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Nueva York y nosotros

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Cinco años después, Nueva York resiste. Al llegar a la zona cerodel 11-S, la preocupación y el dolor se reflejan mayoritariamente en los rostros de los visitantes que contemplan el homenaje ofrecido por la ciudad a sus mártires en el día del crimen. Entre las grúas y los forjados de la reconstrucción, la cruz allí clavada testimonia el holocausto. Las imágenes que tapizan el vallado que rodea el foso del World Trade Center son muy poderosas: el sollozo de una compasiva mujer musulmana, la viril lágrima de un policía ante el desastre, el arrojo de los primeros ciudadanos que acudieron al suceso imantados por la pasión, la razón y los colores de su bandera.

Allí mismo, cruzando la calle, la tierna capilla de San Pablo acoge amorosamente miles de mensajes de agradecimiento dedicados a los que dieron su vida en las difíciles horas del rescate. La capilla es un pequeño respiro, un energizante que permite volver a confiar en los demás. La profunda herida está ahí, bien visible, pero lacapital del mundocuida su desgarro sin desesperanza, con suprema dignidad.

Nueva York aguanta, sigue respirando. Este verano, los musicales en Times Square rebosaron de público. El veterano Sonny Rollins hizo vibrar el Lincoln Center con su jazz magistral. Bodies, la exposición dedicada al cuerpo humano en Fulton Street, es un éxito definitivo por su imaginación y sabiduría. La Neue Galerie cautivó a los aficionados a la pintura con la obra de Gustav Klimt. MOMA y Metropolitan repletos, como siempre. Central Park, esplendor en la hierba. En definitiva, la big apple está lista para comérsela.

Y lo más importante, la suprema dignidad de la gente: el merecido regreso a casa de los trabajadores tras una dura jornada, bajo el plácido atardecer de la bahía, en el ferry que lleva a Staten Island; las distinguidas damas que moran alrededor de la "milla de los museos" y los esforzados camareros de origen hispano que preparan el desayuno de la urbe. Todos ellos perseveran, caben, se necesitan mutuamente allí.

Esta representación de vida en libertad, plena de empatía y deseos –además de errores y frustraciones- quieren aniquilarla los que no pueden soportar que su civilización permanezca al pairo del progreso humano generalizado. En opinión de Thomas Friedman (recomendable su último libro "La Tierra es plana"), no resisten incluso que China e India les superen económica y socialmente; lo consideran una grave ofensa hacia los elegidos que dominarán el mundo según revelación divina. De ahí el designio de venganza. Arrasar el globo antes de que sus súbditos tengan la oportunidad de admirar a los infieles y descubran la impostura. Oriana Fallaci, antes del fin de sus días, desveló para los europeos este horrible asunto. Oriana contaba el Apocalipsis en Florencia, en Nueva York, en Madrid. Exagerando o no, Oriana aspiraba a la veracidad. Los profetas de calamidades desconsuelan, sí, pero quizá descubren que el siguiente paso corresponde a cualquiera de nosotros para que la vida buena, imperfecta y fértil que conocemos continúe.

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