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Los problemas constitucionales de Chile

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Por Ojel Rodríguez Burgos. Este artículo fue publicado originalmente en Law&Liberty.

La reivindicación de constituciones nuevas o mejoradas se ha convertido en un grito de guerra de moda y entusiasta para políticos, ideólogos e intelectuales a lo largo de los siglos XX y XXI. La aparición de nuevos Estados, las revoluciones, las convulsiones políticas, las aspiraciones de salvación, las crisis o los Estados derrotados que buscan un nuevo comienzo son algunas de las razones por las que nuestro mundo moderno está cada vez más poblado de constituciones modernas. El objetivo último de este ejercicio popular es la creación de una Carta Magna que rectifique los errores del pasado, allanando el camino para un nuevo y brillante futuro. El esfuerzo más reciente de redacción constitucional tiene su origen en el país latinoamericano de Chile.

El catalizador de este esfuerzo fueron las protestas generalizadas contra las acciones del gobierno de Sebastián Piñera (2018-22). En particular, en relación con el aumento de las tarifas del transporte público y las condiciones sociales y económicas del pueblo de Chile. Aunque el Gobierno de Piñera intentó apaciguar a los manifestantes anunciando varias reformas, estas resultaron insuficientes a los ojos de los manifestantes y sus líderes.

La izquierda plantea un cambio de la Constitución

En su lugar, los manifestantes creían que la única solución viable era un cambio sistémico integral. Este cambio transformador se concibió mediante el establecimiento de una nueva Constitución, destinada a sustituir a la ampliamente modificada adoptada durante el régimen de Augusto Pinochet en la década de 1980, que los manifestantes consideraban la causa fundamental de todos los males que aquejaban al pueblo chileno.

En un referéndum nacional, el pueblo chileno aprobó la propuesta de una convención constitucional. Posteriormente, mediante elecciones, eligió a los miembros de la convención encargada de elaborar el nuevo documento fundacional. El resultado fue un documento que parecía una lista de deseos de la izquierda, lo que no era sorprendente dada la mayoría de la izquierda en la convención. Sin embargo, los votantes chilenos rechazaron el documento, lo que condujo a una nueva convención constitucional con miembros recién elegidos.

En esta ocasión, los miembros del Partido Republicano de José Antonio Kast y de una coalición de centro-derecha, Chile Vamos, influyeron en gran medida en la convención, lo que dio lugar a un documento que se ajusta más a sus preferencias políticas y doctrinales. Sin embargo, este documento también fue rechazado recientemente por los votantes. En consecuencia, Chile se encuentra inmerso en una odisea constitucional, obligado a adoptar una nueva constitución, pero enfrentado a profundas divisiones partidistas sobre el futuro de este proyecto. Además, el electorado que ha rechazado dos propuestas constitucionales está cada vez más cansado de todo el proceso.

El perfeccionismo constitucional

En mi opinión, la odisea constitucional de Chile se debe a la ideología que ha sustentado todo el proceso desde el principio: el perfeccionismo constitucional. El perfeccionismo constitucional es esencialmente la creencia de que se puede crear e imponer una sociedad perfecta a través de un texto constitucional guiado por un proyecto racionalista. Representa la expresión literaria del salvacionismo ideológico, en el que una constitución se considera el vehículo a través del cual la sociedad y los individuos se emanciparán del sistema opresivo al que han estado sometidos.

En contraste con la multitud de constituciones modernas influidas por esta ideología e impuestas a muchos Estados, el perfeccionismo constitucional no es un fenómeno reciente. Sus orígenes se remontan al racionalismo de la Ilustración, al que podemos atribuir algunos de los progresos alcanzados por la humanidad, pero que también ha dado lugar a ideas ideológicas que han dejado numerosas cicatrices en el mundo. Estos racionalistas abrazaron la visión de la razón propugnada por los filósofos clásicos, que postula que la razón es capaz de comprender el orden de las cosas, así como su concepción moderna que ve a la razón encontrando respuestas técnicas a cuestiones cruciales para la satisfacción de los deseos y pasiones humanas. De esta forma de entender la razón, los racionalistas de la Ilustración derivaron la certeza y las soluciones que se creía que podían hacer frente a todos los males que aquejaban a la sociedad.

Adiós al Senado

De manera similar a los racionalistas de la Ilustración, los perfeccionistas constitucionales asumen un conocimiento epistemológico sobre los males que aquejan a la sociedad, a saber, el orden constitucional vigente. A partir de esta revelación percibida, los perfeccionistas constitucionales adoptan soluciones técnicas para emancipar a los oprimidos de lo que consideran un orden constitucional opresivo. Sin embargo, a diferencia de los racionalistas de la Ilustración, que pueden creer en la redimibilidad del sistema actual si se adoptan sus soluciones, el perfeccionista constitucional no alberga tal esperanza y aboga por una constitución completamente nueva.

La nueva Carta Magna imaginada por los perfeccionistas constitucionales debe incorporar varios elementos importantes. En primer lugar, debe ser una carta desprovista de algunas o la mayoría de las prácticas y tradiciones constitucionales establecidas. Esto es evidente, por ejemplo, en la propuesta constitucional realizada por la convención constitucional dominada por la izquierda en Chile, en la que el senado chileno debía ser sustituido por una «cámara de regiones» debilitada. La justificación para descartar el Senado es que los perfeccionistas constitucionales ven esta institución como representativa del sistema opresor y, por tanto, como un obstáculo en el camino hacia la salvación. Paradójicamente, como veremos, los perfeccionistas constitucionales no tienen ningún problema en descartar prácticas e instituciones arraigadas, pero pretenden atrincherar su sueño racionalista más allá de la posibilidad de que las generaciones futuras lo cambien.

Hay otro camino

En segundo lugar, la nueva Constitución debe afianzar las normas acordadas para la sociedad, como el Estado de Derecho, el debido proceso y el habeas corpus. De hecho, hay argumentos a favor de afianzar dichas normas, ya que los redactores de la constitución pueden expresar desconfianza hacia las generaciones futuras. Sin embargo, las normas que se consoliden no deben ser un compendio de lo que se considera bueno y verdadero sobre la vida y la conducta humanas.

Por el contrario, estas normas deben ser principios que, con el paso del tiempo y a través de la sabiduría práctica, hayan evolucionado hasta convertirse en directrices esenciales para fomentar el civismo dentro de una sociedad de individuos que persiguen su propia felicidad e identidad moral. Los países de la Esfera Anglosajona y sus constituciones son ejemplos notables de este tipo de afianzamiento, en el que la norma es el equilibrio entre las partes interesadas y las salvaguardias necesarias para la libertad individual.

Y, sin embargo…

Sin embargo, el afianzamiento que busca el perfeccionista constitucional no es de este tipo, sino que se trata de un proyecto mucho más amplio. El perfeccionista constitucional pretende afianzar sus preferencias doctrinales en el núcleo de su proyecto ideológico. Como he destacado antes, una de las ideas centrales de la ideología es abolir por completo la política. En una sociedad de individualistas, la política se considera conflictiva, contraproducente para la armonía que desean los ideólogos. En una línea similar, el perfeccionista constitucional, al intentar atrincherar sus preferencias doctrinales en el texto, pretende excluir de la deliberación política y del compromiso una multitud de áreas centrales para el proyecto ideológico. Así, en lugar de que una constitución se limite a establecer las reglas del juego, se convierte en el juego mismo.

La experiencia chilena es una buena prueba de este atrincheramiento desbocado. La propuesta constitucional inicial presentada al electorado chileno incluía multitud de artículos que reflejaban las preferencias de la izquierda. La propuesta incluía numerosos derechos positivos, entre ellos disposiciones como la estipulación de que las mujeres debían constituir un mínimo del 50% de la mano de obra en las instituciones estatales, la aplicación de una fiscalidad progresiva, el establecimiento de una versión chilena del Servicio Nacional de Salud y el reconocimiento del derecho a la educación medioambiental y digital. De hecho, la propuesta, más que una constitución, parecía un manifiesto para activistas de izquierdas.

Perfeccionismo en la derecha

El lector se equivocaría si creyera que el perfeccionismo constitucional es dominio exclusivo de los ideólogos de izquierdas. La constitución del régimen de Pinochet también exhibe tendencias perfeccionistas constitucionales, como resulta evidente en el principio subsidiario que la rige. Este principio, recogido en el documento, implica que el Estado debe abstenerse de intervenir en ámbitos en los que los particulares o las asociaciones empresariales puedan gestionarlos eficazmente. Esta limitación restringe el papel del gobierno chileno en la vida económica y social de la nación.

En particular, la propuesta constitucional recientemente rechazada por la convención constitucional dominada por la derecha perpetúa esta tendencia. La propuesta, por ejemplo, presenta un lenguaje ambiguo dirigido a restringir el aborto, establecer derechos para la objeción de conciencia, garantizar el acceso privado a la sanidad, la educación privada y las pensiones privadas, y crear nuevas fuerzas de seguridad pública. Al igual que la primera propuesta constitucional, servía esencialmente como una lista de deseos de las preferencias políticas de la derecha.

Los admiradores de la libertad acogerían sin duda con satisfacción la idea de contar con una constitución que codificara las políticas y los principios fundamentales del libre mercado. Sin embargo, por muy atractivo que pueda resultar, respaldar el perfeccionismo constitucional en aras de la libertad implica abrazar la hostilidad hacia el Occidente moderno y la disposición que lo construyó -el individualismo-, una característica compartida por todas las ideologías. Aunque el perfeccionismo constitucional de libre mercado puede ser más atractivo que el perfeccionismo constitucional de izquierdas, pertenecen a la misma especie destructiva.

Esponer al sistema judicial al juego político

Los defectos inherentes a este enfoque de atrincheramiento, perseguido tanto por la izquierda como por la derecha, emanan de su dependencia de un marco racionalista para lograr victorias políticas. La certeza epistemológica que subyace a la formulación de tales marcos implica afirmar una verdad infalible sobre la actividad política, que suplanta a la individualidad.

Además, cuando estas preferencias políticas se atrincheran más allá del ámbito de la actividad política, los perfeccionistas constitucionales erradican esencialmente la política al excluir diversos ámbitos políticos de las arenas del conflicto, la deliberación y el compromiso. Otra preocupación es que esta forma de afianzamiento es susceptible de fracasar. Incorporar una miríada de derechos positivos o preferencias políticas en una constitución suele conducir a que los gobiernos sean incapaces de cumplirlos y, en algunos casos, agravar la situación imperante.

Por último, el afianzamiento de las políticas expone al poder judicial al partidismo político, incitando a los jueces a asumir el papel de responsables políticos y árbitros del conocimiento de la sociedad. Además, los somete al revisionismo judicial, una ideología que utiliza a los tribunales para consolidar determinadas preferencias políticas o sofocar los debates políticos en áreas políticas específicas mediante el mecanismo de la revisión judicial.

¿Consenso en la era de la polarización?

El perfeccionismo constitucional parece estar influyendo en el proceso constitucional chileno, y los peligros de esta ideología son evidentes. Sin embargo, la solución a esta odisea que salvaguarda la libertad sigue siendo esquiva. Un posible enfoque podría ser emular las constituciones de los países de la Esfera Anglosajona. La historia de la elaboración de constituciones en América Latina ofrece abundantes pruebas de que se ha adoptado este enfoque. Tras su independencia, muchos países latinoamericanos elaboraron Cartas Magnas inspiradas en el documento fundacional de Estados Unidos. Sin embargo, la inestabilidad política y constitucional en la historia de América Latina demuestra que es fácil emular las palabras pero difícil imitar las prácticas de una civilización y una comunidad política.

Abordar los desafíos constitucionales de Chile puede requerir un segundo enfoque: el compromiso. Sin embargo, navegar por esta vía es complicado debido a la profunda polarización del país. Además, para quienes se adhieren al perfeccionismo constitucional, el compromiso se considera inaceptable, dada su pretensión de conocimiento revelador sobre el sistema opresivo, insistiendo en que sólo el cambio total puede ser suficiente. Una tercera solución, y posiblemente la más alineada con la causa de la libertad, sería la elaboración de una nueva constitución que evite el perfeccionismo constitucional y se alinee con las prácticas establecidas y la historia de la vida política y constitucional chilena. Sin embargo, con los perfeccionistas constitucionales de ambos lados buscando afianzar sus proyectos racionalistas, esto parece más una esperanza aspirante que una realidad posible.

Los chilenos no quieren

Los votantes chilenos han rechazado inequívocamente la búsqueda de la perfección constitucional en dos ocasiones. No obstante, es probable que los perfeccionistas constitucionales de ambos bandos persistan en su empeño. Si la historia sirve de guía, es muy probable que los votantes vuelvan a rechazar visiones tan ambiciosas. En última instancia, los retos constitucionales a los que se enfrenta Chile podrían resolverse manteniendo la Constitución actual y aplicando reformas a través del proceso político. Sin embargo, es crucial reconocer que los defensores del perfeccionismo constitucional pueden tratar de explotar estas reformas para promover sus ideales racionalistas. Así, en última instancia, el statu quo existente puede resultar un aliado más propicio para la libertad que el fervor jurídico y político asociado a las alteraciones constitucionales.

Ver también

El drama chileno.

Chile, el país en que está todo en cuestión.

El periplo de la propuesta constitucional chilena.

La lección chilena.

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