independiente exige realizar un trabajo con el que generar una renta suficiente. La primera sociedad que desarrolló un sistema de ayudas a los más necesitados es la judía. La tradición talmúdica, si bien se toma muy en serio la tradición del descanso en sábado, consideraba que desengancharse de la dependencia de la ayuda de otros es más importante, por lo que se permitía o favorecía el trabajo en sábado, si era necesario.

6. Libertad. Tanto la labor de las organizaciones caritativas como el trabajo de los más necesitados necesitan actuar en un entorno institucional liberado de las perniciosas interferencias del Gobierno, nos dice Marvin Olavsky. En sus palabras, esa libertad de trabajar "era la oportunidad de conducir un tren sin la necesidad de pagar coimas, la de cortar el pelo sin la necesidad de acudir a una escuela de peluquería". La libertad "era la oportunidad de que una familia se escapara de la lacerante pobreza, teniendo un padre de familia que trabajara muchas horas, y una madre que puede coser en casa". Olasky concluye que "Las imágenes de abyecta pobreza podrían mostrar unas condiciones horribles, pero aquellos que perseveraran protagonizaban una película de movilidad en ascenso".

7. Dios. "La verdadera filantropía ha de tener en cuenta las necesidades espirituales tanto como las materiales", proponía una organización caritativa, y Olasky hace suya la frase. Las concepciones religiosas ayudaron tanto a voluntarios como a los necesitados a conseguir eliminar la pobreza. Los católicos insistían en el sentido literal de la compasión. Los judíos, en la rectitud y la muestra de amabilidad. Pero la referencia a Dios ha movido y mueve a un número sin cuento de personas a actuar por los demás, y a otro tanto a salir adelante.

La última marca de la compasión no ha quedado impresa en todas las personas, pero para aquellos a quienes no les sirve de ayuda tampoco les perjudicará. Las siete enseñanzas del estudio de Marvin Olavsky de la caridad privada están llenas de un profundo conocimiento histórico de la pobreza y de una comprensión cabal de la naturaleza humana. Dadas la vuelta, cada una de ellas son un alegato en contra de la intervención del Estado en la empresa de luchar contra la pobreza ajena.

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