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Terrorismo en las sociedades abiertas

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A finales del siglo XI, los ejércitos de Hassan al Sabbah, un caudillo ismailita nizarí que luchaba contra los fatimitas egipcios, tomaron la fortaleza de Alamut, en las cercanías del Mar Caspio. El Viejo de la Montaña, como también se conocía a su líder, creo una red de bases en los que se adoctrinaba a jóvenes musulmanes a través de la educación y el uso del hachís. Los hashshashín, los asesinos, formaban unidades de soldados suicidas que buscaban y asesinaban a líderes musulmanes de toda condición, "corrompidos" por ideas desviadas, a plena luz del día y en lugares públicos. El terrorismo, como vemos, ha sido siempre un instrumento para hacer política, para propiciar cambios.

Sin embargo, ha sido a partir de la segunda mitad del siglo XIX, sobre todo durante el siglo XX y hasta la fecha, cuando el terrorismo ha pasado a ser una manera efectiva para alterar las sociedades. Paradójicamente, las sociedades libres se encuentran más expuestas a los efectos que pretenden provocar los terroristas, pero también tienen mayores recursos para luchar y terminar con ellos.

El terror es un instrumento relativamente efectivo para controlar las masas. Las facciones triunfantes en las grandes revoluciones europeas lo han usado invariablemente para escarmentar a aquellos que eran destronados o controlar y eliminar los que podían poner en duda su triunfo. El terror que Robespierre desató en la Francia revolucionaria –y que en la práctica terminó por encumbrar al dictador Napoleón en el trono de un imperio, no de una república– o las matanzas genocidas que los bolcheviques realizaron en Rusia son dos ejemplos de cómo el terrorismo no es exclusivo de grupos más o menos románticos o minoritarios, sino que es usado de manera sistemática por cualquiera que tenga o aspire al poder, desde un Estado a un grupo político, pasando por una simple mafia.

El terrorismo es ante todo un instrumento, no es un objetivo en sí mismo, aunque en muchos casos lo parezca. Es un elemento más efectivo en las sociedades libres porque sus efectos tienen mucho más alcance que en las que soportan un sistema totalitario debido a la facilidad con que la información se desplaza en las primeras. Además, en las sociedades libres el individuo es más importante que el colectivo, la tragedia que se deriva de un acto terrorista es independiente del número de afectados, es suficiente con que uno muera o resulte herido para que la sociedad reaccione, tanto para lo bueno como para lo malo.

Los efectos del terrorismo van mucho más allá del miedo. Los atentados del 11 de marzo en Madrid propiciaron el triunfo de José Luis Rodríguez Zapatero en las elecciones del 14 de marzo. El Gobierno socialista español ha tenido una actitud mucho más cercana hacia organizaciones como la banda terrorista ETA o a países que apoyan el terrorismo internacional como Irán, que gobiernos anteriores. Los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington consiguieron que la política antiterrorista del gobierno de George Bush se tornara mucho más restrictiva y, como consecuencia de ello, los movimientos entre países se volvieron más complicados, los derechos básicos de las personas sufrieron restricciones en aquellas sociedades donde precisamente se presumía de la libertad como un principio moral, todo ello justificado por la seguridad de los ciudadanos.

Este tipo de reacción es quizá uno de los principales éxitos de los terroristas, que las sociedades libres se tornen cada vez menos libres, que los derechos fundamentales vayan desapareciendo buscando una mayor seguridad. Llevado al extremo y canalizado por las políticas de educación pública, los mensajes de propaganda de aquellos que usan el terrorismo como un instrumento pueden calar en una población cada vez más atemorizada y mediatizada, pero sobre todo más desencantada, hasta que su apoyo es inequívoco. De nuevo la historia muestra ejemplos de cómo poblaciones enteras se entregan a ideas genocidas, tal es el caso de la Alemania que justificó y se entregó a Hitler durante más de una década. Muchos grupos terroristas se aprovechan de la libertad de expresión y de la representación política para conseguir poder. Esta situación es especialmente importante si quieren transmitir con efectividad su mensaje a una sociedad hasta el punto de que termine justificando la violencia que estos ejercen. Tal es el caso de la banda terrorista ETA, que organiza diversas instituciones de carácter civil y político para aprovecharse del sistema político español y autofinanciarse.

Este modo de proceder no es nuevo: ya lo utilizó la Internacional comunista cuando pasó de la Revolución a la creación de Frentes Nacionales. Los terroristas no dudan en encontrar aliados políticos cuando ello les conviene, pero sin olvidar que no deja de ser una situación circunstancial y que, una vez conseguido el poder, deberán ser eliminados. Los grupos terroristas tienen una concepción totalitaria del poder, no luchan por la libertad ni por el fin de una dictadura, luchan por hacerse con él.

El terrorismo no es, como muchos piensan, una reacción nacida de la pobreza de la sociedad que la sufre. El activo terrorismo vasco, el más dormido terrorismo catalán o el emergente gallego no son consecuencia de unas sociedades atrasadas, sino que surgen y se desarrollan en sociedades relativamente ricas y con instituciones económicas modernas. El terrorismo islámico es alentado por países y organizaciones con grandes recursos económicos. De hecho, si no fuera así, el alcance del terrorismo sería pequeño, local y con poca repercusión global, todo lo contrario de lo que buscan los criminales. La pobreza no deja de ser una justificación falsa alentada por la propaganda para dar cierta legitimidad a sus acciones, trampa en la que caen muchos, sobre todo los que aún piensan desde una perspectiva de la lucha de clases.

Las sociedades abiertas no deben caer en la trampa de dar legitimidad a los objetivos sociales y políticos de los terroristas. El terrorismo atenta directamente contra la vida, la propiedad y la libertad de las personas y lo hace de manera indiscriminada, ilegal e ilegítima. Pero una sociedad libre no debe olvidar que la seguridad no está por encima de la libertad; la lucha sin cuartel contra el terrorismo ni puede ni debe estar acompañada de una limitación de las libertades. Contra el terrorismo debemos luchar todos, los particulares y las instituciones públicas, civiles y políticas. La fuerza de los terroristas es en la mayoría de los casos el grado de aceptación popular en las sociedades donde se integran. Cuando los individuos rechazan el terrorismo, las bandas terroristas pierden uno de sus grandes pilares. No es el fin, pero se empieza a recorrer el camino que llevará a su desaparición.

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