Skip to content

Son todos muy listos

Compartir

Share on facebook
Share on linkedin
Share on twitter
Share on pinterest
Share on email

Me admira la facilitad con la que la gente, a título personal o como miembros de instituciones o centros de estudio, es capaz de estimar las cifras de crecimiento de los países para dentro de uno, dos y hasta más años. El mundo es un sistema tremendamente complejo (no sólo complicado), interdependiente y en el que los cambios se producen y transmiten a velocidades supersónicas; la previsión de crecimiento es sólo un número, pero un número que resume millones de variables, cientos de miles de millones de decisiones, individuales y/o de grupos. Y aun así, lanzan la cifra, impertérritos y sin pudor, hasta incluyendo decimales, como un órdago intimidante que trata de convencernos de la omnipotencia de esos arcanos que sólo ellos conocen y en los que basan su sabiduría.

Pero el rey está desnudo. Y lo está porque, por mucho que nos dirijan, impongan o amordacen, nadie sabe qué va a pasar con el virus; ni con nuestra estructura productiva; ni con nuestras costumbres; ni con cómo van a reaccionar los políticos, los gurús financieros o los burócratas.

Incluso si el virus hubiese sido diseñado con detalle en un laboratorio, y la información se hubiese compartido con esos aprendices de brujo, no podrían prever ni el clima en cada punto del planeta, ni las medidas que, para controlarlo, vayan a tomar cientos de países distintos, miles de millones de personas diversas: su comportamiento, movimientos, o viajes… ni lo que se va a tardar en obtener una vacuna, ni su grado de efectividad inicial, ni la velocidad con la que se van a testar posibles tratamientos. Ni siquiera sabemos hasta dónde puede resistir la gente, su grado de fortaleza o el punto a partir del cual caeremos, como sociedad, en el desaliento… o en la euforia, cuando esto pase.

Por mucho que nos aleccionen, amordacen o impongan, nadie puede prever en qué medida va a cambiar nuestra concepción del mundo, nuestros intereses, nuestros gustos y nuestras costumbres (pautas de ahorro y de consumo, formas de relacionarnos y de trabajar etc.). Ni siquiera si esos gurús hubiesen hecho antes experimentos con humanos en circunstancias similares sabrían la respuesta.

Tampoco es posible prever qué empresas concretas, subsectores o sectores pueden ser los primeras en caer, y los efectos que su caída puede suponer para el resto, ni el estado en el que van a quedar las demás. ¿Se van a producir cuellos de botella en según qué sectores? ¿Cuánto se tardaría en capitalizarlos (con recursos reales disponibles, no papelitos)? ¿Estará disponible el capital para que eso ocurra o se destinará a otros objetivos? ¿Si hay cambios en las pautas de ahorro y de consumo, cuánto va a tardar nuestro tejido productivo en adaptarse y con qué recursos va a contar para hacerlo? ¿Dejarán los políticos y burócratas que eso ocurra, o seguirán manteniendo, como a zombis, los sectores pasados de moda?

Y es que desconocemos, también, las medidas que van a imponer nuestros políticos y burócratas, aunque tengamos claro por dónde van. Y, aunque tuviésemos certeza sobre el tipo de ayudas y su cuantía, estando como estamos en terreno desconocido, con niveles de deuda nunca vistos y tipos de interés en mínimos, nadie sabe muy bien cuáles son las consecuencias económicas más probables y en qué momento se podrían producir.

Y, por terminar, aunque podríamos seguir, desconocemos los mecanismos que el ingenio humano arbitrará para adaptarse y sobrevivir, como lleva haciendo miles de años, a estas nuevas circunstancias. Innovaciones que, alentadas por una necesidad perentoria, podrán ser más o menos revolucionarias.

Somos miles de millones de personas totalmente interdependientes. Basta un pequeño cambio en el punto más recóndito del sistema para que sus efectos se transmitan, a enorme velocidad, por el resto del planeta; no digamos nada si se trata de un suceso más grave: una vacuna, una innovación, un descubrimiento, un misil que se escapa, un asesinato, la quiebra de un banco, el cierre de una mina… o el pánico.

Todavía si estuviésemos en un momento tremendamente estable, en el que las costumbres aprendidas dirigiesen nuestras vidas sin salirse del carril, quizás entonces… pero no lo estamos. Y, por mucho que se empeñen, riesgo no es igual a incertidumbre. E incertidumbre, se mire donde se mire, es lo único que se ve. Aún así, estos brujos petulantes tienen la desfachatez de tomarnos el pelo haciendo predicciones, que incluyen decimales, y que hasta ellos saben que son falsas. Más que un farol parece un chiste… bastante malo, la verdad.

Aún no hay comentarios, ¡añada su voz abajo!


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más artículos

China, John Stuart Mill y las tierras raras

Si me preguntaran qué ejemplo actual representa mejor la teoría de la demanda recíproca del comercio internacional enunciada por el inglés John Stuart Mill, el del comercio de los elementos químico

Las inmatriculaciones

Dada la dependencia económica que mantiene la Iglesia Católica con el Estado, algo que plantea otro género de debate, no deben descartarse nuevas actuaciones del gobierno para intervenir su rico patrimonio inmobiliario.