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Una radiografía de la justicia redistributiva

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Agotado un tanto el filón de la telebasura "fabricada", las televisiones parecen haberse puesto de acuerdo en elaborar programas de telebasura "revelada", por usar las categorías taxonómicas del profesor Gustavo Bueno. En el primer caso estarían programas como Gran Hermano o similares, y en el segundo los espacios de testimonio o, simplemente, los retratos costumbristas realizados con pretensiones documentales por un periodista y un cámara. Uno de estos últimos casos es el programa Callejeros de la cadena Cuatro, cuyo visionado aconsejo a todos aquellos que aún dudan de la perversión intrínseca del llamado Estado del bienestar.

Dos ejemplos. El primero es el de un anciano que malvive en un cuchitril del barrio del Raval en Barcelona, cuya única forma de supervivencia es la pensión de cuatrocientos euros que el Estado paga a todas aquellas personas que no han cotizado al sistema público en toda su vida. Interrogado por las causas de su estado de necesidad, el anciano relata a la cámara que en toda su vida no hizo otra cosa que actuar, esporádicamente, en tablaos flamencos. Y lo pasaba muy bien, venga taca-taca-taca-taca y arsa y olé. Nunca ahorró ni un euro ni se le pasó por la cabeza destinar una parte de sus ingresos para cuando sus articulaciones ya no le permitieran bailar zapateados. El resultado es el normal en estos casos, malvivir con una pensión y sufrir toda clase de penalidades, con más motivo aún cuando no existe una familia a la que recurrir. ¿Debemos sentir pena por este señor, que es lo que parece que el reportaje quería provocar en el espectador, con imágenes dramáticas y lágrimas furtivas cayendo por el rostro del personaje? ¿O debemos, por el contrario, convenir en que el drama de este anciano se debe únicamente a su entera responsabilidad?

Segundo ejemplo. En un barrio de Madrid, un edificio entero está habitado por vecinos de la etnia gitana. Durante el reportaje, la periodista entrevista a varios adolescentes, ninguno de los cuales acude al colegio. En su lugar, la mayoría de ellos se dedica al lucrativo negocio del robo de motocicletas. Incluso detallan a la cámara cómo hacen para cambiar las matrículas y evitar la detención de la policía. Los más mayores se dedican a otros negocios más interesantes, como atestigua la clientela que acude a los aledaños del edificio a comprar la mercancía que ofrecen. En algunas viviendas hay mucha gente hacinada y, en otras, el programa recoge testimonios de jóvenes casaderas que quieren independizarse. Quieren, en pocas palabras, que el Gobierno les dé una casita para irse a vivir con sus churumbeles y su marido. La periodista (recuerden, de la Cuatro), que después de varios meses escuchando la misma retórica parece haber empezado a poner en cuestión la moralidad de que unos deban financiar a otros lo que no quieren obtener por la vía del trabajo y el esfuerzo, pregunta a una de las entrevistadas:

– Los gitanos siempre pedís viviendas. ¿Por qué no las compráis como hace todo el mundo.
– Porque… porque no tengo con qué – zanja la interfecta.

En las calles que rodean al edificio, entre montones de basura sin recoger, aparecen perfectamente aparcados varios vehículos de superlujo.

Estos son algunos resultados de la redistribución de riqueza por el estado: el subsidiar a los vagos a costa de la gente productiva. ¿Cuál de estas actitudes vitales resulta incentivada por este estado de cosas? La respuesta es tan obvia que incluso el ministro Caldera podría responderla a poco que se concentre.

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