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Madrid, 360º de alma estatal

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Mi principal punto de fricción con el ala derecha de mi entorno social siempre ha sido mis reservas a que la planificación urbana de las últimas décadas haya girado en torno al vehículo privado. Me he criado en una ciudad donde ir andando al pueblo más cercano era una elección entre jugarse la vida caminando y cruzando carreteras, o ir campo a través por rutas enrevesadas.

Si nos paramos a pensarlo cinco minutos es simple, nuestros antepasados ya unían sus poblaciones con la mejor ruta posible. Esas rutas se asfaltaron y optimizaron para los vehículos a motor, como no podía ser de otra manera. Pero una vez que estos vehículos alcanzaron velocidades que les hacían incompatibles con otros tráficos más lentos, se expulsó al peatón para siempre de la capacidad de desplazarse, y a nadie se le ocurrió gastar dinero en una alternativa.

Dentro de las ciudades, especialmente en las grandes, el fenómeno ha sido parecido. Fue un proceso natural (aunque quizá sería interesante preguntarse si se hubiera producido en esa medida sin una planificación central tan aplastante). Así que, por ese lado, poco hay que criticar. Pero parece lógico que exista cierto movimiento a la recuperación de zonas para el peatón. Pero hasta aquí mis diferencias con el sector más pro vehículos, ya que hace muchos años que estoy vacunado y tengo claro que cualquier buena intención que se articule por el Estado está condenada a ser el mayor de los desastres.

Madrid 360

Así está pasando con el famoso Madrid Central, rebautizado por nuestro abogado del Estado más dicharachero como Madrid 360. No voy a entrar en detalle sobre el plan, porque ya ha sido criticado de la A a la Z en multitud de lugares. Me voy a centrar en un aspecto que al profano en el alma de la Administración le podrá parecer chocante, pero que no tiene nada de raro.

Cuando se decide restringir el tráfico privado en zonas tan pobladas hay un caso que surge a los pocos minutos por cualquier persona inteligente: ¿Qué ocurre con las personas de movilidad reducida? Nuestros políticos y burócratas no son las mejores personas del mundo, pero su humanidad, o en su defecto su instinto político, les llega para pensar en estas personas. Así que, ¿han planificado estos casos?

El ogro burocrático

Pues sí, lo han hecho. Y solo hay que ir a las redes sociales para ver qué no muy bien. Uno podría pensar que al existir una agencia estatal central que regula todos los vehículos y conductores (DGT), y que todas las personas con movilidad reducida disponen de una tarjeta que identifica al vehículo que le transporta como tal, y que incluso tiene validez a nivel europeo, este caso no sería muy difícil de implementar. Pues no.

Por lo que cuenta la pobre gente que se ha tenido que enfrentar al reto de cumplir con este trámite, su tarjeta de aparcamiento de movilidad reducida no vale por sí sola, hay que hacer al menos dos trámites más en el ayuntamiento para que no te lleguen las multas a casa. Y ojo, que, si tienes que desplazarte en otro vehículo que no sea el que tienes registrado, pese a que la tarjeta está a tu nombre, tienes que volver a empezar.

En este punto habría que hacerse una pregunta muy sencilla: ¿por qué el ayuntamiento hace esto? Vamos a ser claros, aunque existiera algo de picaresca, sería más lógico permitir a cualquier persona con movilidad reducida acreditada que pudiera desplazarse simplemente registrando online en algún sitio cuál es su matrícula. ¿Cuántos vehículos se podrían colar con un sistema así? ¿Un 0,1 % de los que circulaban antes de la normativa? ¿Por qué complicarle la vida a personas que bastante tienen con lo que tienen? Pues porque la Administración es así. No lo puede evitar. Es como el escorpión que picó a la rana que amablemente le transportaba por el río.

Más allá del color político

Es algo que mucha gente se niega a comprender. Te llaman exagerado y vuelven a su ilusión de que poniendo a “gente competente” arriba se soluciona el problema. Como todo conocimiento que solo llega después de años de estudiar algo, es imposible poder transmitirlo en unos párrafos o en una simple conversación.

Pero es así. Los burócratas del ayuntamiento de Madrid se encontraron con un problema: no podían leer las tarjetas de estacionamiento con sus cámaras de control. Tenían tres opciones, confiar en los ciudadanos con problemas de movilidad, evolucionar su sistema de control o, su favorita, pasarles el marrón a los ciudadanos por medio de engorrosos trámites.

El patrón se repite una y otra vez. Da igual la administración, el color político y la época. El alma del Estado no va a cambiar. Pero conocerla sirve para dejar de alimentarla, y eso, simplemente eso, ya sería un gran avance.

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