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Olor a yerba seca

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Aprovechando las fiestas de Navidad voy a escribirles sobre
algo menos académico de lo habitual…
Así que en vez de hablar sobre doctores escolásticos o similar, quería
comentarles un libro que acabo de leer con el título de esta columna. Olor a yerba seca es la primera parte de
unas Memorias que ha publicado
recientemente Alejandro Llano (1943), filósofo, profesor y antiguo rector de la
Universidad de Navarra. Siempre me ha llamado la atención este género
autobiográfico, en el que el autor y el protagonista del relato coinciden en la
misma persona. También me resulta en ocasiones un tanto embarazoso conocer
algunas intimidades familiares, profesionales o espirituales del escritor.
Claro que ésa ha sido una opción libremente elegida, y entiendo que nos va a
contar lo que él quiere que se sepa.

En este caso, los capítulos discurren por la infancia
asturiana, los años colegiales en el Pilar de Castelló (Madrid), sus estudios
universitarios en la capital y Valencia, y un más amplio derrotero profesional
como profesor de filosofía y gestor académico en Pamplona, incluyendo sus
viajes por Europa (sobre todo, Alemania) y Estados Unidos. Al hilo de sus
recuerdos y anécdotas, algunas muy buenas, el autor va dejando engarzadas un buen
montón de opiniones, consideraciones y tomas de posición por lo general
bastante alejadas de lo políticamente
correcto
. De manera que me ha parecido oportuno incluir estas líneas (que
no pretenden ser una crítica literaria) en el marco de la web de nuestro
Instituto, comprometido con la defensa de una sociedad libre. Estimo que
algunos episodios biográficos pueden hablarnos de libertad; o bien precavernos
de lo que no lo es: ya lo veremos encarnado en algunos ejemplos reales.

Como historiador, me gusta el recorrido que hace por esa
España del tardofranquismo y el comienzo de la democracia. El autor se sitúa,
con bastante rotundidad, opuesto a un régimen autoritario a la sombra del cual,
sin embargo, crecieron familias y personas que luego se diría que surgieron de
un inexistente pasado libertario.
Dado que aparecen con nombres y apellidos, no puedo dejar de recordar esos
casos más famosos de Juan Luis Cebrián, cuyo padre fue director de la Prensa
del Movimiento y él mismo participó con entusiasmo en actividades calificadas
por el autor como "rancias y clericales" (p. 199); o Rodolfo Martín Villa, que
comenzaría su carrera política como jefe del Distrito de Madrid del SEU,
pasando después por el Movimiento Nacional, Alianza Popular, UCD y el PP hasta
llegar en este momento del relato a ser "una de las piezas claves del aparato
mediático de El País, cuya ideología
es bien conocida" (p. 203).

Con esta incompleta referencia a las páginas del libro citado,
no pretendo, ni creo que tampoco lo haga su autor, enjuiciar a esas personas.
Pero me sirve para escribir dos conclusiones que considero útiles para
cualquiera de nosotros: que cada uno tiene su pasado, que no se puede
tergiversar (pero sí corregir); es muy sano –llegado el momento– reconocer que
has estado equivocado, y razonar tu cambio de posicionamiento. Lo segundo es que desconfío de muchos
presuntos defensores de la libertad que abiertamente juegan a mofarse de los
que no piensan como ellos; lo que sin duda es el oculto poso intelectual de un
autoritarismo intransigente no suficientemente curado.

Más peligroso resulta el juego dialéctico de muchos
revolucionarios de izquierdas; el Rector Llano, en su juventud universitaria de
oposición al franquismo, tuvo una experiencia muy directa de la estrategia de
algunos comunistas y socialistas. Al quejarse en una ocasión por acusarle
falseando la verdad, recibió esta respuesta: "Mira, Alejandro, eso de la verdad
es un concepto formalista y burgués. Yo, francamente, pienso que es verdad lo
que ayuda al triunfo de la revolución, mientras que es falso lo que lo
dificulta" (p. 265). Tampoco va mal que recordemos que esta estrategia sigue
utilizándose con impunidad por muchos políticos, ahora ya dentro de un sistema
democrático.

Hay un aspecto que no comparto del todo, o no he entendido
bien, y que me resulta difícil de resumir en estas pocas líneas. Pero como se
acerca más a los contenidos económicos sobre los que reflexiona nuestro
Instituto, voy a lanzarme a plantearlo aquí. Y es que en alguna ocasión el
autor se sitúa cercano a posiciones socialdemócratas;
lo que requiere primero ciertas aclaraciones: hablamos, por ejemplo, del
movimiento antifranquista denominado Causa Ciudadana (disimulado entonces a
través de una sociedad anónima). Explica que su orientación era socialdemócrata,
pero "sin ninguna de las connotaciones propias del socialismo clásico" (p.
361). Seguramente comparto sus presupuestos de promocionar la sociedad civil;
pero entiendo menos una crítica hacia el "neoliberalismo" encarnado en los años
ochenta por Margaret Thatcher (p. 435). La experiencia nos va confirmando que
una verdadera defensa de la sociedad civil pasa por dar más libertad al
individuo, también en sus actividades económicas; porque el enemigo común a
debilitar es un Estado del Bienestar omnipresente, muy bien descrito en su
crisis por el autor (p. 443).

Termino glosando algunos comentarios sobre la Universidad,
que me resultan particularmente cercanos debido a mi propio trabajo. Aquí se
adivina la sabiduría de alguien que ha meditado sobre el tema, pero que también
lo ha experimentado en primerísima persona. En lo más administrativo y formal,
no se le ve demasiado satisfecho con los resultados de las diversas reformas
universitarias recientes (en España y en toda Europa). Porque su visión de la
Universidad descansa en "la tradición académica, la cultura humanística y
científica, la formación de los estudiantes, la búsqueda de la verdad, la
investigación libre y rigurosa, o la enseñanza exigente". Todo ello en vez de
"la competitividad, la internacionalización, las necesidades de los
empleadores, la gestión económica de las universidades, las relaciones con el
entorno y demás tópicos que hoy imperan por doquier" (p. 512). Como señala en
una segunda entrega autobiográfica, Segunda
navegación
, el fruto de aquellos valores universitarios sería una
generación de jóvenes descrita poéticamente como: i grandi, i quieti, i forti, i pensiorosi (grandes, quietos,
fuertes, pensativos). ¡Ojalá podamos verlos así algún día!

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