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Sin IVA, por favor

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Decía Sabina en una de sus canciones que le gustaban “el whisky sin soda y las noches sin boda”. A mi personalmente, me gustan las compras sin IVA y, más aún, la vida sin impuestos. Desgraciadamente, el nuestro es un mundo repleto de impuestos. Como asesor fiscal vivo de ellos, pero sería feliz si no existieran apenas tributos y me viera forzado a cambiar de trabajo. Por eso, cuando escucho cómo nuestro presidente del Gobierno decide incrementar el IVA en un 0,2% para dedicar la recaudación adicional a la ayuda al tercer mundo, no puedo dejar de preocuparme.

Aunque los impuestos no sean neutros porque afectan a la estructura de producción y gravan renta y, por tanto, capital, el impuesto que probablemente menos perjudica al mercado es el IVA. Sin embargo, al existir muchos más impuestos sobre el consumo como los impuestos especiales al alcohol, hidrocarburos, tabaco y electricidad y otros que recaen sobre la renta, cualquier incremento es una mala noticia. No obstante, es preferible que se incremente el IVA a que lo haga el IRPF porque el primero se aplica equitativamente sobre todos los ciudadanos mientras el segundo es un impuesto progresivo que penaliza el esfuerzo. Pero, en cualquier caso, la solución óptima sería acabar con los impuestos progresivamente.

En cuanto a los efectos de esta subida de los tipos del IVA (recordemos que hay tres, el 4% básicamente para el pan y otros productos de “primera necesidad”, el 7% para alimentos y otros bienes y el 16% para la mayor parte de los productos) hay que recordar que el consumidor será el único perjudicado por esta medida. Cada vez que compre, notará que paga más y que, por tanto, su poder adquisitivo mengua con el tiempo. Por eso tendrá que ajustar su cesta de la compra y sustituir todos los productos que pueda por otros más baratos pero que suplan las mismas necesidades que los que adquiría tradicionalmente. Los empresarios empezarán a apreciar que venden aún menos y que sus costes se incrementan, a pesar de que el IVA sea un impuesto deducible aunque no siempre neutro por motivos que no hay espacio para aclarar en este artículo.

Por último, hay que comentar que el fin del incremento es ejercitar el “humanitarismo con guillotina”, como decía una pensadora norteamericana. Los políticos utilizan nuestro dinero para aparecer como monjas de la caridad. Lo que ha planteado ZP no es más que un lavado de imagen y muestra una psique digna de análisis psiquiátrico. Creer que con sólo dedicar un 0,2% de las transacciones económicas a la ayuda al tercer mundo se puede acabar con el hambre, resulta tan estúpido como crear un ministerio sin competencias como el de Vivienda. El problema del tercer mundo, como explica hoy Juan Ramón Rallo en el suplemento de Ideas de Libertad, no se arregla con un “fajo de billetes” sino con derechos de propiedad, mercado y Estado de derecho.

Mientras existan demagogos que dispongan de la capacidad de establecer e incrementar los impuestos vigentes, tendremos que soportar en nuestras carnes los efectos del populismo más rastrero.

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