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Tres características de la sociedad

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Hemos tenido un mes de marzo donde ha llovido tres veces lo que es habitual, siendo el más lluvioso desde que existen registros. No deja de ser una anécdota estadística, pero también lo fue aquel año hidrológico 2004-2005 especialmente seco, y eso no nos libró de los augurios catastrofistas de la entonces ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona. Al parecer, por aquel entonces nos encontrábamos a las puertas de una de las mayores sequías de la historia, agravada, por supuesto, por el terrible cambio climático. Ocho años después la sequía no ha terminado de llegar, y seguimos con nuestro acostumbrado clima de años secos, otros normales y alguno que otro húmedo.

Puede parecer que esto demuestra o deja de demostrar algo sobre el cambio climático o el catastrofismo ecologista en general, pero en realidad solo nos demuestra que los políticos mienten, y, lo que es más importante, que la gente solo les cree cuando sus mentiras concuerdan con sus prejuicios. Y por desgracia la tentación de creer que un fenómeno negativo es culpa de alguien, y que se puede solucionar perjudicando a ese alguien, es, hoy en día, demasiado irresistible para una parte de la sociedad.

La nueva moda entre los demagogos es hablar sobre el drama de los desahucios. Uno de los datos más repetidos es que en la actual crisis se han producido cerca de 400.000 desahucios. Por supuesto, una vez que se les replica con la cifra real de desahucios (25.000), la contrarréplica no se hace esperar: aunque sólo fuera uno, el drama sería igual de grave.

Lo cierto es que si fuera igual de grave no se manipularía dando cifras tan abultadas. Si lo hacen es porque saben que la única forma de tener impacto en la sociedad es convenciéndola de que cualquiera puede ser desahuciado o al menos vivir rodeado de desahuciados.

Es un comportamiento bastante curioso de personas que dicen ser defensoras de los débiles. Al parecer necesitan convencer al fuerte (la mayoría) de que está siendo atacado por el débil (la minoría) y por tanto, por medio del voto, aplastar al atacante pisoteando los pocos derechos que hasta ahora se les concedía.

Aunque no hay motivo para sorprenderse. Al fin y al cabo el famoso interés general se basa precisamente en eso. Así que de la misma forma que nadie protesta cuando se expropia un terreno para hacer una carretera, nadie lo hará cuando se expropie una casa para que el populacho esté tranquilo al acabar el telediario.

Fernando Díaz Villanueva, el que para mí es el mejor periodista del momento, cometió un pecado bastante grave el otro día: acusó a un socialista, en plena tertulia, de querer saldar su deuda con la sociedad con el dinero de los demás. O lo que es lo mismo: de querer quedarse con el dinero de los demás para satisfacer sus fines morales. Todo izquierdista quedó inmediatamente conmocionado y una buena parte del público de derechas consideró exagerada y excesivamente polémica tal acusación.

Lo cierto es que es algo tan obvio que a cualquier observador que no fuera de nuestra época le parecería asombrosa la reacción de los presentes. Para hacernos una idea es como si actualmente alguien se sorprendiera porque a un esclavista se le acusara de querer aprovecharse de otro ser humano para su propio beneficio.

Ahora vemos fácil decirle a un esclavista algo así, pero en la época en que los esclavistas formaban buena parte de la sociedad, y tenías que convivir con ellos, decir algo así te enfrentaba de forma directa y personal con demasiada gente. Y el conflicto no le gusta a casi nadie.

Por eso es tan necesario que exista gente como Fernando Díaz Villanueva. Razonar, dialogar y explicar es muy necesario, pero también es imprescindible que alguien empiece de decir la verdad tal cual es: los impuestos a la renta son un robo al que genera riqueza, el Estado de bienestar se basa en obligar a las personas a financiar unos servicios sin importar si desean hacerlo o no, y todo aquel que esté a favor de la llamada redistribución de la riqueza en realidad es una persona que quiere quitarle el dinero a la gente simple y llanamente porque la fuerza bruta de la mayoría se lo permite.

Al 90% de la sociedad le sonará fatal, y tacharán al que lo diga de radical, de sectario o hasta de loco las primeras mil veces que ose decirlo. Pero de la misma forma que la sociedad se acostumbra a la mentira, se puede acostumbrar a la verdad. Para ello sólo se necesita, nada más y nada menos, que repetir la verdad tantas veces como se repita la mentira.

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