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Los putinejos

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A raíz de la invasión de Rusia a Ucrania y sus consecuencias han surgido posiciones distintas alrededor de este problema que se debería analizar desde una premisa irrefutable: Rusia es un país invasor a un Estado soberano e independiente.

Dejando de lado la visión maniquea que tienen los grupos políticos y sociales que siempre han sido afines al régimen de corte imperialista y autoritario de Vladimir Putin, cabe un espacio para aquellos a los que Javier Rubio ha denominado como ‘putinejos’ y cuyo concepto sirvió para que Fernando Díaz Villanueva publicará hace poco una cápsula en su canal sobre ese fenómeno social, hasta cierto punto inexplicable desde la lógica de los hechos y las pruebas que la guerra pone delante de nosotros y de las que somos testigos todos los días.

Por un lado, se ha demostrado una vez más la fragilidad de los sistemas de información y su potente influencia sobre los ciudadanos. En las guerras como en los conflictos sociales o políticos de gran magnitud (recordemos nuestra experiencia con la pandemia), las fake news proliferan como si de otra epidemia se tratase y la intervención y las presiones sobre los medios de comunicación son más evidentes que nunca.

La campaña de Putin para poner en el tablero del debate la posición de Rusia en el conflicto ha sido demostrada por noticias como: “La Ucrania moderna fue creada por Rusia”, “Se debe frenar un genocidio al este de Ucrania”, “Existe la necesidad de erradica el nazismo de Ucrania”.

Además, recordemos que el régimen ruso tiene mucha experiencia en las políticas intervencionistas, incluso, cuando se trata de acontecimientos ajenos a su marco fronterizo: se ha demostrado el interés de Vladimir Putin de desestabilizar o promover procesos sociales y políticos en occidente tales como las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016, el Brexit e, incluso, el proceso de referéndum ilegal en Cataluña el año 2017.

Bajo esa marea de volátil información se suma un debate entre un grupo de ciudadanos indulgentes con el régimen ruso por una serie de cuestiones que refuerzan un argumentario que, aunque tiene un asidero ideológico asumible desde el punto de vista político, se contrapone con las referencias que se usan para defender lo indefendible, cayendo en consecuencia en la confusión y el descarrío.

Entonces se exponen argumentos como que un conglomerado de orden mundial está en contra de Rusia y por ello los acontecimientos están escritos entre un villano (Rusia) y un salvador. No hay término medio. Para ello utilizan cuestiones relacionadas, entre otras cosas, con la ideología de género, el globalismo, el retroceso de occidente o los complejos alrededor de la sostenibilidad o el ambientalismo.

Dependiendo de la ideología que se materialice en la visión del mundo de cada individuo no es equivocado defender o denostar este tipo de ideas, que suelen generar ampollas en los extremos del contexto político, toda vez que hay más radicalismo y más centrismos alrededor de las medidas o políticas públicas que se impulsan en un sentido y otro.

El problema radica en la disposición de estas ideas justificando una invasión ilegal e ilegítima o, al menos, cuando se asume una posición timorata y templada sobre una situación que, a los ojos del mundo, se manifiesta como una invasión que puede desencadenar consecuencias que la humanidad nunca ha vivido y que en este momento no es capaz de predecir, porque así lo pone en evidencia la realidad misma.

A ellos se les llama ‘putinejos’, a aquellos que bajo un paraguas de defensa ideológica defienden o no asumen una posición concreta en relación con el conflicto, confundiendo conceptos, momentos y circunstancias. Una invasión o una guerra global en la actualidad traería peores consecuencias para la humanidad entera que los debates alrededor del ecologismo o el feminismo.

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