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¿Por qué cambian las calles?

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Durante los últimos años, mis paseos urbanos, principalmente por la capital del reino pero no únicamente, me han revelado un curioso cambio. Bueno, varios, pero empiezo por uno fácilmente detectable para los golosos, y es que el número de pastelerías y heladerías se ha incrementado notablemente. No es que antes no hubiera, es más bien que ahora proliferan. Nuevas franquicias, cadenas, establecimientos, abren sin cesar proponiendo nuevas delicias a los amantes de la pastelería y bollería. 

Además, observo, han conseguido que el gasto en tal material crezca en vez de reducirse, como podría esperarse de la mayor competencia consecuente. Ahora pagamos sin inmutarnos dos Euros por la barra de pan o cuatro por la ración de tarta para llevar. Pero esta ya es otra historia.

Otro cambio que he notado, este con bastante menos interés, es la creciente aparición de negocios de manicura, algunos de ellos únicamente dedicados a tal actividad. Supongo que esta aparición me sorprenderá tanto como a los clientes de estos salones la proliferación de ese atentado contra la estética del cuerpo que suelen ser las pastelerías.

Y ya con el estómago lleno con un pastel de mango y guayaba, o con una cookie de pistacho, uno se puede preguntar: ¿Por qué está pasando esto ahora? ¿Es que de repente nos hemos vuelto todos más golosos? ¿Acaso nos hemos dado cuenta solo recientemente de que teníamos una superficie en el cuerpo que podíamos decorar sin daño a largo plazo? Mi espíritu de teórico de la economía me impulsa a ser escéptico con tan coyunturales respuestas, y procedo a un análisis más riguroso, bajo la asunción de que no ha habido un cambio radical en nuestras preferencias ni de pasteles ni de uñas pintadas.

En un mercado no intervenido, los recursos tienden a orientarse a las preferencias siempre cambiantes de los individuos. Conforme la regulación del mercado crece, tal orientación se hace más costosa y lenta, pero la tendencia sigue presente, aunque a lo mejor no se llegue a una orientación plenamente satisfactoria.

Los locales comerciales no están ajenos a esta tendencia. Su valor, por tanto, depende de su mayor o menor adecuación a las preferencias de los individuos. Las tiendas que se abren han de responder a dichos gustos, y las tiendas que se cierran son un reflejo de que no se los ha atendido como debiera. Así pues, la apertura de un número mayor de pastelerías o de salones de manicura, parecería responder a una mayor preferencia de los individuos por bollos y uñas cuidadas. Precisamente, la asunción que he descartado al comienzo de mi análisis por inverosímil.

¿Cómo se puede resolver la paradoja? Fácil: añadamos un calificativo al sintagma “mayor preferencia”, y hablemos de mayor preferencia relativa. En efecto, lo que se deduce de la observación que analizo es que ha aumentado la preferencia relativa por la pastelería o la manicura respecto a otros bienes servidos en locales, no necesariamente la preferencia absoluta.

Y aquí es donde entra el fenómeno por excelencia de los últimos años y que nos puede explicar lo ocurrido. Hablo, por supuesto, de Internet y el comercio electrónico, con Amazon como principal exponente. A nadie se le oculta que las compras por Internet presentan unas indudables ventajas para los consumidores respecto a las compras tradicionales: comodidad, variedad de surtido, muchas veces el precio, e incluso la mayor rapidez en determinados casos.

Así las cosas, es evidente que hay unos determinados bienes y servicios para los que nos es más conveniente la compra a distancia que ir físicamente a una tienda. Para todo este tipo de bienes, los locales comerciales están perdiendo valor a marchas forzadas. Cualquiera puede pensar en ejemplos: tiendas de informática o electrodomésticos, agencias de viaje, ferreterías, droguerías… Uno solo tiene que mirar alrededor y ver qué ha dejado de haber en su barrio.

Esos locales comerciales, para recuperar su valor, se han de dedicar a actividades que sean difícilmente realizables por vía electrónica. Con la tecnología actual, una manicura virtual parece inviable. Por su parte, en la pastelería artesana hay un surtido casi infinito (cada maestrillo tiene su librillo) y una valoración de los productos recientes que hacen casi inimaginable que Amazon los pueda servir de forma competitiva.

En definitiva, el fenómeno observado (creciente proliferación de pastelerías y salones de uñas) podría responder a la usurpación de productos tradicionalmente comprados en locales por parte del comercio electrónico. Ello lleva a aquellos a refugiarse en bienes y servicios difícilmente “digitalizables”, para mantener su valor. Y lo mejor es que, por el camino, suscitan nuevas oleadas de innovación e incrementan la riqueza de la sociedad, como lo prueban el mayor gasto que hacemos (y satisfacción que obtenemos) en pan, pasteles e, incluso, manicura.

Y es que, por supuesto, las calles cambian, pero lo hacen siempre para adaptarse mejor a las necesidades de sus usuarios. Bueno, siempre que les deje la intervención de los políticos. Que nadie se haga ilusiones con que las calles cambien para que desaparezcan los atascos, que en esto a Amazon no le dejan competir.

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