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¡Salvad a nuestros hijos del pegamento!

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Cocaína, crack, marihuana, éxtasis, speed… sustancias abominables capaz de destrozar la vida de nuestros hijos, convirtiéndolos en yonkis, en delincuentes, en amenazas para la sociedad.

Bien hacen los gobiernos de todo el mundo en combatir esta lacra. No importa los miles de millones de euros y dólares gastados en luchar contra la droga. Agentes de policías, cuerpos especializados, lanchas patrulleras, helicópteros, satélites ¡Lo que haga falta! Todo por impedir que nuestros hijos caigan en las garras de la farlopa, del jaco…

A la vista está el gran resultado obtenido por dichas medidas, su éxito para impedir que la droga llegue a nuestros jóvenes…

Pero hay un enemigo latente, un enemigo que está ahí, inadvertido, pero dispuesto a destrozar el cerebro de los más jóvenes.

Es el pegamento industrial.

Una auténtica droga cuya inhalación produce pérdidas de memoria, alteraciones de comportamiento con tendencias agresivas, descoordinación muscular… incluso puede producir fallos respiratorios que acaban con la vida del consumidor.

¿Y qué hace el gobierno? ¡Nada! Asómbrense señores, ¡El pegamento industrial no está sujeto a ningún tipo de control! ¡Es un producto legal! En cualquier droguería, por una módica y ridícula cantidad, cualquier joven puede hacerse con todo el pegamento industrial que quiera, pudiendo drogarse a placer.

Esto no puede permitirse. Los pegamentos industriales han de retirarse del libre comercio. Han de ser tratados como lo que son, una droga muy peligrosa y altamente adictiva. Las medidas a tomar son claras. Prohibición de la venta libre, de forma que solo lo pudiesen comprar o fabricar empresas con un permiso especial gubernativo que demostrase de forma fehaciente que dicho pegamento no va a caer en manos de potenciales inhaladores.

Con ello se conseguiría lo que se ha conseguido con el resto de las sustancias consideradas drogas. Dichos potenciales inhaladores deberán acudir al mercado negro a conseguir su producto, el cual habrá disparado su precio. Esta subida de precio significaría dos cosas. En primer lugar, los beneficios para los traficantes de pegamento se multiplicarán de forma exponencial. En segundo lugar , el consumidor enganchado necesitará meterse en actividades ilegales para poder pagar los nuevos precios inflados por la prohibición.

Ante ello, veremos cómo en la puerta de los colegios camellos de pegamento regalarían pegamento a nuestros hijos para tratar de engancharlos. En las discotecas, distribuidores "enrollados" lo ofrecerían junto con lo último en pastillas. En las empresas que de forma legal producen el pegamento para dedicarlo a actividades industriales surgirían sobornos, desviaciones de producto, conductas delictivas para poder surtir dicho mercado negro.

Incluso desde otros países, empresas químicas en situación de ilegalidad, como los laboratorios clandestinos de coca, harían un producto específico para introducirlo en nuestro mercado. Con lanchas lanzaderas, con dobles fondos en camiones, con "mulas" que lo introducirían en nuestro país

En Barajas, los perros policía deberán ser entrenados en detectar este nuevo olor. Cuerpos especiales de policía anti-pegamento deberán ser desplegados. Nuevas campañas multimedia de concienciación ciudadana multimillonarias, "Pegamento no gracias", pagadas con dinero del contribuyente, se pondrían en marcha para combatir la adicción al pegamento industrial.

Los famosos, siempre solidarios, aportarían su granito de arena: "Di no al pegamento". En todas las comunidades autónomas, en todos los ayuntamientos surgirían agencias anti pegamento, con delegados anti pegamento, coordinadores, asistentes sociales…

En fin, que se resolvería el gravísimo problema que representa el pegamento industrial para la salud de nuestros hijos de la misma forma que se ha conseguido resolver el problema de las drogas.

Nota adicional: En el tercer mundo, miles de chavales en situación de pobreza extrema inhalan pegamento. Quizá la solución sea la mencionada antes, prohibir dicho pegamento. Aunque yo creo que el problema de estos pobres chicos no es el pegamento en sí, sino la pobreza generada por gobiernos corruptos e intervencionistas.

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