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Malas porque sí

Publicado en Libertad Digital

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Los socialistas han encontrado en las grandes empresas uno de los filones más rentables y facilones en sus ataques contra el capitalismo. Los empresarios de las grandes compañías se encuentran atados de pies y manos ante la inquisitorial inspección del izquierdismo internacional. Ninguna decisión que tome una gran empresa está bien vista, sea la que sea.

Tomemos el sencillo ejemplo de los precios. Todo empresario debe decidir en cada momento si sube, baja o mantiene los precios. Sin embargo, por extrañas tirrias antiliberales, cuando estas decisiones tiene que tomarlas una gran empresa siempre nos encontramos con conspiraciones monopolísticas.

Si una gran empresa sube el precio, estamos ante un evidente ejemplo de abuso de su posición de monopolio, con la clara pretensión de explotar a los desamparados consumidores. En este caso, resulta conveniente que el gobierno establezca precios máximos para evitar los daños sobre los ciudadanos.

Si, por el contrario, decide reducir el precio, sus intenciones pasan indudablemente por establecer precios predatorios que eliminen la competencia para, de esta manera, conseguir una posición plenamente monopolística. En estos casos, habrá que subvencionar a las restantes empresas para que puedan, a su vez, reducir sus precios o directamente sancionar a la empresa que los ha bajado en primer lugar por “competencia desleal”.

¿Y si decide mantener los precios sin cambio alguno? No cabe duda de que asistimos a un acuerdo oligopolístico secreto entre las grandes empresas del sector que tiene como objetivo evitar reducciones de precios que beneficien a los consumidores. El Tribunal de Defensa de la Competencia tiene que investigar si existe esta alianza colusoria y, en su caso, multar severamente a las empresas que restringen la competencia.

Como vemos, sea cual sea la decisión que adopte una gran empresa estará sometida a duras críticas por parte de la izquierda y a una continua inspección por parte del poder político. El Estado siempre encontrará una excusa para intervenir y regular el mercado; tiene miedo de una libertad empresarial que enseñe a los consumidores la posibilidad de desvincularse de las relaciones impuestas y obligatorias, de la servidumbre estatal.

El ejemplo de las grandes empresas ilustra perfectamente la ruina moral y científica de la mayoría de voceros anticapitalistas, cuya batería argumentativa pasa por criticar cualquier decisión que no pase por el Estado. No en vano, lo que molesta al socialismo no son las decisiones concretas, sino la libertad de elegir. Se debe criticar cualquier resultado de la acción libre, porque hay que demostrar que la acción libre es intrínsecamente malvada.

Claro que la izquierda, más bien, debería preguntarse si sus subproductos ideológicos, fruto de sus elecciones libres, no son, en realidad, la parte forzosamente malvada y corrupta de las sociedades capitalistas.

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