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Su lado más hayekiano

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Acaso pudiera pensar el lector más despistado que la última publicación de Juan Ramón Rallo, Una Revolución Liberal para España, alejaba al Director del Instituto Juan de Mariana de las tesis que dieron a Hayek el Premio Nobel de Economía. Esto es, del título de la obra así como de gran parte de la misma, se desprende un espíritu libertador de ruptura con la opresión ejercida por el Estado a los ciudadanos.

Empero, Juan Ramón ha logrado sacar a relucir (y el lector se percatará según vaya avanzando en la lectura de la obra) su lado más hayekiano para demostrar, una vez más, que atesora no sólo una enorme capacidad de esfuerzo plasmado en cada capítulo con la investigación en profundidad de los diferentes sectores explicados, sino la enorme ambición intelectual de proponer una revolución evolutiva. Esto es, si me permiten el símil, Juan Ramón plantea, probablemente por primera vez en la historia del liberalismo, una transformación radical del modelo social en el que nos desenvolvemos sin que dicha transformación suponga una ruptura caótica, desordenada y funesta para la sociedad que participe de ella.

Esta es la mayor aportación intelectual que realiza a lo largo de la obra. Porque Juan Ramón Rallo sabe, y así lo demuestra, que aun cuando la ruptura radical con el modelo social actual pudiera ser pacífica y ordenada, sólo por el hecho de ser radical y forzada por elementos exógenos a la misma estaría abocado al fracaso. Porque es plenamente consciente de que las instituciones sociales necesarias para que el establecimiento de este Estado reducido no existen en su plenitud hoy en día. Pero que con una pausada y sosegada transición se pueden ir desarrollando y sedimentando para, una vez lograr un abultado Estado del 5% del PIB continuar su reducción hasta aquellas tareas cuyo orden centralizado y no comunitario (piénsese en la Defensa, por ejemplo) pudiera resultar más lógico que la devolución absoluta de los sectores a la sociedad.

Sin embargo, esta evolución social hayekiana de manera descentralizada y ordenada espontáneamente por el proceso de mercado (así como por la función empresarial individual) era rara vez sostenida sector por sector con el estudio del mercado, su comprensión y el análisis detallado de tendencias subyacentes que explotarían de realizarse la transición.

Piénsese en otros revolucionarios que a lo largo de la historia del pensamiento han aportado sus ideales sobre la utopía ansiada y han construido la manera de alcanzar la misma. Si cogemos el caso de los pensadores utópicos clásicos del siglo XIX (Bakunin, el primer Marx, Kropotkin, etc.) confiaban plenamente en que una vez removidas las incongruencias inherentes al sistema social dominante su utopía ordenaría de manera natural la sociedad. El problema que se encontraron estas ideas al ser llevadas a la práctica, en un curioso devenir de la historia, no fue de buenos incentivos existentes para lograr esa utopía. Fue un problema de malos incentivos que la transformaron en una distopía y que acabó mutilando el único experimento realizado a gran escala hasta la fecha: la Unión Soviética.

Juan Ramón, plenamente consciente del error tremendo que cometieron los pensadores utópicos al proponer la ruptura del modelo anterior, destrozando las instituciones sociales y coartando la libertad de las personas al transformar la esencia de las mismas, apela la mayor. No busca una verdadera revolución, el Juan Ramón que escribe la obra es plenamente evolucionista y consecuente con el orden de mercado. Veámoslo a través de tres capítulos de su magnífica obra donde tal confianza, exposición y desarrollo de las instituciones sociales queda totalmente reflejada y demostrada.

Educación

Hay dos factores que, en el tema educativo, Juan Ramón desarrolla con rigor y profundidad. En primer lugar, los problemas de accesibilidad al sistema educativo universal por el conjunto de los ciudadanos pertenecientes a la sociedad y, el segundo, los problemas de eficiencia existentes hoy en día en el sistema educativo y cómo una sociedad con instituciones sanas podría afrontarlos y superarlos.

En el análisis de la relación coste-precio del sistema educativo es donde se puede admirar el enorme esfuerzo intelectual que ha llevado a cabo Juan Ramón en esta obra. Además, denominador común de todos los capítulos.

Juan Ramón no deja al azar o a las meras conjeturas la estructura de costes de un centro educativo. No plantea cómo debería ser el margen bruto de un colegio, cuánto su beneficio operativo sobre las ventas o cuánto su resultado financiero. No. Juan Ramón baja a los datos, a la realidad actual del sistema educativo, y analiza partida de coste por partida de coste hasta averiguar: (i) cuál es la que ponderadamente tiene mayor importancia dentro de los gastos variables; (ii) qué parte de los gastos fijos es directizable, cuál minorable y cuál susceptible de ser eliminada; y (iii) cómo la estructura de costes se volvería mucho más flexible ante un cambio como el planteado en el libro.

De esta manera, y no quiero avanzar ni los estudios que menciona Juan Ramón ni sus conclusiones, observa que el coste productivo variable de un centro educativo muestra una correlación fuerte con el gasto en personal del centro. Así, junto a otras partidas bastante sencillas de eliminar y que en una estructura de demanda mucho más sensible al coste no tendrían sentido en el mercado (¿demandaría un padre que el colegio de su hijo amortizase el mobiliario a 2 años con el correspondiente incremento en precio o acudiría presto a un colegio con costes menores – precios menores – arbitrando por tanto cadenas de costes?). Por ello, no sólo propone por qué se abarataría el coste (al convertir al demandante precio-aceptante en consumidor soberano) si no que extiende la correlación al salario del profesorado en función de las rentas medias de la población (y, como éstas, flexible ante movimientos bruscos de los precios a nivel agregado). Con esto, Juan Ramón le da la vuelta de una manera magistral al debate demostrando con los datos que el acceso universal a la educación no sería impedido por precio.

Pero es que, para más inri, demuestra a través de los más especializados estudios en educación cómo el mantener un sistema educativo (y esto ya es a nivel de cultura occidental) propio de la Alemania del siglo XIX lastra la eficiencia del sistema, su adaptación al alumno y su porcentaje de éxito. Sistema educativo que sólo se mantiene en aquellas sociedades donde el Estado acapara un elevado porcentaje de la provisión de oferta educativa y regula el monto restante.

Sanidad y Seguridad Social

No quiero extender mi análisis de este apartado porque considero que la lectura del mismo – sobre todo ante un gasto presupuestario en sanidad que sólo puede ser creciente en el medio y largo plazo en España ante el envejecimiento y la extensión de servicios sanitarios a servicios de geriatría – es de vital importancia para los retos sociales que nos plantea el devenir de Europa. Puesto que no son meros retos presupuestarios que pudieran ser solventados por el más atroz de los recaudadores, el problema social subyacente al desequilibrio en esta partida de gasto no debe ser obviado.

Y Juan Ramón lo afronta con el mismo espíritu que afronta su tesis sobre el crecimiento económico y sobre la expansión crediticia: ahorro, ahorro, ahorro. Ahorro para la provisión de estos servicios, ahorro preventivo, ahorro comunal. A través de las páginas – y el análisis de las propiedades mancomunadas es brillante desde un punto de vista jurídico con toda la exposición de la institución de comunidad de bienes romana y su funcionamiento, así como desde un punto de vista histórico, detallando cómo así se preveían estos avatares vitales antes de que el Estado corrompiera esta institución –.

Pero el trabajo que vuelve a realizar Juan Ramón al respecto de la inflación de costes ante la falta de sensibilidad de la demanda (apoyado en diversos estudios de mercado sanitario en Estados Unidos) es colosal para llegar a la misma conclusión que la que previamente pergeñamos en el apartado educativo: el consumidor debe volver a ser soberano con su sanidad y el presupuesto que gestiona para la misma.

Justicia

Esta es quizás una de las propuestas sorprendentes de Juan Ramón. No sólo sorprende porque no pretenda privatizar la función estatal de justicia por entero (algo que entiendo se solaparía con su sistema asistencial en el Estado del 5% por lo que, bajo su modelo teórico-práctico, vuelve a la justicia pública inútil a mi entender), si no que sorprende porque la propuesta de Juan Ramón no es que sea novedosa. No es que sea un reciclaje de propuestas de los mejores pensadores austríacos o de Adam Smith. No.

Juan Ramón concibe la idea de justicia como una idea redentora, como mecanismo de resolución (y evitación) de conflictos con el fin de resarcir al dañado. Y porque la función resarcitoria es vital para el ideal de justicia de Juan Ramón le deja a las partes que deben quedar gratificadas por el resultado jurídico la elección del sistema de justicia. ¡Como hacían los mercaderes de los gremios medievales acudiendo a árbitros o los mediadores de derecho marítimo mercantil de la época fenicia!

Es algo que – y sé que es por falta de espacio en el texto – Juan Ramón no ha podido desarrollar. Pero es plenamente consciente de que la profunda especialización que a pasos agigantados está posibilitando la siguiente fase de división del trabajo (la masiva implantación tecnológica que se avecina y ya vivimos) hace inviable que la justicia siga siendo pública, homologada y homogénea como lo es a día de hoy.

La especialización que los jueces y los demás funcionarios de justicia tienen acabará siendo menor que la de las partes. La asimetría de la información, tan manida por los círculos interventores, se producirá no interpartes si no en desfavor del órgano juzgador. Eventos que ya suceden y provocan que cada vez más contratos sometan a las partes a la jurisdicción arbitral acabará por extenderse de manera paulatina al conjunto social. No es más que esto (así como la transición) lo que Juan Ramón propone.

Este canto a la sociedad, a las instituciones pilares de la misma y al individuo libre, propietario individual y propietario mancomunado es mayúsculo, inédito hasta la fecha y revolucionario a nivel intelectual. Pero evolucionario a nivel social.

Porque Juan Ramón no busca denostar al individuo. No desconfía en él. Confía en la persona, en la sociedad, en los lazos comunales voluntarios y las instituciones que surjan de los mismos. En las herramientas sociales y libres de resolución de conflictos. Una Revolución Liberal para España deja un legado enorme a la sociedad española. Por ello, cómprenlo, difúndanlo, amplíen su contenido. Mejoren las propuestas y reflexionen sobre cómo fortalecer las instituciones que Juan Ramón plantea para que el Estado sea todavía menor y la coacción no sobrepase el 1%.

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