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¡Sacad vuestras manipuladoras manos de la Historia!

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Seguro que hemos escuchado más de una vez la expresión ‘La Historia la escriben los vencedores’, que escribiera George Orwell en la revista británica Tribune. Es bastante probable que alguien que lea este artículo la haya usado con toda la intención del mundo, para rebatir algo o intentar poner fin a una conversación. Si son de este último caso, me van a perdonar que sea un poco duro con ustedes y con su autor, al principio. Es una frase que no tiene adscripción ideológica, pues se la he escuchado a liberales, socialdemócratas, conservadores y comunistas. Tampoco depende del nivel cultural, pues también la he oído de labios de gente de ‘ciencias’ y de ‘letras’, a personas que considero sabias y a otras cuya base cultural debería mejorar o al menos revisarse. Lo que tengo claro es que la Historia nunca la han escrito los ganadores, tampoco los perdedores, ni siquiera los que no han participado en ese supuesto juego de ganadores y perdedores, sino los historiadores.

La Historia es una disciplina que tiene siglos, si no milenios, a la que se han dedicado innumerables personas con más o menos fortuna, tino, habilidad, información o conocimiento. Han sido personas que se han formado como tales o, por el contrario, otras que, desde otras disciplinas, han caído en este vicio que es el conocer y divulgar los pasos que ha dado la humanidad en su devenir. Es una frase que desprecia el esfuerzo de muchos por recopilar, analizar y entender las acciones humanas, tanto de gobierno, que suele ser lo más habitual y demandado por el gran público, como de convivencia en y entre sociedades, incluyendo enfrentamientos y colaboraciones. Es despreciar un trabajo que, algunas veces, se hace peligroso, si los gobiernos de los países donde se ejerce reaccionan de manera censora hacia el historiador cuando las conclusiones no son del gusto de los ‘analizados’.

Esta expresión es denigrante para los historiadores y su labor, ya que los identifica con los propagandistas de una causa o colectivo[1]. Y esta es la clave, porque entre historiadores de mejor o peor nivel, se han colado muchas personas que ejercen como tales, desde algún tipo de interés político, nacional, religioso o ideológico, reescribiendo[2] lo existente y trabajando en que su sesgo domine el relato oficial. Desgraciadamente, a lo largo de los siglos (como ocurre en otras disciplinas como la economía, la sociología, la psicología, la climatología, la ecología y tantas otras), personas con ideologías o creencias religiosas han intentado, con relativo éxito, cambiar el pasado para controlar el presente. La Historia, desgraciadamente, ha sido una de esas disciplinas que ha tendido a ser manipulada por personas e instituciones representantes de ideologías y gobiernos, por múltiples razones, desde justificar ciertas acciones a fundar Estados, pasando por implementar un espíritu nacional o de grupo.

Cuando, a mediados del siglo XIX, dos grandes naciones tomaban su lugar en el mundo, Alemania e Italia, algunos de sus historiadores y políticos, que también hacían su labor de propagandistas, acudían a la Historia conocida del Sacro Imperio Romano Germánico para desmembrarla, tomando parte de ella y construyendo una ‘Historia’ oficial que justificara su propia fundación. El nacionalismo estaba ligado al territorio y la etnia, siendo la lengua y la tradición común dos características que los definían, que daban identidad a italianos y alemanes[3]. El nacionalismo germánico quería un único Estado germano parlante, que en la medida de lo posible incluyera a los austriacos que usaran este idioma[4]. Tal unión no pudo culminarse y la guerra entre prusianos y austriacos ayudó en esta dinámica nacionalista.

Mientras tanto, los propagandistas alemanes reinventaron la Historia del Sacro Imperio con la intención de dar sentido a su propio imperio. Así, se interpretó la época de los Habsburgo como un declive; se huyó de lo romano por estar identificado con el papado; se inventó una relación entre lo griego clásico y lo germano; y se idealizó el Sacro Imperio medieval como un periodo armonioso. No muy lejos, el nacionalismo italiano tenía una visión muy distinta. Durante siglos, el norte de la actual Italia había sido parte del Sacro Imperio, pero Napoleón había conseguido que esta región se sintiera maltratada por los Habsburgo y pensara en una unión, en ese momento, bajo tutela del corso. Una vez que este desapareció, los movimientos nacionalistas, interpretaron su relación con el imperio en términos de abandono y restitución de otro pasado imperial, el romano, y promovieron la unión de toda la ‘bota’.

La Historia es una gran fuente para la propaganda y eso lo sabemos bien los españoles. Mientras que la Monarquía Hispánica dominaba los mares, sus enemigos, en especial los ingleses, pero sobre todo los holandeses, crearon una serie de verdades a medias y mentiras descaradas con la única intención de dañar el honor y la fiabilidad de los españoles en sus extensas tierras, favoreciendo así los intereses de sus Estados (y de paso, de Francia). La famosa Leyenda Negra nos ha acompañado hasta la actualidad y aún tenemos que poner los puntos sobre las íes ante ciertas acusaciones que son claramente invenciones o exageraciones, que pueden tapar otras malas acciones de los acusadores. Sin embargo, corremos el riesgo de caer en el victimismo y crear, para contrarrestar esta visión claramente negativa, una Historia alternativa en la que se reinterpreten hechos en sentido contrario, magnificando unos, negando otros e, incluso, inventando algunos, intentando repetir la jugada. No podemos dejar de reconocer que la ‘Pérfida Albión’ no deja de ser la típica contrapropaganda.

La filosofía marxista, una de las más exitosas del siglo XIX, ha contaminado bastantes estudios y profesiones, con su visión de conflicto permanente entre clases o, más recientemente, entre grupos de diversa condición. La Historia no ha sido ajena a esta influencia y, de hecho, el marxismo ha sido uno de los sesgos que más profundamente le ha afectado. Aunque al principio el comunismo desdeñó la Historia existente debido, en buena parte, a que entorpecía la creación de la nueva sociedad, las circunstancias de la Segunda Guerra Mundial, a la que los soviéticos terminaron denominando la Gran Guerra Patriótica (y en la que ellos mismos empezaron en el bando germano), supuso una nueva reinvención de los mitos fundacionales de la Gran Rusia, con la intención de elevar el ánimo de los maltrechos ciudadanos soviéticos, incluso ensalzando figuras históricas cercanas a las odiadas clases nobles (como el general Kutuzov, que lucho contra Napoleón). El mismo papel de Stalin fue adaptado a un modelo heroico, borrando su derrota ante los polacos[5]. Algo similar harían los chinos comunistas con Mao, reescribiendo su papel en el triunfo final del partido comunista chino. La exaltación del líder choca con la visión comunista en la que no hay individuos, sino sólo colectivo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, en plena Guerra Fría, las visiones de izquierda radical siguieron extendiéndose en el mundo académico occidental. La lucha de clases fue la dinamizadora de la Historia, lo que la convierte en un enfrentamiento continuo, en una guerra perenne. Con la desaparición del Muro de Berlín y del bloque soviético, el marxismo se reinventa hacia visiones identitarias como el feminismo, el indigenismo, ciertas visiones raciales de la sociedad o las identidades de género.

Cada una de estas identidades supone una revisión de la Historia para adaptarla a la nueva y parcial utopía. De esta manera, los indígenas crean un pasado, anterior a la colonización europea, propio de la tradición roussoniana del buen salvaje y el posterior se convierte en un enfrentamiento continuo lleno de genocidios y violencia gratuita, siempre como víctimas[6].

En el caso del feminismo, se desprecia el movimiento sufragista que había fuera de la izquierda, se absorbe a alguna de las líderes cuando son demasiado importantes para invisibilizarlas, se olvida que, por ejemplo, en España, el PSOE se opuso al voto femenino por puro cálculo electoralista[7] y se crea una nueva realidad donde el hombre ha nacido con el pecado original de la agresión hacia el sexo femenino o, por extensión, a cualquier identidad de género que no sea el heterosexual. De igual manera, se borran de la Historia aquellos hechos que suponen la persecución por parte de la izquierda marxista de homosexuales, desapareciendo, por poner un ejemplo, esas acusaciones de ‘vicio capitalista’ con el que los soviéticos describían las relaciones homosexuales o los campos de trabajo cubanos que Ernesto ‘Che’ Guevara creó para ellos.

La Historia ha sido manipulada por religiones, ideologías, Estados o gobiernos para crear un relato adecuado y circunstancial que favorezca su moral, políticas e ideas. Así, los historiadores ven dificultada su labor, en tanto no sólo tienen que contar los hechos que ocurrieron, sino que algunas veces tienen que desmentir (o confirmar) y volver a analizar lo conocido, para eliminar sesgos que la contaminen. En este sentido, puedo entender que algunas personas desconfíen de lo que se lee y concluyan que los ‘ganadores’ dominan el relato. Sin embargo, este proceso propagandístico puede ocurrir en cualquier otra disciplina y despreciar, por ejemplo, la economía por estar en manos de economistas de ciertas ideas, la psicología o la sociología por tener un origen muy cercano a ideas de la izquierda, o las matemáticas, a las que ahora se quiere enseñar con perspectiva de género, lo cual no creo que sea una idea muy inteligente. Debemos optar por tener una mente abierta y crítica, que nos impulse a buscar fuentes diversas, a no tomar lo leído como la verdad absoluta y a pensar que adquirir conocimiento es un proceso que nos va a durar toda la vida.


[1] Es bastante posible que, conociendo algo la vida de George Orwell, esta fuera su intención: atacar a los propagandistas que usan la Historia. Sin embargo, creo que su aplicación se ha vulgarizado.

[2] Quiero hacer aquí una precisión. La Historia es susceptible de ser modificada, porque siempre se están averiguando nuevos hechos, material que hay que encajar en lo que ya se conoce. Además, tiene un elemento especulador. Por ejemplo, antes de que se inventara la imprenta, el número de documentos existentes es muy bajo y las fuentes no son tan precisas como a partir del siglo XV. Si nos remontamos a épocas en los que la arqueología es la principal fuente de información, esta especulación es más abundante, lo que no quiere decir que no dé lugar a un conocimiento firme, pues hay maneras de rellenar los huecos. Cuando me refiero a propagandistas, me estoy refiriendo a personas que, intencionadamente, no por una mala praxis, alteran los hechos, ocultando algunos, magnificando otros, e incluso se inventan cosas que pueden ayudar a su causa. Hay personajes que han ejercido y ejercen en ambos lados, y este es un hecho con el que hay que contar a la hora de creernos o no lo que estamos leyendo y buscar otras fuentes que confirmen o no lo que leemos. Incluso historiadores que se han visto influenciados y sus escritos están contaminados por los sesgos de moda en cada momento, sin que ellos sean demasiado conscientes de la situación.

[3] Los nacionalismos europeos habían despertado con Napoleón, que los explotó en su propio beneficio y, una vez derrotado, siguieron su propio camino.

[4] El nacionalismo alemán provocó el surgimiento de otros nacionalismos por una cuestión puramente defensiva. Los checos, ante la posibilidad de verse excluidos en un Estado alemán germanohablante, decidieron crear su propia Historia oficial y apostaron por el Imperio de los Habsburgo que, a diferencia del alemán, era plurilingüe. Además del alemán, el húngaro y el checo, junto a otras lenguas, coexistían sin problemas. De hecho, cabe decir que los imperios, en general, están caracterizados por tener varias lenguas y sistemas sociales y políticos, siempre que fueran fieles al emperador y al imperio, dentro de ellas. El Imperio oficialmente alemán era más una excepción que una regla general.

[5] Una de las manipulaciones más efectistas del régimen soviético y del estalinismo fue la de hacer desaparecer de las fotos a los rivales del régimen que iban cayendo en desgracia.

[6] En cierto sentido, lo que hacen los indígenas americanos, australianos y de otros lugares que fueron colonizados por europeos es similar a lo que hicieron alemanes e italianos con el Sacro Imperio al reinventar sus propias versiones de la Historia imperial.

[7] El PSOE consideraba que las mujeres, aleccionadas por la Iglesia católica, votarían masivamente a las derechas.

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