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López Vázquez

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Con la muerte de José Luis López Vázquez el pasado 2 de noviembre, el cine y el teatro español han perdido a uno de sus actores más carismáticos, prolíficos, versátiles y trabajadores. Con él ha muerto un poco más una manera de ser artista que ya no se lleva. La vida de José Luis López Vázquez fue una vida dedicada a su trabajo, a su pasión, la actuación. Fue la vida del cómico que empezó en el teatro, que despuntó en el cine, que llegó a la televisión y en todo estos medios supo demostrar que era uno de los grandes, uno de los que sólo con su presencia dignificaban un mal guión, mejoraban una mala dirección y que, cuando el guión era bueno y la dirección excelente, ofrecían un resultado apoteósico.

El cine en la época en la que empezó a trabajar José Luis López Vázquez era muy diferente del actual. En pleno régimen franquista, actores, directores y guionistas estaban sujetos a su control y censura. Al lado del cine oficial, al lado de los que escuchaban y obedecían los mandatos políticos, había otro que luchaba por expresarse libremente, por poder decir, contar, criticar, denunciar o simplemente divertir sin más control que el de su propia imaginación. Buena parte de estos últimos, si no todos, militaban en silencio en la izquierda política, temerosos de perder la posibilidad de seguir ejerciendo su labor; estaban obligados a burlar la censura de mil maneras, compitiendo en ingenio con los censores, levantando una falda allí, bajando un escote acá, criticando casi sin querer esa situación social que sufría el ciudadano, denunciado a la empresa desalmada –porque el rencor hacia la empresa y al libre mercado era común a la izquierda y al régimen de Franco–, desvelando las vergüenzas del hipócrita, reflejando una crítica social bajo el disfraz de una comedia y todo ello con el cemento de unos grandes directores y actores, principales y secundarios, cuyas películas servían como válvula de escape a los españoles que en masa, acudían a sesiones dobles y triples de cine en su día libre para olvidar la dureza de sus vidas.

Si miramos el panorama español actual, cabría pensar que la cosa ha empeorado. Ya no hay un cine oficial y un cine de "mercado negro". La oficialidad encubierta de democracia oscurece una labor que antes era mucho más que digna. Pocos actores y directores se atreven a discrepar de las opiniones de los que algunos han dado en llamar el Sindicato de la Ceja, pero cuya labor expansiva y lesiva llevan ejerciendo desde la transición política. Una denuncia a destiempo puede suponer demasiado tiempo en dique seco. Da la sensación que lo que deseaban no era libertad para ejercer su profesión, sino poder controlar la industria. La libertad que se supone que trajo la democracia ha servido para que unos pocos se hayan hecho con el negocio del cine, lo hayan politizado, hayan creado sus particulares censores, hayan colocado a algunos de los suyos en altos puestos políticos y controlen subvenciones, dineros y prebendas.

La cultura del esfuerzo que permitió que José Luis López Vázquez, Pepe Isbert, Manolo Morán, Gracita Morales, Paco Martínez Soria, Julia Gutiérrez Caba, Aurora Bautista, Manuel Alexandre o Isabel Garcés reinaran en las pantallas y en los teatros ha desaparecido y ha sido sustituida por la cultura del favor, la cultura de la política y lo oficial, sin posibilidad de réplica y crítica. Por eso cuando uno de estos genios muere, muere con ello un poco más el cine español y nunca un muerto nos había salido tan caro. Que descanse en paz el que fuera un admirador, un amigo, un esclavo y un siervo del espectador.

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