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Lecciones de la campaña electoral peruana

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Tras la dictadura militar, Perú ha vivido épocas complicadas y convulsas. La década los años ochenta fue un completo desastre y finalizó con el país preso del binomio, tan característico en América Latina, corrupción-hiperinflación. Con el inicio del Fujimorismo (1990), el país mejoró económicamente pero desde el gobierno se vulneraron los derechos y libertades fundamentales de los ciudadanos, sin olvidar la práctica del terrorismo de Estado. La conclusión fue que las dos cabezas visibles de la política peruana, Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, dieron con sus huesos en la cárcel.

Los gobiernos de Alejandro Toledo (2001-2006) y de Alan García (2006-2011) hicieron que la estabilidad fuese la protagonista tras décadas de ausencia y, con ella, el crecimiento económico. Así, Perú se convirtió en una de las naciones latinoamericanas más estables, alejada de toda influencia albista. Igualmente, García no dudó en más de una ocasión en convertirse en el enemigo dialéctico principal del Chavismo. En consecuencia, Perú se unió al selecto y cada vez más numeroso grupo de países de América Latina que respeta a las instituciones del Estado de Derecho y apuesta por su permanencia.

Sin embargo, todo esto no parece suficiente y actualmente es Ollanta Humala el que ocupa el primer lugar en las encuestas, lo que no significa que se vaya convertir en el ganador final; y Keiko Fujimori, "la hija del Dictador", le sigue en las preferencias del público. Es evidente que, entre determinados sectores, la obra social que realizó su padre (más como instrumento de lavado de imagen que en servicio de sus compatriotas) sigue pesando mucho, de ahí que haya mantenido siempre buenos resultados en las encuestas, a lo que han ayudado sus reiteradas manifestaciones afirmando que se opuso a la tercera reelección (la vulneración constitucional final perpetrada por su progenitor).

Una vez más, el continente hermano muestra que una de sus grandes carencias es la capacidad de crear organizaciones políticas que estén por encima de la personalidad de sus líderes. Todo lo contrario, son estos últimos los que crean el partido una vez que su mensaje retórico y demagógico ha calado entre sus compatriotas. El caso de Humala ilustra significativamente esta tesis, sin olvidar que el partido de Alan García (el APRA) ni tan siquiera ha presentado candidato para estos comicios.

Ollanta Humala es el representante de la izquierda nacionalista (concepto que supone una clara contradicción, ya que la doctrina marxista clásica enfatizaba el internacionalismo y repudiaba el nacionalismo). Asimismo, con la finalidad de dulcificar su discurso, ha preferido señalar que su modelo es Lula (aunque sin repudiar a Chávez). Desde las filas del socialismo del siglo XXI, de forma deliberada tampoco se está acentuando el apoyo a la candidatura de Humala. El Presidente venezolano optó por una estrategia defensiva en su reciente viaje a Uruguay cuando afirmó que, con los intentos de vincular a Humala con él, se busca minar el apoyo al candidato de Gana Perú. Hugo Chávez parece asumir que su proyecto político, además de pasar por serias dificultades económicas, no está en condiciones de permitirse un retroceso más.

A pesar de esta táctica bien calculada, Humala no puede ocultar dos aspectos que lo convierten en potencialmente peligroso si finalmente se convierte en Presidente. Por un lado, aspira a modificar la Constitución. En su utopía, quiere crear una "nueva república de mayoría progresista", objetivo que desde su punto de vista no puede llevarse a cabo bajo la actual Carta Magna. Por otro lado, cuando habla de "economía nacional de mercado", se refiere a un proteccionismo económico en el cual el Estado es el principal actor en lugar del sector privado. Hacia este último las advertencias son más que veladas, lo que lleva a pensar que podría quebrarse el modelo económico seguido en los últimos años, el cual ha generado prosperidad y ha tenido como una de sus piedras angulares la firma de Tratados de Libre Comercio.

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