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Un virrey liberal en el siglo XVII

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La teoría política aprendida en Salamanca ofrecía un modelo de estado opuesto al absolutismo.

Es muy probable que, si viera estas líneas, diese un respingo de sorpresa el venerable Palafox (como ha sido conocido durante siglos), obispo de Puebla, Visitador y Virrey en México (Nueva España) con Felipe IV y el Conde Duque de Olivares. Todos sabemos que no es adecuado adscribir categorías de nuestro tiempo a épocas pasadas; pero me disculparán esta concesión como recurso literario.

Y es que, leyendo este verano una interesantísima biografía suya, me pareció muy adecuado compartir con ustedes ese titular. El libro es la traducción al español de la Tesis Doctoral en Historia Moderna de Cayetana Álvarez de Toledo (CAdeT), una joven y nada convencional política española del Partido Popular, responsable también del área internacional de su Fundación FAES. No es frecuente encontrarse con este perfil académico entre nuestros diputados: alumna de John Elliott, cursó sus estudios de licenciatura y doctorado en Oxford. Aunque la conocía por su presencia en los medios, pude tratar con ella más cercanamente en otro entorno: la celebración del V Centenario de otro virrey (ahora del Perú), don Francisco de Toledo, hijo de los condes de Oropesa y pariente de ese linaje de la Casa de Alba tan bien conocido (aunque por diversas razones) en la España del siglo XVI como en la actualidad.

El virrey Toledo, como santa Teresa, nació en 1515; efemérides que está celebrando con enorme entusiasmo la bonita villa de Oropesa, con su imponente castillo y Palacio (Parador Nacional) en las faldas meridionales de Gredos. Allí invitaron a nuestra doctora para hablar sobre su antepasado, pronunciando una muy interesante reflexión sobre el sentido de la Historia, el papel de los hombres de gobierno y su responsabilidad, o esa prudencia que antes refería de no juzgar el pasado con criterios modernos. Pero no era éste el motivo de mi Análisis, de manera que permitan que vuelva al virrey de Nueva España.

Don Juan de Palafox y Mendoza (1600-1659) fue uno de los muchísimos servidores de la monarquía católica en la época de los Austrias que, sin habérselo planteado, abrazó el estado eclesiástico para tener una mayor disponibilidad en los asuntos de gobierno. Luego resultó ser un buen obispo en Puebla de los Ángeles, muy querido por la población nativa de su diócesis, hasta el punto de abrirse un proceso de canonización apenas veinte años después de su muerte. La Causa se aceptó en Roma a comienzos del siglo XVIII (por eso lo de venerable), pero estuvo “paralizada” -por causas que no veremos aquí- hasta que en 2011 el papa Benedicto XVI firmó el decreto de su beatificación.

De origen aragonés, se educó en la Universidad de Salamanca (todavía con el magisterio de los grandes Doctores que conocen bien nuestros lectores), lo que “le ofreció la posibilidad de conocer y participar en los grandes debates intelectuales de su época, empezando por el que más preocupaba a los políticos… el debate sobre la forma de gobierno más apropiada para una entidad política compuesta como la Monarquía española”. Y aunque también entonces empezaban a difundirse las doctrinas de la razón de estado, el arbitrismo pragmático y un incipiente absolutismo de influencia francesa, parece que Palafox se formó todavía en esa vieja corriente escolástica del derecho natural y los límites del poder que aprendió de Juan Márquez, Francisco Suárez o Juan de Mariana.

Es por eso que podemos leer su mayor cercanía con aquellos “europeos que defendían los principios del consentimiento y del gobierno consultivo”. La teoría política aprendida en Salamanca ofrecía un modelo de estado opuesto al absolutismo: “significaba que la autoridad real no venía por ordenación directa; aunque el poder del soberano se derivara de lo Alto, primero era mediado por la comunidad y, bajo ciertas circunstancias adversas, podría revertir a sus raíces comunitarias”. Se trata de esa postura, que ya hemos comentado en estos Análisis, sobre un proceso de consentimiento voluntario en la renuncia a ciertas libertades, aunque no definitivo: “si el gobernante intentaba violar la ley natural, sus súbditos podían oponerle resistencia activa”.

Ahora bien, esa cercanía de Palafox con el pensamiento escolástico no significaba que defendiera la resistencia al soberano. Al contrario, CAdeT advierte que para el Obispo “ningún grado de tiranía podía justificar la sedición”. Postura, a mi juicio, complicada de mantener por una persona que viajó a Nueva España precisamente para controlar los excesos de un Virrey prepotente. De hecho, Palafox se encontró en la tesitura de tener que enfrentarse con todo su coraje contra la máxima autoridad delegada de la Corona en México, precisamente por su abuso del poder (“aunque su poder viniera de Dios, el soberano no podía utilizarlo de manera arbitraria, caprichosa… sino que estaba obligado a actuar con prudencia, mesura y dentro de los límites impuestos por la razón y la ley natural”). La historia, muy entretenida, de ese formidable pulso pueden leerla en el libro que les cito.

Tal vez podemos concluir que la solución de Palafox era una propuesta (quizás demasiado bienintencionada) de responsabilidad moral: lo que tenía que hacer el Rey sería no dar a los súbditos pretextos para cuestionar su autoridad. Esta idea enlaza con otra característica muy interesante de Palafox: su origen aragonés, plasmado en esa imagen del árbol de Sobrarbe (junto al que los nobles cedieron una parte de su autoridad al soberano, “conservando el resto para el caso de que el monarca no acatara sus fueros o incumpliera sus obligaciones”). Interesante cuestión esta del pactismo, en la semana en que unas elecciones de Cataluña ponen a España ante el falso reto de la independencia: no creo que fuera esa precisamente la postura del obispo y virrey don Juan de Palafox, ilustre defensor de “una Monarquía española compuesta, transatlántica y pactista”.

1 Comentario

  1. Alguien que es obispo y
    Alguien que es obispo y virrey denota que no hay consideración alguna que no se supedite al poder.

    Calzarle la etiqueta de «liberal», más que una licencia, es una guasa.


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