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Lo que no queremos

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La basura forma parte de nuestra actividad económica. Consiste en bienes que han perdido esa cualidad, bien porque ya no sirven ningún fin, bien porque incluso nos causan daño o simplemente ocupan el espacio que queremos para otros bienes. Los bienes que ya no nos valen son candidatos a entrar en la categoría de basura. Pero también otros que han perdido sus cualidades (comida en mal estado) o que formaban parte de lo que deseamos y hemos logrado desecharlo, o que jugaba un papel en el proceso productivo, pero una vez cumplida su misión deja de ser un bien para convertirse en un estorbo.

Puesto que el desecho, o la basura, es consustancial a la producción y el consumo, ha formado parte de la experiencia humana desde siempre. Y nos hemos enfrentado a ella acumulándola donde menos molestara, destruyéndola (por incineración) y reciclándola. En los últimos siglos se han observado dos tendencias ligadas al desarrollo económico. La primera es un incremento, que ha ido paralelo tanto a la producción como al consumo. La segunda es una mayor eficacia en la producción del desecho, es decir, la reducción de la cantidad de basura por unidad de producto. Los ecologistas sólo ven lo primero, porque para ellos la basura es la vida, y sólo conciben como solución reducir drásticamente la producción y el consumo o reciclar.

Tanto el consumidor como el productor son dueños de la basura que crean y tienen derecho a acumularla, destruirla o reciclarla, para alejar lo que no quieren de su propiedad. En una sociedad libre, uno tendría que asumir los costes de crearla. Si quisiera deshacerse de ella, tendría que llevarla a un lugar aún no ocupado o bien llegar a un acuerdo con el dueño de otro terreno. Como en cualquier otro aspecto de la colaboración social por medio del mercado, las personas tenderán a dividir el trabajo, permitiendo que unas empresas se especialicen en la recogida, tratamiento y almacenamiento del desecho.

Tanto en la producción como en el consumo, los agentes asumirían todos los costes asociados a crear basura, por lo que tienen un claro incentivo para reducirla. Si guardan ellos mismos la basura, tendrán en cuenta el coste de acumularla, y si recurren a una empresa el de su contratación. Este incentivo se trasladará a las empresas, que buscarán la manera en que la creación de basura sea menor, sin por ello tener que renunciar a una producción valiosa.

Aunque no vivamos en una sociedad perfectamente libre, estas tendencias se han producido en consonancia con lo que mantenemos de propiedad y libertad. Por ejemplo, el tráfico de basura hace que las corrientes de basura y dinero vayan en la misma dirección, lo que muestra que la división del trabajo en la recogida y almacenamiento de basuras funciona eficazmente. Hay empresas privadas que aportan valor con el reciclaje de basuras. La industria es cada vez más eficaz en la producción de basuras. En los últimos 25 años, según un experto, "el peso de los paquetes individuales se ha reducido en medidas que van desde el 30 por ciento (en las botellas de refrescos de 2 litros) al 70 por ciento (en las bolsas del supermercado y las de basura). Incluso las latas de aluminio pesan un 40 por ciento de lo que pesaban".

En una sociedad con calles y espacios públicos, eso puede generar un problema, ya que se acumula en lugares de uso común. Para solucionar el problema todavía se puede recurrir a la empresa privada, pero por la cuestión del free rider en espacios públicos, más la irrefrenable inclinación de los servicios públicos de ocupar la esfera privada, ha ido cayendo en manos municipales, principalmente. Pero no es el único camino para resolver la necesidad de gestionar las basuras, y tampoco es el mejor.

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