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Mala munición de Mariona Gúmpert contra la eutanasia

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Mariona Gúmpert, filósofa conservadora, ofrece Munición contra la eutanasia para “dar la batalla cultural”: cree que son “refutaciones a los principales argumentos que utilizan aquellos que se muestran a favor de aprobar la ley de eutanasia”. En realidad se trata de pólvora mojada o de munición defectuosa que les estalla en las manos al utilizarla. Son razonamientos motivados que parten de una conclusión predeterminada que hay que apoyar a toda costa, y son tan flojos que es normal que pierdan la batalla cultural, a no ser que esta consista simplemente en predicar para los ya convencidos.

«Cada quien tiene derecho a decidir sobre su propia vida, y sobre su cuerpo»

Gúmpert dice que esto es falso porque la ley prohíbe cosas contra “la soberanía absoluta sobre el propio yo”: venderse como esclavo, vender órganos, el proxenetismo.

Confunde la mera descripción de los contenidos de una ley positiva, que efectivamente suelen violar el axioma de autopropiedad, con un principio de la ética de la libertad, que es lo que intenta guiar los cambios legales en el asunto de la eutanasia.

Ignora que hay países en los cuales es legal vender órganos, o el proxenetismo.

El venderse como esclavo no es legal en ningún lado, y algunos liberales discuten sobre el asunto, ya que consiste en utilizar la libertad para limitar o destruir la libertad (o autonomía), que es lo que se hace en cualquier tipo de contrato.

Gúmpert trata de argumentar estas prohibiciones:

estas acciones son intrínsecamente malas para el sujeto que decidiere tomarlas; se considera que quien opta por alguna de estas cosas es, o bien por ignorancia, o bien por desesperación. En todo caso, se presupone que son acciones que vulneran la dignidad y/o la integridad física y moral de la persona.

Los conservadores suelen asegurar que hay cosas intrínsecamente malas, ignorando el carácter subjetivo (depende de la persona) y relativo (se valoran unas cosas en comparación con otras) de las valoraciones. Ellos conocen el bien y el mal mejor que los propios interesados en sus circunstancias particulares, y lo imponen de forma paternalista a los demás, que son ignorantes o están desesperados. Si solicitas la eutanasia tu voluntad no cuenta porque eres ignorante o estás desesperado.

Es interesante el uso de la voz pasiva impersonal del “se considera” y “se presupone”: ¿quién considera y presupone? ¿Son acciones malas, o alguien considera que son malas, y ahí se cuela la subjetividad que se quiere ocultar? ¿Todo el mundo lo considera y presupone así? También es relevante el uso de términos grandilocuentes pero de significado ambiguo o problemático, como la dignidad.

«Mientras no se dañe a otros, la libertad individual es sagrada»

Al parecer “este argumento es completamente falaz”, ya que al legalizar la eutanasia hay varias formas de dañar a otros.

se acaba con el juramento hipocrático, según el cual todos los médicos prometen no infligir nunca un mal a sus pacientes.

El juramento hipocrático, del cual hay varias versiones con contenidos diferentes y de interpretación problemática, ni es una norma ética de aplicación universal, ni es parte de la legislación positiva. La legalización de la eutanasia no obliga a ningún médico a participar y considera la posible objeción de conciencia por cuestiones morales.

Estando abierta la opción de la eutanasia se despierta la desconfianza por parte del paciente. De normal nos cuesta confiar en el juicio de los galenos –porque estamos asustados, y porque desconocemos casi por completo la disciplina-, imagínense existiendo una ley sobre la eutanasia «exprés y a domicilio».

Estas afirmaciones de suspicacia y desconfianza en los médicos son arbitrarias y desprovistas de evidencia: es el paciente el que decide (en tiempo real o con un testamento vital), no el médico unilateralmente; el médico no puede activar por su cuenta el proceso, pero sí puede pararlo si no certifica las circunstancias previstas en la ley; si uno no confía en un médico o en su capacitación, puede escoger otro.

La presunta “eutanasia exprés” tiene plazos y condiciones garantistas, no es cuestión de un par de días; ampliarlos puede reforzar las garantías, pero también prolongar el sufrimiento de forma innecesaria. La eutanasia a domicilio se ofrece a quien prefiera estar ahí en lugar de un hospital.

Gúmpert afirma que la eutanasia “no es otra cosa” que un homicidio, incumpliendo así con los principios cooperativos de la comunicación (máximas de Grice): obvia cuidadosamente mencionar que se mata o se ayuda a morir a una persona porque esta así lo solicita de forma libre y voluntaria, algo muy diferente a lo que normalmente se entiende como un homicidio.

La suspicacia se extiende hacia enfermos crónicos y personas mayores que son, y se sienten, una carga para sus familiares o cuidadores, y la ley no ayuda con estos sentimientos: mejor prohibir ciertas opciones no vaya a ser que haya gente que escoja mal bajo la coacción sutil de egoístas no identificados.

Al parecer la eutanasia se solicita, no para evitar graves sufrimientos propios, sino para no ser una carga para otros. Es curioso que los conservadores suelen pedir y valorar ciertos sacrificios por la patria, como los de los soldados, o de los padres por sus hijos, pero otros posibles sacrificios voluntarios les parecen mal. También se ignora cómo los familiares y cuidadores pueden sufrir con el dolor de un ser querido cuya voluntad de morir no se respeta: se puede sufrir por la muerte del amado, pero también aun más por su dolor desesperado.

Afirma que hay daños a terceros porque los seres queridos sufren por una muerte no deseada, como en un suicidio, pero en este caso todavía peor porque están informados. De nuevo estas afirmaciones psicológicas se realizan gratuitamente sin ninguna evidencia, no son ni siquiera anécdotas reales. No se ofrecen datos de sufrimiento en parientes por suicidio o por eutanasia. El suicidio suele ser devastador para los allegados por la falta de comunicación, de conocimiento y de oportunidad de actuar para ayudar, y porque suele pensarse que la situación de depresión o desesperación podía ser pasajera y remediable. La eutanasia es muy diferente.

Gúmpert lleva a comparar la eutanasia con matar a los parados desesperados que han perdido su empleo y su casa en lugar de solucionar el desempleo. Plantea la situación no desde el punto de vista de quien pide la eutanasia, sino de toda la sociedad que “con todos los medios al alcance, hemos decidido rendirnos y hemos abierto la puerta a una solución como esta.” Colectivismo para aderezar los malos argumentos: no es el individuo el que decide, hay que apelar a la sociedad.

Tal vez conviene aclarar que la limitación de la libertad en el daño a otros se refiere normalmente a agresiones físicas o sus amenazas, a violaciones de la propiedad ajena. No se refiere a no poder hacer algo porque a otro le disgustará mucho: si así fuera, cualquier presunto afectado podría interferir sistemáticamente en las vidas ajenas. Uno no podría romper nunca con su pareja enamorada, o causar cualquier tipo de dolor o decepción en una relación o interacción. La sensibilidad no genera automáticamente derechos.

el objetivo a perseguir -en el fondo- es acabar con el sufrimiento del paciente.

La opinión y la voluntad del paciente parece que no cuentan. Y a veces la única forma de acabar con el sufrimiento es la inconsciencia o la muerte.

«No queremos que nadie sufra»

Este principio parece encajar con lo que acaba de defender. Presenta a los prohibicionistas de la eutanasia como “provida”: claro, la vida suena mejor que la muerte y así parece que quien defiende legalizar la eutanasia es “promuerte”, muy malo. Asegura que no son monstruos que hacen apología del sufrimiento, pero algunos hablan de dar sentido al sufrimiento, de aprender a sufrir, de imitar a Jesús y cargar con su cruz.

Lo que nos distingue de quienes están a favor de la eutanasia es que nosotros deseamos acabar con el dolor, no con el paciente.

Gúmpert parece insinuar que ellos son buenos y nosotros somos malos porque, o queremos acabar con el paciente, o ignoramos que se puede acabar con su dolor sin matarlo (sedación terminal). Pero lo que defendemos es que se respete la voluntad y la libertad de cada individuo en el ámbito de su legítima propiedad.

Según Gúmpert la sedación terminal es “un procedimiento médico éticamente correcto” porque “la intención principal [es] eliminar dolores insoportables -no provocar la muerte-”. Es la intelectualmente penosa bioética en la que lo que cuenta es la intención, no los resultados, y no aparece por ningún lado la voluntad del individuo que la recibe.

Al menos se opone al encarnizamiento terapéutico. Algo es algo, aunque no sea mucho.

con una buena coordinación e inversión en medicina familiar y paliativa, podría conseguirse que muchas personas llegaran al final de su vida en su domicilio, rodeados de sus seres queridos y sin sufrir, que es al final lo que todos deseamos.

Nadie les prohíbe recaudar fondos para ayudar a quienes no puedan permitirse esto. Que muchas personas consigan esta muerte presuntamente deseada por todos no quiere decir que todos vayan a conseguirlo, y precisamente por eso conviene que la eutanasia sea legal.

«Hay formas de vida que no son dignas»

Dice Gúmpert que hay un “error de fondo: quien tiene dignidad es la persona”, pero no explica en qué consiste esa misteriosa “dignidad intrínseca que posemos los seres humanos”. Una dignidad que aparentemente no fundamenta el derecho a decidir cómo vivir y cómo morir, sino que por el contrario niega el derecho a morir mediante eutanasia.

Lo de que la vida no es digna no significa que ciertas personas pierdan derechos por sus circunstancias límites, sino que es una forma de expresar que a algún individuo no le merece la pena vivir así y prefiere que le ayuden a morir. Se trata de un nuevo incumplimiento de las normas de uso del lenguaje para ofuscar en lugar de aclarar.

Menciona Gúmpert también, como no podía faltar, la pendiente resbaladiza: las condiciones para pedir la eutanasia se han ido ampliando allá donde se ha legalizado, como es el caso de Holanda. Dice que se “ha disparado el número de personas que recurren cada año al mal llamado suicidio asistido.” No aclara por qué está mal llamarlo así, y no ofrece ningún dato, al tiempo que critica que “«padecer un sufrimiento insoportable» … [es] un término impreciso donde los haya”. Obviamente no se plantea la posibilidad de que sea bueno que más personas recurran a la eutanasia o al suicidio asistido: sus preferencias no importan. Tal vez conviene explicar que estar a favor de legalizar la eutanasia no es lo mismo que promover que la gente la pida o la practique, ni alegrarse de que lo hagan: es pedir que se respete su libertad.

Termina insistiendo en que nos preguntemos por el “tema de la dignidad humana” como fundamento de todo: al parecer “solo se [consideran] dignos los individuos «activos» en términos económicos”. Efectivamente, la confusión que tienen los conservadores con este término es considerable, y tal vez el día en que lo entiendan se harán liberales.

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