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¡Un hurra por los especuladores!

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He de admitir que me produce cierto orgullo tener el mismo nombre que el que llevó el primer especulador del que tenemos noticias escritas. José, el más inteligente de los hijos de Israel, vendido como esclavo por la envidia de sus hermanos a los que luego magnánimamente perdonaría, labró su fortuna en Egipto especulando, interpretando los sueños de vacas gordas y vacas flacas del Faraón. José sugirió acumular trigo en los periodos de abundancia en previsión de las carestías que luego habrían de venir. Fue así como Egipto se libró de la hambruna: comprando barato para acumular en tiempos de abundancia y desacumulando para la venta al consumo en los periodos de altos precios sinónimos de escasez.

Cuatro mil años más tarde, un necio (literalmente: el que ignora lo que debería saber) criminal llamado V.I. Lenin fundaba la Cheka (iniciales del Comisariado extraordinario para la represión de la contrarrevolución, la especulación y el sabotaje). Al poco, cuando la previsible hambruna azotó Rusia, el irresponsable tirano se justificaba así: “En la esfera del avituallamiento (…) es preciso confesar que no hemos sabido repartir igualmente nuestros recursos a pesar de ser superiores al año pasado. No supimos prever los peligros de la crisis que nos esperaba en la primavera y nos dejamos llevar a aumentar la ración a los obreros hambrientos. En esto también, es preciso decirlo, carecíamos de base para nuestros cálculos. En todos los países capitalistas, a pesar de la anarquía y el caos inherentes al capitalismo, la base del plan económico es una experiencia de decenas de años, experiencia que puede servir para todos los países capitalistas, puesto que tienen el mismo régimen económico. Esta comparación puede llevar a una ley verdaderamente científica, a un cierto método, a una cierta regularidad. No teníamos nada semejante para nuestros cálculos y es muy natural que cuando tuvimos la posibilidad de dar un poco más a la población hambrienta, no hayamos sabido guardar la justa medida”. cita del Informe sobre la situación interior y exterior de la URSS presentado al X Congreso del Partido Comunista Ruso en marzo de 1.921 reproducido en Fernando de los Ríos: “Mi viaje a la Rusia Sovietista”, ed. Fundación Pablo Iglesias.

Lenin seguía sin enterarse de que cálculo económico capitalista no tiene nada que ver con la “costumbre”. Se explica sencillamente a través del mecanismo de los precios y la especulación. De este modo las cosechas abundantes hacen caer el precio. El precio reducido permite un aumento en el consumo, pero también atrae a los especuladores que constituyen sus reservas. La demanda de los especuladores no sólo tiene el efecto de constituir reservas para épocas más difíciles. Su demanda sirve de soporte y freno a la caída de precios, evitando con ello la bancarrota y el abandono de muchos productores que de este modo podrán seguir abasteciendo los mercados futuros. Cuando la abundancia se torna escasez y el precio aumenta, reaparecen en el mercado los excedentes retirados que ahora son vendidos a un precio superior. Los mercados se estabilizan. Los precios ya no se disparan ante cualquier eventualidad. Es la fábula de la cigarra y la hormiga que tan nervioso parece poner a más de uno.

Seguro que algunos especuladores se equivocarán comprando caro para luego tener que vender barato, reforzando con ello la inestabilidad. Lo bueno es que el mercado será implacable con ellos castigándolos más que a nadie y en primer lugar. Habrán de soportar en sus carnes y en sus patrimonios la totalidad de la pérdida de su especulación. La especulación es un arte: el arte de la previsión, tal y como nos advierte la propia etimología latina de la palabra. Que la especulación haya sido históricamente denostada (junto a la libertad individual o el espíritu comercial) al mismo tiempo por marxistas, anarco-comunistas nazis, falangistas y fascistas sólo la convierte en una actividad todavía más noble.

No soy tan ingenuo como para ignorar que la especulación en ocasiones puede tener efectos desestabilizadores. Pero ya sea en los casos de mercados de divisas, atesoramiento de moneda o materias primas o burbujas en inmuebles o valores, la especulación descontrolada resulta siempre ser síntoma antes que verdadera causa de las enfermedades del sistema económico. Si hurgamos un poco, detrás siempre encontraremos lo mismo: finanzas públicas deterioradas por gastos públicos y déficit desorbitados, inflación galopante, persecución de la propiedad y de los mecanismos más idóneos para preservar el patrimonio o apalancamiento excesivo a corto plazo para financiar las operaciones.

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