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Sísifo, o el eterno retorno

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Hay quienes, desde Tucídides, entienden que la historia se configura como un progreso en espiral, en el que, cambiando los aspectos superficiales, se mantiene una estructura que se repite en un ciclo infinito. Así, para ellos, la rueda de ascensos y descensos nunca para y de poco sirve ser consciente del proceso -ni prever el resultado- dado que tratar de evitar el desastre sólo consigue acelerar la llegada de lo inevitable. 

Occidente, como civilización, surgió sobre las ruinas de la filosofía griega y del derecho romano, debidamente regadas con la cosmología y los valores cristianos. Pero, en su devenir, atravesó el Rubicón de la Modernidad -ruptura radical respecto de lo anterior que no por casualidad comienza a la par que el cisma luterano- haciendo que la creación divina -del hombre y del mundo- dejase de ser un axioma -Dios pasó a ser entre relegado, negado y olvidado- para convertir al individuo en un ser autónomo e independiente, no determinado por instancias superiores, erigido en el centro de todo y capaz de darse a sí mismos sus propias leyes. El hombre, en definitiva, pasó de tener a ser libertad, una libertad que no admite ningún elemento que frene su acción hacia un progreso supuestamente indefectible.

Pero la cohesión en un mundo cimentado en la libertad casi absoluta y radical es inestable, y más cuando la sensación de bienestar -perdida la trascendencia- tiene un componte relativo importante, derivado de la comparación con la situación del otro. ¿Qué ocurre si se crea una masa acomplejada, frustrada e insatisfecha suficientemente grande y poderosa, aunque tenga el mejor nivel de vida de la historia? 

Por mucho que nos parezca extraño, el planteamiento colectivista parte, en esencia, de similares presupuestos que el liberalismo y, de alguna forma, parecería ser su continuación lógica -su otra cara o su reacción-, al menos para aquéllos a quienes el liberalismo no ha provisto de las satisfacciones prometidas: también olvida -si no niega- la creación divina del hombre; prevé, también, el recorrido inevitable hacia la arcadia feliz, y las leyes siguen no siendo trascendentes (ahora son inmanente). Cierto es que el hombre deja de “realizarse” mediante la ejecución de actos libres para hacerlo al asumir las obligaciones –“ontológicamente necesarias”- e impuestas por “lo colectivo” (ya sea la clase, la nación, la raza, el partido, el Estado o la sostenibilidad ecológica). Y ese es, ojalá me equivoque, en la dirección a la que vamos; sin revoluciones ni aspavientos, es verdad; lentamente, pero todos juntos.

Pero el colectivismo -como ya advirtió Mises y la historia se ha encargado de demostrar-, tiene las patas muy cortas y es incapaz, también, de satisfacer la totalidad de las expectativas en él puestas al impedir el intercambio voluntario y la libre fijación de precios -el puente entre las valoraciones subjetivas y el mundo externo-, haciendo imposible el cálculo económico en un mundo dinámico en constante evolución, lo que lleva a la ruina inevitable (la perversa forma en que en dicho modelo, por su particular naturaleza, se articulan los incentivos que movilizan a la gente, tampoco ayuda). ¿Acaso en Occidente el precio del dinero fiduciario, en relación con otros bienes, se fija libremente?

¿Podemos, entonces, pensar que, tarde o temprano, tras un posible delirio colectivista, volvería a generalizarse -como parece que ocurrió, en gran parte del entorno comunista, tras la caída del Muro- el planteamiento liberal… y así una y otra vez, en un continuo fluir en espiral? No necesariamente, ni siquiera si creemos en la repetición eterna de los ciclos. Primero, porque cabe la posibilidad de que el retorno no sea al liberalismo decimonónico, sino que, en el entorno de un ciclo más amplio, el vacío existencial relativista, entre otras causas, nos haga volver a un planteamiento trascendente –al modo medieval- que configure de otra forma nuestras vidas y en el que las dinámicas económicas y sociales se alteren de manera sustancial. Y, segundo, porque cabe dar, todavía, un paso más y que la civilización occidental desaparezca y sea sustituida por otra bien distinta: en la historia, hasta la fecha, ninguna ha tenido asegurado su futuro, tampoco la nuestra, aunque lo tendamos a creer; no lo tuvieron la romana del coliseo imperial, la babilónica de los jardines colgantes, ni la egipcia de Gizah, entre otras.

Pero ni siquiera el eterno retorno está garantizado: quienes tiraron abajo el Muro tenían una sociedad próspera con la que compararse y que les servía de acicate -también de apoyo-, a pesar de los poderosos obstáculos que el totalitarismo comunista presentaba -material y psicológicamente- a cualquier intento interno de rebelión. ¿Sería igual de “fácil” rebelarse si el colectivismo se generalizase en todo el globo, no habiendo un otro -en mejor situación- con quien compararse? ¿Y si el control, además, con los cambios tecnológicos, fuese más férreo y total? ¿Bastarían las diferencias sociales -que, irónica e inevitablemente, se crean en toda sociedad colectivista- para crear el caldo de cultivo, aunando la energía necesaria, que permita el cambio? ¿Y si, con sus graves debilidades y flaquezas -que las tiene-, el Imperio del Medio, nunca acabado de enterrar, alcanza -en parte por incomparecencia del contrario- el puesto que le augura su actual líder? Mejor pararlo todo antes, por si acaso… si es que se puede.

7 Comentarios

  1. Pues yo me siento más realizado cuanto más me rebelo contra los escribas y los fariseos. Prefiero la cruz a vivir esclavizado por los miedos de los necios malinformados por la prensa zombi. Es una elección muy sencilla para mí. Mi alma no está en el bote de esta timba.

    No desesperemos: llegarán tiempos mejores. Tal vez no para mí, pero sí para otros que lo merezcan. Benditos sean.

    • Aprovecho para recomendar, en la misma línea de su comentario, la «Introducción», de Edmundo O’Gorman (historiador mejicano) a «La Historia de la Guerra del Peloponeso» de Tucícides, en la edición de la editorial Porrúa (colección Sepan Cuántos, nº 290; 1975).

      O’Gorman coloca a Tucídides como fundador de la estirpe de historiadores para quienes «la verdad del pasado no se halla en el pasado mismo, menos aun en el documento, sino en la visión eidética de quien contempla, con los ojos del espíritu, el gran espectáculo del vivir humano para discernir, por debajo de su agobiante y caótica multiplicidad, un proceso unitario encaminado hacia la plenaria realización del hombre.»

      En dicha «Introducción» subyace la transición personal del propio O’Gorman desde su posición historicista inicial (semejante a la de Tucídides, historiador pero también protagonista activo de la realidad histórica que narra) hacia otra que sería coincidente con la de la Escuela Austriaca, o más concretamente con la posición de Mises distinguiendo Teoría (o Praxeología) e Historia.

        • Y sobre Giambattista Vico: https://es.wikipedia.org/wiki/Giambattista_Vico
          … de quien si se fijan, en su parte final (influencia) «enlaza» con el inicio y el nudo de este artículo de Jaime Juárez:
          «Esta actitud doctrinal del filósofo (de G. Vico) es muy sorprendente en un período en que el pensamiento cartesiano no era un pensamiento más entre otros. […] [presenta] temáticas algo afines entre su doctrina y las de Hegel, Marx y Comte, Vico se diferencia de ellos en que no hay un cierre o clausura final de la historia. […]
          La concepción de Vico presenta mayores semejanzas con las posiciones de Fichte y Schelling, y aún más con la visión circular que es propia de las filosofías orientales, según las cuales en la historia no se verifica un auténtico progreso, sino, por el contrario, un retorno de los ciclos siempre iguales.»

        • Sobre Tucídides, ver wikipedia en inglés: https://en.wikipedia.org/wiki/Thucydides de la que presento dos fragmentos de su parte final
          «Comparación con Herodoto»:
          (a) Herodoto registra en «Historias» no solo los eventos de las Guerras Persas, sino también información geográfica y etnográfica, así como las fábulas relacionadas con ella recogidas durante sus extensos viajes. Por lo general, no emite un juicio definitivo sobre lo que ha escuchado. En el caso de relatos contradictorios o poco probables, presenta ambos lados, dice lo que cree y luego invita a los lectores a decidir por sí mismos. […]
          Herodoto ve la historia como una fuente de lecciones morales, con los conflictos y las guerras como desgracias que fluyen de los actos iniciales de injusticia perpetuados a través de ciclos de venganza. Por el contrario, Tucídides presume de limitarse a informes fácticos de acontecimientos políticos y militares contemporáneos, basados ​​en relatos de testigos oculares directos e inequívocos, aunque, a diferencia de Herodoto, no revela sus fuentes. Tucídides ve la vida exclusivamente como vida política y la historia en términos de historia política.

          (b) La tensión entre las tradiciones de Tucídides y de Herodoto se extiende más allá de la investigación histórica. Según Irving Kristol… Tucídides escribió «el texto neoconservador favorito sobre asuntos exteriores», siendo un texto obligatorio en el Naval War College, una institución estadounidense ubicada en Rhode Island. Por otro lado, para Daniel Mendelsohn: «Ser un admirador de la Historia de Tucídides, con su profundo cinismo sobre la hipocresía política, retórica e ideológica (con sus protagonistas demasiado reconocibles: una democracia (i)liberal e imperialista bajo una élite u oligarquía autoritaria, comprometida en una guerra de desgaste librada por delegación en las franjas remotas del imperio), era anunciarse a sí mismo como un testarudo connoisseur de la Realpolitik global.»

          • — Resumen de la conclusión (de esa Introducción de Edmundo O’Gorman a «La historia de la guerra del Peloponeso»):
            » Por sagaz y luminosa que se suponga la inteligencia de un estadista, su previsión tiene un límite. Lo ‘repentino, lo inesperado y lo que sucede sin posibilidad de cálculo, esclaviza el entendimiento’, y es entonces cuando ‘se culpa a la fortuna’…
            He aquí, pues, el elemento de contingencia que, por los límites mismos de la razón, condiciona la acción… del estadista y amenaza con el desastre… La marcha de la historia es, quizá racional, pero como la suma de posibilidades en el futuro son incalculables, siempre existe un margen de error irreductible, y la gran licitación para optar a la omnipotencia… queda entregado a la contingencia. Por más que el hombre, a través del héroe, ponga su confianza y finque sus esperanzas en el poder luminoso de la razón no logra aniquilar ese residuo de tinieblas que comúnmente se llama fortuna. La inteligencia humana no es divina y tiene que humillarse ante la providencia caprichosa. La historia resulta, siempre sí, ser la tragedia de un héroe que en vano lucha contra un hado inexorable, y no ya el desarrollo de un programa racional que va cumpliendo sus etapas bajo la previsora mano de un príncipe de la inteligencia política.
            Epílogo: Para Tucídides, testigo ocular de la caída de Atenas (y heredero del cientifismo de la escuela jónica), aquella conclusión debió serle repugnante en lo más entrañable de su ser y de su soberbia filosófica.»

            Como integración de aquel periodo histórico, por John Hamer:
            «La invención de la historia: Herodoto y Tucídides»:
            https://www.youtube.com/watch?v=Ck-pjyurhZ8&t=5338s

    • Me refiero a que Tucídides fue quizás el primero de esa larga serie o estirpe de historiadores (y otros «historicistas» asimilados, los promulgadores del «relato», por ejemplo la prensa zombi que Vd. nombra) que vienen a encubrir como «científico» lo que no es sino mera y manifiesta arbitrariedad por parte de quienes gobiernan (la famosa razón de estado). En el caso de Tucídides, justificando y respaldando a Pericles, quien a base de astucia y demagogia había logrado convencer a los atenienses para ir a una guerra contra su aliada Esparta sobre la base de un supuesto cálculo agregado «común» de intereses y probabilidades (como se muestra en uno de sus iniciales «discursos»).

      Recupero un párrafo sobre la interpretación de la biografía de G. Vico
      (que viene tras la frase «proceso UNITARIO encaminado hacia la plenaria realización del hombre»… pues esa VISIÓN IDEAL unitaria a implantar podría ser entendida como la llamada a la consecución de UN ÚNICO FIN, a expensas de los fines de todas las demás personas –lo cual es una barbaridad totalitaria–):
      «En este reconocimiento de la importancia de lo histórico, Vico se anticipa…
      Pero si bien hay temáticas algo afines entre su doctrina y las de Hegel, Marx y Comte, Vico se diferencia de ellos en que no hay un cierre o clausura final de la historia. En Hegel la historia termina en el desarrollo absoluto de la Idea, en su culminación en el Estado prusiano, o, dicho gruesamente, en él mismo. En Marx, en la instalación del comunismo, luego de la dictadura del proletariado que instaura el socialismo. En Comte, con la maduración de la humanidad, hasta la llegada al estadio positivo.»


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