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1619, un nuevo 1984

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La esclavitud es anterior a la historia, sus orígenes se pierden en la nebulosa del pasado sin relato.

El diario The New York Times ha comenzado un proyecto con nombre de cuarto centenario: 1619. Es el año en el que entraron los primeros esclavos a las colonias británicas en el continente. El proyecto busca reinterpretar la historia de los Estados Unidos como si toda ella estuviese marcada por la “peculiar institución”, como se le llamaba a la esclavitud en aquellas tierras. “Ningún aspecto que haya tenido lugar en el país ha quedado incólume a los años de esclavitud que siguieron” a ese año, dice la web que alberga el plan.

Todo, comenzando por la democracia. Un ensayo escrito por Nikole Hannah-Jones, dice que los ideales plasmados en la Declaración de la Independencia y la Constitución de los Estados Unidos son falsos, pues están transidos por la violencia entre lo que expresan (“todos los hombres son creados iguales” y “están dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables”), y la realidad de una servidumbre, cruel en muchas ocasiones, en la que se llegaron a encontrar doce millones de personas secuestradas y esclavizadas.

La libertad económica, o como prefiere llamarlo Matthew Desmond, el “capitalismo”, es otra institución contaminada por la esclavitud. Es más, la economía de los Estados Unidos de hoy es consecuencia, y sólo puede serlo, de cómo se explotaba el algodón en varios Estados del sur del país.

Y se siguen así, ensayo tras ensayo, los mensajes que 1619 inculcará en las conciencias de los urbanitas progresistas de los Estados Unidos. La esclavitud tenía una base pseudocientífica en unas diferencias entre razas que hoy defienden cuatro gatos, a los que Linda Villarosa otorga un papel decisivo en la cultura del país. El sistema político se fundó sobre el supuesto de que sólo ciertas personas tienen derecho a ocupar el poder, dice Jamelle Bouie. La música negra estaba prohibida, y hoy todos la roban. No hay sanidad universal por las injustas políticas impuestas tras la Guerra entre los Estados.

The New York Times no está solo. Colabora en el proyecto el Centro Pulitzer (CP), que no sólo premia a periodistas que han alcanzado fama gracias a sus grandiosas fabulaciones, sino que tiene un proyecto educativo, en el que filtra a los periodistas en las aulas. El CP ha desarrollado un curriculum sobre la base de los ensayos del proyecto, que le permitirán al profesor intoxicar a los alumnos con todas estas ideas.

El liberalismo, o si me lo permiten la civilización, había desnudado a las personas de sus características físicas, y le había otorgado un valor estrictamente moral. Las caprichosas combinaciones del ADN, los lentos pero imprevisibles juegos de la evolución, hacen que la especie humana sea una en sus características esenciales, pero tan variada como el número de personas que hayan existido. Esa variedad sin término nos hace iguales, pues no hay un criterio que sirva para igualar a dos personas. El hecho de ser distinto a todos los demás es, pues, común e igual para todos. Y esa individualidad, hasta que llegue la clonación, nos hace dignos. Consecuencia de todo ello es la igual dignidad moral de las personas que, insisto, es uno de los grandes hallazgos de la civilización.

Eso no se entiende así en la redacción del New York Times. Así, Nikole Hannah-Jones no ejerce de periodista, sino de periodista-mujer-negra. De modo que sus análisis sobre las mujeres y sobre la realidad histórica o social de los negros en los Estados Unidos tienen valor, diga lo que diga, mientras que otras personas que sean de otra raza no pueden aportar nada de valor. Por eso los autores de los ensayos con los que comienza el proyecto no son representativos de la distribución de razas en el país, en la ciudad de Nueva York o en la redacción del NYT. El racismo como criterio para dilucidar lo verdadero de lo falso es la última gran contribución del progresismo a la historia de la infamia.

Es la consecuencia lógica de asumir, como en cualquier diario socialdemócrata (qué vieja se ha quedado esa palabra), que lo personal es político. Si es así, la condición racial, el sexo, la edad, son argumentos más poderosos que la obra intelectual o política de quien los posee.

Así las cosas, no extrañará que en los ensayos que cimentan el proyecto orwelliano que busca reescribir la historia de los Estados Unidos contengan gruesos errores, que han sido señalados por especialistas en los temas. Si bien son tan gruesos que pasan fácilmente el control periodístico del New York Times, pero sumergen ante lo que pueda observar un recién licenciado en historia.

Vamos con la cuestión de la esclavitud. Leyendo los ensayos del 1619 parece que la esclavitud fuese una institución que pertenece esencialmente a los Estados Unidos, salvando el grosero error de considerar las colonias británicas como la misma realidad política de aquél país, que se independizó en 1776.

La esclavitud es anterior a la historia, sus orígenes se pierden en la nebulosa del pasado sin relato, y ha acompañado al hombre principalmente como botín de guerra. Remitió lenta pero inexorablemente de Europa por la influencia del cristianismo. Las sociedades islámicas, sin embargo, mantuvieron vivo el comercio de esclavos, pero lo que le dio el golpe de gracia fue el capitalismo. El trabajo esclavo, muy poco productivo, no puede competir con el trabajo libre. Y coincidiendo con la emergencia histórica del capitalismo se fue eliminando país por país… con la excepción de los Estados Unidos.

Por eso se convirtió allí en una “peculiar institución”. Pero también en los Estados Unidos daba signos de agotamiento, y los representantes diplomáticos de los confederados aceptaron ante las exigencias de Francia y Gran Bretaña acabar con la esclavitud si les ofrecían su apoyo en la guerra contra el gobierno de Abraham Lincoln.

Los principios asentados en la Declaración de Independencia, escritos por un un hombre que poseía esclavos, han inspirado a varias generaciones de estadounidenses para acabar con la presencia de esclavos en la sociedad. Nikole Hannah-Jones confunde de nuevo la persona con las ideas.

Miente cuando dice que lo que motivó la guerra de la independencia fue el intento de los poderosos dentro de las colonias de mantener la esclavitud. Es una idea que no se sostiene en ninguna prueba.

¿Por qué se encamina el New York Times en un intento de diseminar una grosera mentira histórica por todo el país? Por el fracaso de la gran conspiración rusa. El gran argumento que iba a arruinar la presidencia de Donald Trump e iba a cimentar su recusación (impeachment) se ha quedado en nada. Sólo queda obligar a la sociedad estadounidense a que asuma que las próximas elecciones no se debaten entre Trump y unos candidatos que están a la izquierda de la izquierda estadounidense, sino que ha de entenderse como una oposición entre el racismo de Donald Trump y el del New York Times. Y dejar claro que el lema Make America Great Again no tiene sentido, porque su historia nunca fue grande, y porque su historia está marcada, curiosamente, por el gran argumento político del NYT contra Trump.

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