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Sobre economía y evolución

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Ya conocía al profesor Capella. Nunca había oído hablar de Michael Shermer hasta que él lo calificó de imprescindible para comprender el nexo economía y evolución.

La segunda asignatura del Máster en Economía UFM-OMMA sobre la que quiero escribir en esta serie es, en realidad, una doble asignatura que me permitió entender la acción humana, tanto individual como colectivamente, desde un punto de vista evolutivo.

Ya conocía al profesor Capella, por lo que no me sorprendió la extensísima bibliografía que nos recomendó, pero nunca había oído hablar de Michael Shermer hasta que él lo calificó de imprescindible para empezar a comprender la relación entre economía y evolución. Me gustaría mencionar aquí uno de sus libros: The Mind of the Market.

Lo primero que me sedujo fue el título: para alguien que siempre había defendido que un colectivo es un grupo de individuos que toman sus decisiones en función de sus preferencias subjetivas, enfrentarse a algo como la mente (necesariamente individual) del mercado (necesariamente colectivo), ya tenía algo de desafío.

Mi carrera profesional consiste, fundamentalmente, en gestionar equipos: después de acumular algunos años de experiencia, llegas a saber que un grupo es más que la suma individual de sus miembros, ya que en entornos complicados, el equipo que se ve obligado a tomar decisiones difíciles, no siempre actúa como lo harían uno por uno sus miembros.

Leyendo este libro confirmé que sí, por supuesto somos racionales, pero no tanto y, sobre todo, no siempre: hemos heredado algunos comportamientos que nos parecen irracionales hoy, pero que no lo eran cuando vivíamos en las cavernas y sobrevivir era mucho más difícil que ahora.

De hecho, el mercado no siempre se comporta racionalmente: a veces, más riesgo no es peor que menos riesgo, aunque hablemos de un colectivo formado por seres humanos racionales. Y es que las personas que intervienen en él, obviamente piensan como individuos, pero inevitablemente, también responden en función del equipaje evolutivo que llevan a cuestas.

Es decir, el proceso económico no sólo se debe a la acción humana intencional, sino que nuestra naturaleza evolutiva también es responsable de algunas reacciones irracionales. Es cierto que ese proceso requiere ciertas reglas para que funcione mejor (leyes, instituciones), pero cuando la regulación es excesiva, el sistema falla. Y falla no sólo por aspectos funcionales, sino sobre todo, por el componente moral que añadimos los seres humanos.

Es lo que Shermer denomina Economía Evolutiva, estableciendo una analogía brillante entre la selección natural de Charles Darwin y la mano invisible de Adam Smith: el entorno es a la evolución lo que el mercado es a la economía. Igual que no es científicamente necesaria la existencia de un creador para decidir qué especies sobreviven, tampoco es necesario que exista un planificador para decidir qué hay que producir y consumir.

A pesar de su complejidad, ni la economía ni la vida son sistemas planificados por una inteligencia superior: la mano invisible y la selección natural explican cómo organismos individuales simples generan sistemas mucho más complejos que coexisten en relativa armonía, y como la complejidad surge de la simplicidad. En un caso, los organismos vivos intentan sobrevivir y mantener a sus crías, mientras que en el otro, los seres humanos intentan ganarse la vida y mantener a sus crías.

Pero la selección natural de Darwin y la mano invisible de Smith no se sustentan sólo en lucha por la supervivencia y en el egoísmo individual, opinión generalizada quizás por una mala interpretación de las dos metáforas utilizadas por ambos autores: los organismos no son gladiadores luchando en la arena ni hay ninguna mano que dirija los hilos de la economía.

En este sentido, podemos decir que la evolución y la economía tienen dos caras: somos egoístas y altruistas, competitivos y cooperativos, pacíficos y belicosos, sociales y antisociales. Ambos sistemas tienen una parte importante de lucha, pero también otra, no menos importante, de ayuda mutua.

Así, Smith mostró cómo la riqueza nacional y la armonía social eran consecuencias no intencionadas de la competitividad individual entre personas, mientras que Darwin mostró cómo el diseño complejo y el equilibrio ecológico eran consecuencias no intencionadas de la competitividad entre organismos.

La economía conductual, una materia nueva para mí hasta entonces, nos enseña que no todas las decisiones del ser humano son absolutamente racionales, sino que nuestro pasado evolutivo ha programado nuestros cerebros de tal manera que algunas decisiones parecen irracionales hoy, aunque no lo eran hace unos cuantos miles de años, cuando la cooperación y la ayuda mutua eran necesarias para garantizar nuestra supervivencia.

Creo que de todos los numerosos ensayos conductuales descritos en el libro de Shermer, mi preferido es el experimento en el que se pide repartir 100 dólares: los resultados muestran que todo lo que se desvíe de una proporción 70/30 (me quedo con 70, entrego 30), es rechazado por los receptores. Sería racional aceptar cualquier cantidad de dinero, por pequeña que sea, si fuéramos sólo Homo Economicus: el problema es que no lo somos.

La razón de estos comportamientos irracionales es que el resultado no nos parece justo y se fundamenta en lo que se denomina altruismo recíproco (te rascaré la espalda si sé que tú me vas a rascar la mía). Ese sentimiento moral que denominamos justicia funciona si puedes esperar reciprocidad al intercambiar algo y evolucionó como una estrategia para mantener la armonía social de nuestros antepasados paleolíticos, cuando vivían en pequeños grupos y la cooperación era la regla, mientras que los que se aprovechaban de los demás eran la excepción.

Por eso, rechazar 10 dólares, sabiendo que la otra persona retiene 90, nos parece irracional en la actualidad, pero no lo es si trasladamos el experimento miles de años hacia atrás. Ese aspecto moral, grabado evolutivamente en nuestros cerebros, también está en la naturaleza de los mercados: si no fuera así, el capitalismo egoísta y amoral habría desaparecido hace tiempo.

Al pasar de vivir en grupos pequeños a grupos mucho más grandes, se produce una tensión entre nuestro deseo egoísta de conseguir mayor riqueza y nuestro deseo social por la igualdad (o al menos, por minorar las desigualdades entre ricos y pobres). Esta herencia de los juegos de suma cero, donde si uno ganaba necesariamente otro perdía, no tiene sentido hoy gracias a la ciencia y a la tecnología, pero en muchos aspectos, nuestro cableado cerebral sigue anclado en el pasado, donde no había mercados de capital, crecimiento económico, acumulación de riqueza, división del trabajo, etc.

Mi conclusión final sobre esta asignatura, después de leer el revelador libro de Shermer, es que sentimientos como el altruismo, la cooperación, la felicidad o la moral son emociones evolutivas con una función adaptativa que explican nuestro comportamiento, tanto individual como grupal, en un entorno institucional como es el mercado.

No por casualidad, Adam Smith y Charles Darwin invirtieron mucho tiempo en intentar entender los sentimientos de las personas y las tendencias naturales de los organismos antes de publicar sus obras maestras sobre economía y evolución: posiblemente, no hubieran podido hacerlo al revés.

3 Comentarios

  1. Este tema es interesantísimo,
    Este tema es interesantísimo, porque si concluimos que el proceso económico es complejísimo, no tiene planificador, se debe a la suma de decisiones raciones e irracionales, combina egoísmo-altruismo-competitividad-cooperación-paz-lucha-exclusión-ayuda…y busca beneficios tangibles e intangibles.

    Entonces resulta que la aplicación de reglas es inviable. Si aplicamos reglas racionales, los comportamiento irracionales las deprecian, si aplicamos reglas irracionales el proceso económico es ineficiente, y si aplicamos reglas mixtas jugamos a planificadores capaces de gestionar la hipercomplejidad.

    La economía real ( la que ejercemos todos desde siempre ) es un proceso económico planificado y regido con reglas mixtas. Los planificadores yerran, las reglas racionales se obvian por comportamiento irracionales y las reglas irracionales aportan ineficiencia al cóctel.

    En esta economía, las reglas no son herramientas al servicio de la excelencia económica sino herramientas al servicio de la política.

  2. ¿Para qué, entonces,
    ¿Para qué, entonces, preocuparse por lo que va a pasar si depende de la evolución del hombre? Creo que en economía -como en casi todo- somos profetas a posteriori. Para mí la economía está basada en necesidades inmediatas.

  3. Me llama la atención que este
    Me llama la atención que este Shermer haga tantos esfuerzos por ignorar a Herbert Spencer. Hay algo raro en todo esto.


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