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Universitarios… ¿emprendedores?

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Uno de los tópicos más al uso cuando se habla de desarrollar la economía y generar riqueza es el de destacar el papel que desempeñan la formación y, más en concreto, la universidad. Se tiende a pensar que son necesarias buenas universidades para que la economía se desarrolle, y, por tanto, la formación de alto nivel debe de ser una prioridad en la agenda económica de los gobiernos.

Y, sin embargo, cuando uno mira alrededor, se encuentra con que la mayor parte de los emprendedores no son universitarios; es más, la mayor parte de los principales emprendedores de nuestro tiempo no pasaron por la universidad o, si lo hicieron, no concluyeron sus estudios.

Sin hacer un estudio exhaustivo, ni Bill Gates (Microsoft), Steve Jobs (Apple) o Mark Zuckerberg (Facebook) tienen un título universitario. Más cerca de nosotros, Ramón Areces (El Corte Inglés) o Amancio Ortega (Inditex) no visitaron las universidades hasta que fueron a contar sus historias de éxito. El arquetipo de emprendedor lo constituye el empleado que empieza como ascensorista o botones, y termina dirigiendo la empresa.

No parece que la preparación universitaria sea un requerimiento para ser emprendedor. Es más, la breve evidencia empírica aportada parece apuntar en la dirección contraria. Y quizá esta aparente contradicción podría tener explicación en la teoría económica austriaca. En concreto, en el concepto de conocimiento empresarial (entrepreneurial knowledge).  

Es difícil definir con precisión este concepto, pero constituye el punto de partida del proceso de emprendimiento. Es la típica «idea feliz», algo que de repente se le ocurre al individuo. Por ejemplo, la idea de Steve Jobs de comercializar el iPhone es conocimiento empresarial.

Huerta de Soto lo define en base a seis características básicas:

  1. Es subjetivo y práctico, no científico.
  2. Es exclusivo, solo se le ocurre al actor.
  3. Está disperso por las mentes de todos los individuos; cada individuo tiende a descubrir la información que le interesa, sobre lo que le preocupa.
  4. Es tácito, no estructurado. El actor sabe cómo hacer algunas acciones, pero normalmente no identifica sus elementos o si son ciertos.
  5. Se crea de la nada, precisamente a través del emprendimiento; no se puede buscar sistemáticamente.
  6. Se puede transmitir a través de procesos sociales complejos, normalmente de forma inconsciente y no sistemática.

Como se observa, son características prácticamente opuestas a las del que podríamos llamar «conocimiento universitario», el que adquieren los estudiantes durante sus años de carrera. El conocimiento universitario tiende a ser científico y teórico; es común a todos los receptores (aunque el grado de comprensión y su interpretación varía de unos individuos a otros); es estructurado; se puede obtener sistemáticamente (mediante la investigación o la deducción) y se transmite de forma consciente, por ejemplo, en las clases.

Del puro conocimiento universitario, no salen ideas para los negocios. Aunque también es cierto que dicho conocimiento enriquecerá al individuo, permitiéndole la creación de conocimiento empresarial en ámbitos que previamente no le eran alcanzables.

Así pues, son compatibles el conocimiento universitario y el conocimiento empresarial. El problema es el coste de oportunidad que supone la adquisición del primero, y que dificulta a los universitarios la obtención del segundo. En efecto, la formación universitaria exige unos cuantos años de nuestras vidas, y un grado de ocupación importante en las mismas para obtener el codiciado título. Durante ese tiempo, la atención del individuo se dirige, normalmente, a sus estudios (bueno, y a otros aspectos de su vida social…).

Esto no significa que no esté generando «conocimiento empresarial». Pero se está generando sobre aquello que preocupa al individuo en ese momento: cómo aprobar las asignaturas, cómo soslayar la vigilancia del profesor en ese examen tan difícil, qué hacer la noche del viernes o cómo conseguir la atención de la chica o chico de enfrente.

Mientras tanto, el recadero de los almacenes «El Encanto», el sastre de batas para bebé, el programador de instituto y el ascensorista están aprendiendo de su negocio. Están generando el conocimiento empresarial que a ellos les preocupa y que será el fértil suelo del que surgirán ideas para cambiar la forma en que las empresas hacen negocios. Y para ello no se necesita ninguna preparación especial, más que atención e imaginación.

Son como los niños que montan en bicicleta. Ninguno de ellos es capaz de explicar por qué la bici no se cae cuando da pedales y sí cuando deja de darlos. Pero saben dar pedales y saben que si dan, llegarán a su destino. Un universitario será capaz de explicar (espero) el movimiento y estabilidad de la bicicleta aplicando las leyes físicas que tan duramente ha estudiado. Pero sería terrible que uno no pudiera montar en bici sin conocer dichas bases teóricas: ¿quién podría montar en bici antes de los 20 años?

Así pues, no nos engañemos. Los emprendedores no salen de la universidad; la creación de riqueza no tiene allí sus mimbres. De la universidad salen instrumentos de gran productividad, pero que siguen necesitando la orientación del emprendedor para ser útiles. Es más, el tiempo que los universitarios invierten en formarse lo pierden de conocer las necesidades de la gente y de emprender. En fin, la historia demuestra que son compatibles la pobreza de un país y la alta cualificación de sus universitarios.

En resumen, la enseñanza universitaria no es la solución para que un país salga de la crisis y comience a crear riqueza. Menos aún, cuando dicha enseñanza es pública y ni siquiera viene guiada por las necesidades del mercado. De la crisis no nos sacarán ni universitarios ni políticos. Habrá que buscar en otro sitio.

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