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Sobre economía y socialismo

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En su magnífico libro The Socialist System, el economista húngaro János Kornai identifica la relación causal que une los distintos componentes del sistema socialista clásico.

Reconozco que siempre me apasionó la Revolución Rusa: no ideológicamente (nunca me he dejado fascinar por el socialismo), sino histórica y sociológicamente. ¡Qué desastre! Y qué barbaridad…

Por edad, soy de ésos que estudió EGB, BUP y COU en España: aunque en algunos casos sólo fui consciente años después, muchos de mis profesores eran comunistas. Los recuerdo bien: barbudos y sesudos ellos, estiradas y muy leídas ellas, profesando su activismo sotto voce, incitando a sus alumnos a secundar las ridículas huelgas estudiantiles de los 80 o presumiendo del “Yankee Go Home” después de alguna manifa anti-OTAN.

Es decir, como los líderes actuales de Podemos, pero aseados física e intelectualmente. Personas profundamente equivocadas, sin el menor atisbo de autocrítica, pero respetables: los de hoy, no me merecen ningún respeto, ni físico ni intelectual. Aquéllos no podían no saber: éstos no tienen intención de ocultarlo.

De hecho, su intención es más bien la contraria: no se esconden, no necesitan justificarse. Sólo así alguien puede considerarse un “leninista amable”. Por eso dominan los medios de comunicación, por eso okupan las redes sociales: para dejarnos su mensaje. Quieren que vivamos como en Cuba o en Venezuela, extender sus paraísos socialistas del Caribe al Mediterráneo. Y lo van a conseguir.

En cierta medida, ya lo han hecho: victoria por incomparecencia del contrario. Lo que hay enfrente de estos nuevos-viejos comunistas es simplemente socialdemocracia, de derechas o de izquierdas, pero intervencionismo al fin y al cabo. Y ya se sabe que cuando la gente puede elegir entre el original y una mala copia, la mayoría suele preferir el primero a la segunda.

Y es que, sin pretender equiparar nuestros actuales sistemas democráticos al Archipiélago Gulag que nos contó Solzhenitsyn, sí se pueden identificar algunas similitudes que, en ausencia de la calidad institucional adecuada, podrían facilitar experimentos sociológicos como el que pretende imponer el partido político Podemos en España: experimentos que ya se demostraron imposibles, tanto desde un punto de vista teórico como práctico, en el pasado.

A desarrollar esta idea, la identificación de una serie de elementos comunes a sistemas socialistas y no socialistas para explicar el intervencionismo que padecen las actuales democracias, dediqué algo de tiempo en forma de trabajo para la asignatura Análisis Económico del Socialismo en el Máster en Economía UFM-OMMA, impartida por el profesor Juan Ramón Rallo.

En su magnífico libro The Socialist System, el economista húngaro János Kornai identifica la relación causal que une los distintos componentes del sistema socialista clásico, de manera que cada elemento de esta cadena es consecuencia del anterior, formando lo que podríamos llamar la cadena de valor intelectual del socialismo.

Así, como consecuencia del poder absoluto del partido marxista-leninista y de la inseparabilidad de su ideología oficial, el Estado se atribuye una posición dominante y la práctica totalidad de la propiedad existente, lo que hace que el mecanismo de coordinación sea mayoritariamente burocrático, con unas características (planificación central, restricción presupuestaria suave, irrelevancia de los precios, etc.) que hacen prevalecer la producción por encima del consumo, generando desabastecimientos y excedentes de manera simultánea: es lo que Kornai denomina “economía de la escasez”.

Lejos de mi intención comparar sistemas socialistas y sistemas no socialistas: simplemente me parece que muchos de los errores que cometen nuestros gobiernos, elegidos democráticamente, están en el ideario socialista y ofrecen una coartada perfecta para que siga habiendo gente que crea que la utopía es posible. No es difícil encontrar algunos ejemplos sin salir de España.

Pensemos en la influencia que tienen hoy en día los partidos políticos sobre el poder judicial: a raíz de la Ley Orgánica 6/1985, los vocales judiciales no son elegidos por los jueces, sino por el parlamento. Esta perversión democrática no ha cambiado cuando los dos principales partidos políticos han alternado gobierno y oposición: no puede ser una sorpresa que la justicia sea una de las instituciones peor valoradas por los españoles.

Si hablamos de burocracia, además de estatal, autonómica y municipal, tenemos el enorme aparato burocrático de la Unión Europea. Pensemos en los medicamentos: si a pesar del plazo de la inversión, del capital necesario y del cálculo de probabilidades de éxito, una empresa farmacéutica finalmente produce de manera exitosa un nuevo medicamento en Estados Unidos y consigue la aprobación del burócrata de turno (la FDA, Food and Drug Administration, por sus siglas en inglés), ¿por qué no se puede comercializar en España? Porque depende de una decisión de otro burócrata, en este caso, europeo.

En cuanto a planificación económica, sabemos que las economías socialistas buscan el crecimiento económico para legitimar lo antes posible el socialismo entre la sociedad, habitualmente pobre, a través de agregados tangibles: ese crecimiento se traduce mayoritariamente en inversión. Es cierto que en España no hay una oficina de planificación central elaborando planes anuales o quinquenales de obligado cumplimiento para los órganos subordinados, pero todos los gobiernos también tienen objetivos y plazos que ejecutan a través de sus ministerios, secretarías, agencias, observatorios, etc. Todos los gobiernos elegidos democráticamente e independientemente de su ideología política, han planificado programas de inversión faraónicos con el fin de presentar los logros alcanzados durante su legislatura, especialmente en infraestructuras públicas: líneas de alta velocidad, aeropuertos, autopistas, tranvías urbanos…

Llegados a este punto, alguien podría pensar que a pesar del poder de sus partidos políticos, sus asfixiantes instituciones burocráticas y el peso cada vez más importante de su economía planificada, España supera la prueba del intervencionismo: no vemos desabastecimientos (exceso de demanda) y excedentes (exceso de oferta), propios del caos económico socialista.

En el caso de bienes y servicios públicos, no está tan claro: en realidad, todas las democracias actuales promueven su consumo hasta el infinito, generando en el ciudadano desinformado la falsa impresión de que son gratis. Pero no lo son, por lo que el racionamiento vertical típico de un sistema socialista, también es aplicado en este caso: recuerdo muy bien, por ejemplo, las restricciones de agua en los hoteles o las prohibiciones para regar campos de golf en la España de los 90. Desgraciadamente, la gestión del agua era, y sigue siendo, mayoritariamente pública.

No voy a decir que el liberalismo ha estado presente alguna vez en política: posiblemente, no lo estará nunca, por definición. Pero cuando el espectro ideológico en España se ha desplazado tanto hacia la izquierda que la única alternativa al socialismo real de Podemos es la socialdemocracia de los demás, no puede sorprendernos leer que “el comunismo se ha puesto de moda”. No el que predijeron Marx y Engels, por supuesto, sino el que utiliza igual de bien que entonces la propaganda: planes educativos, medios de comunicación, redes sociales, tertulias políticas, series, películas, etc. Como si fueran diferentes…

10 Comentarios

  1. Esos respetables, sesudos,
    Esos respetables, sesudos, leídos, intelectualmente aseados profesores, eran inasequibles a las refutaciones teóricas y empíricas del socialismo. Yo también les padecí, pero sin respeto alguno.
    La democracia es un sistema para elegir el color de la urna con el que te van a golpear para que pagues y obedezcas, no para decidir si tienen o no derecho a su extorsión.
    La política gestiona lo común, lo público, lo social, gracias al monopolio de la violencia del Estado y con una visión intervencionista de la sociedad.
    Los políticos son socialistas porque su negociado es lo social y dan por sentados los impuestos y la intervención del mercado, y ya puestos la intervención en todo lo demás.
    Todos los políticos se pasan mi derecho a la vida, a mi propiedad y a no ser violentado-coaccionado, por el forro de sus intereses, por lo que ni me molesto en graduar su mezquindad.
    Ahora bien, si quieres consenso en que los de Podemos, en concreto, son malísimos, pues de acuerdo.

    • Pues estamos de acuerdo
      Pues estamos de acuerdo entonces.

  2. Sencillamente, no existe una
    Sencillamente, no existe una tercera vía ética entre respetar al prójimo y no hacerlo. El respeto a medias no es una categoría axiológica. No se es más o menos liberal en función de la coacción que se admita: tolerar en lo teórico la mínima coacción nos sitúa sin remedio en el antiliberalismo.

    La descripción del mundo sensible precisa de todos los matices y gradaciones posibles, pero en el terreno de las definiciones abstractas “tertium non datur”. Habida cuenta de que socialismo se debe definir como cualquier agresión sistemática al individuo o toda conculcación de la soberanía individual, no se define positivamente sino negando el concepto primario y definido: la libertad. Por tanto, no se puede ser más o menos liberal, sino más o menos no liberal o socialista. Tercero excluido, no cabe una tercera vía: se es liberal o socialista y sólo el socialismo se puede cuantificar; no así el liberalismo, que nada más admite una interpretación no negociable o dosificable: el absoluto y radical respeto al individuo.

    Por consiguiente, el problema no estriba en que el espectro ideológico se haya desplazado hacia el socialismo, sino en que es íntegra y necesariamente socialista. Y, no nos engañemos, una vez que se da por bueno el socialismo, lo lógico es ser comunista. Al igual que una vez se admite el Estado, lo coherente es preconizar el gobierno mundial. Etcétera. El deslizamiento deviene imperativo lógico.

    Lo que representa una flagrante contradicción es quedarse a medias sin una teoría que explique y sustente por qué exactamente en ese punto misterioso. ¿Por qué sólo un poquito de socialismo o sólo un poquito de Estado o sólo un poquito de democracia?

    Entonces, ¿cómo nos sorprende que los socialdemócratas no puedan plantar cara ideológica a los a más no poder desacreditados comunistas? Nadie manchado un mínimo por la política dispone en realidad de algún argumento solvente. Si soy comunista y me viene un socialdemócrata o un minarquista a darme lecciones, la respuesta la tengo fácil: “Pero tú de qué vas, pinfloi. Tú tampoco respetas la propiedad privada ni la soberanía individual, ¿o qué son si no los impuestos y el Estado?” Y chitón.

    • En cierta medida, coincido:
      En cierta medida, coincido: por eso creo que el liberalismo nunca podrá entrar en política ya que, en mi opinión, hablar de un partido liberal es una contradiccion. Nada que objetar desde un punto de vista teórico: la lógica aristotélica es implacable.

      Sin embargo, el mundo real es un poco más complejo: no podemos considerar que la libertad se respetaba por igual en la URSS y en Estados Unidos durante la Guerra Fría, por ejemplo (por mucho que ambos estados impedieran a todos sus individuos vivir en absoluta libertad).

      Un saludo.

    • Creo que coincidimos bastante
      Creo que coincidimos bastante. Mi comentario no es más que un desarrollo -llevado a mi terreno, eso sí- de tu atinado artículo.

      Pero como tal vez no me he expresado bien, insistiré: en modo alguno he tratado de equiparar regímenes tan obviamente dispares como el de la URRS y EEUU. Lo que sugiero es que convendría cambiar el enfoque. De un “en EEUU se respetaba mucho más la libertad que en la URRS” a “en la URRS se atacaba mucho más la libertad que en EEUU”. Parecen expresiones equivalentes pero no lo son. La segunda refleja mejor la realidad y apunta lo que todavía queda por avanzar.

      El problema de admitir un mínimo de algo malo es que ya no sabes donde parar. ¿Con qué autoridad se le puede pedir con una copita en la mano a un borracho que no beba? Sin embargo, cabe demostrar que un vaso de vino en las comidas resulta muy saludable. Sólo desde la pureza liberal, y llámame integrista, o cuando tengamos una teoría que explicite el mínimo de coacción necesaria (en mi opinión, misión imposible) se podrá argumentar contra el intervencionismo creciente y consiguiente eterna deriva hacia un comunismo redivivo.

      Saludos.

    • Me gusta el cambio de enfoque
      Me gusta el cambio de enfoque: me lo apunto.

      Gracias por los comentarios.

    • Berdonio, lo has dicho al
      Berdonio, lo has dicho al revés, melón: es el socialismo lo que se define en positivo (agresión sistemática contra el individuo) y la libertad en negativo (ausencia del concepto primario y definido: la coacción). Por tanto, ahí sonó la flauta, “no se puede ser más o menos liberal, sino más o menos no liberal o socialista”

      Con la libertad sucede como, por ejemplo, con la justicia. Son quimeras inexistentes y simples negaciones de conceptos primarios: la coacción y la injusticia (violación de la Ley Natural). Y en lógica algo no se puede negar más o menos, se niega y punto. Sin embargo, sí cabe una mayor o menor afirmación del concepto positivo, es decir, de la coacción o injusticia.

      En rigor, justicia y libertad carecen de entidad real, y perseguir tales fantasmas (sólo al alcance de Dios) ha dado alas a los peores totalitarismos, espoleados por mentiras como la “justicia social” o la irrestricta capacidad de acción.

      Por cierto, Berdonio, vaya nombre que te has puesto, ¿no lo encontraste más ridículo?

  3. Es imposible vender cubitos
    Es imposible vender cubitos de hielo a un eskimal. La gente compra socialismo porque desea vivir a costa de los demás. No es que sean buenos propagandistas, sino que sus rosquillas se venden solas. Las nuestras no las quiere nadie. No es que seamos malos comunicadores, sino que estamos vendiendo un producto que muy poca gente quiere.

    • No puedo estar más de acuerdo
      No puedo estar más de acuerdo: de ahí que todo sea socialdemocracia o algo peor.

      Pero creo que es cierto lo que dijo Ron Paul: «no necesitamos convencer al 51% del electorado». Si un porcentaje mucho menor está bien informado y se concentra en educar a otros, puede que la cosa mejore notablemente.

      Sigamos.

    • Anónimo:
      Anónimo:

      Que cada cual compre las rosquillas que quiera, en eso consiste el mercado libre. Ojalá el problema sólo fuera que prohibieran las nuestras, pero no: en el “mercado” político no se vende ninguna rosquilla ni siquiera envenenada, sólo se amenaza con males mayores.

      Es fácil desear ser el rey del mambo, y cosa distinta conseguirlo. Los tipos corrientes, la inmensa mayoría por definición, tenemos todas las papeletas para acabar pagando las cuentas de los listillos y deberíamos saberlo. Pienso que en general no somos tan idiotas ni tan faltos de escrúpulos como para creernos que podamos vivir a costa del resto (la célebre ficción de Bastiat), y menos que un sonriente político nos vaya a enseñar cómo hacerlo por nuestra cara bonita.

      No creo que la gente compre socialismo porque desee vivir a costa de los demás (si así fuera el desengaño sería inmediato). Lo “compra” porque sólo se le ofrece socialismo y siempre lo hace a la defensiva, por miedo al “otro” socialismo, a lo que se percibe como la amenaza socialista rival.

      En un mundo dominado por el enfrentamiento y la disputa, por la política en general, buscamos el cobijo del clan para no resultar demasiado dañados o víctimas, en este caso, de la encarnizada lucha por el presupuesto público. Nadie que no sea un político profesional puede ser tan ingenuo de esperar algún regalo o sinecura de la política por emitir un voto, pero sí que tememos, porque además es un riesgo muy real, lo que nos puedan quitar y tendemos a minimizar, equivocadamente o no, potenciales daños.

      En el “mercado” político no se vende ninguna rosquilla. Directamente se amenaza para obligar a optar por el supuesto mal menor.

      En definitiva, me parece un error esa visión pesimista. La gente no es parásita ni agresora por naturaleza, incapaz de aceptar un orden pacífico; no es ni tan tonta ni tan mala; sólo se defiende.


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