Skip to content

Vista al frente

Compartir

Compartir en facebook
Compartir en linkedin
Compartir en twitter
Compartir en pinterest
Compartir en email

Leemos a liberales afirmando que las ideas colectivistas son compatibles con la libertad o que se pueden defender posiciones contrarias al libre mercado y la propiedad privada.

Vivimos en el mundo libre más abatido de la historia. No hablamos de debilidad militar e institucional, de flaqueza económica o financiera, sino de destrucción moral. Un viento del este que desde la caída del muro de Berlín ha ido infectando universidades, a intelectuales, y ha terminado entrando en lo más profundo del pensamiento colectivo. El relativismo es el pan nuestro de cada día, y sostener posiciones férreas sobre temas conflictivos, es poco menos que un ejercicio propio de reaccionarios y dictadores en potencia. Hace falta tener una mente abierta que no se cuestione nada más allá de criticar lo propio, y que crea que lo ajeno siempre es positivo, pacífico e injustamente estigmatizado. Aunque quiera cortarnos el cuello.

Todo es bueno, todo correcto, aceptable. No existe el bien y el mal, dado que son posiciones filosóficas inalcanzables por la razón, y es mejor asumir que “no pasa nada si no hace daño a otros”. No hay afirmación más deleznable, más vacía de contenido y -sobre todo- tan terrible como la que, por desgracia, se puede escuchar con cierta habitualidad en los juzgados: esta es mi verdad. Como si existiera más de una.

Los liberales no escapamos de este influjo; nostra culpa. El marxismo cultural que convierte mentira en verdad, suposición en certeza e ideología en ley, también ha copado organizaciones e influido en pensadores. Está prohibido prohibir, como si esa afirmación sesentayochista no fuera una contradictio in terminis. Por eso, sin maldad pero no por ello excusa, leemos a liberales afirmando que las ideas colectivistas son compatibles con la libertad. Que se pueden defender posiciones contrarias al libre mercado y la propiedad privada, siempre y cuando no se monten checas para llevarlo a cabo. Pero al socialismo hay que llamarlo por su nombre, y hay que ser consciente de los millones de muertos que ha causado, afirmando sin rubor que es el cáncer intelectual de la humanidad. No hablamos de prohibir organizaciones que no nos gusten o de perseguir violentamente. Nada de eso, pero sí de oponernos sin tibiezas a la mentira. No debemos ni podemos aceptar todos los puntos de vista si no nos afectan de forma coactiva, porque los pensadores de hoy crearán los cachorros colectivistas del mañana.

Hay que señalar a los enemigos de la libertad, y ser conscientes en todo momento de que sus postulados sólo pueden llevarse a cabo con la destrucción de nuestros derechos. Hay que ganar la batalla de las ideas con rigor y honradez, no con concesiones ni buenismos. No existe otra vía.

Porque como dijo el gran Burke, hay un límite más allá del cual la tolerancia deja de ser una virtud. 

3 Comentarios

  1. ¿Cursi? Pero si el artículo
    ¿Cursi? Pero si el artículo no puede ser más políticamente incorrecto… Lo cursi es defender el buenismo, el igualitarismo, el multiculturalismo y todos esos «ismos» que nos hacen la convivencia cada más insorportable.

    Bravo, Bódalo: brillante. Y valiente.

  2. Es muy difícil para la
    Es muy difícil para la población común entender la responsabilidad que acarrea el liberalismo , es más fácil ,postular la igualdad, la cooperación y populismo. De allí que entienda a los liberales que explican que el ser liberal no está en contra de la igualdad ,etc…Quizás pueda ser el comienzo del que ciudadano de a pie entienda que la riqueza de las naciones parte de allí….


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más artículos

La final del mundial

Esta gente no ha entendido que Milei no es Núñez Feijóo, sino un tipo que ha derrotado a los Kirchner (de Argentina, no los de La Moncloa).

El pesimismo de Pareto, y cómo combatir esa fatal enfermedad

Pareto fue un liberal clásico muy importante. Se dedicó a la escritura política, defendiendo con pasión el laissez-faire y oponiéndose a cualquier intervención gubernamental, tanto a los subsidios plutocráticos como a la legislación social y el socialismo proletario.