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20 de noviembre

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Son muchos los males aún que aquejan a una gran parte de la humanidad. ¿Qué no sufrirán los más desvalidos entre los más pobres? Pero tenemos que reconocer si miramos a las últimas décadas, éstos problemas no solo no han empeorado, sino que han remitido de forma ciertamente espectacular.

El último Informe de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas no tenía más remedio que reconocer que si bien el 40,4 por ciento de la humanidad en 1981 vivía con un dólar o menos al día, el porcentaje había caído en 2001 a la mitad, hasta el 20,7 por ciento. Y todo ello en dólares constantes, es decir, con el mismo poder de compra. La pobreza ha remitido en las dos últimas décadas, de la mano del avance de la globalización. Y los problemas básicos de los niños en el mundo son los mismos de la pobreza. La proporción de personas desnutridas ha caído del 29 por ciento de la población mundial en 1980 al 18 por ciento en 1996. En 1970, después de una mejora secular, todavía el 11 por ciento de los recién nacidos en los países en desarrollo morían antes de cumplir un año. En 1995 el porcentaje había caído a menos de la mitad, y ha seguido reduciéndose.

El trabajo ha sido parte de la infancia en toda la historia de la humanidad. En contra de lo que se cree, la novedad no es el trabajo infantil, sino su progresiva erradicación, que se ha producido según se ha ido extendiendo el capitalismo. El campo, la ganadería, la artesanía; los oficios de los padres han sido el lugar de trabajo de los hijos desde que han adquirido las primeras capacidades. La cicatería de la economía preindustrial hacía que los niños dependieran para su manutención, en parte, de su pobre aportación. Cuando las condiciones sociales han permitido la inversión nacional y foránea, cuando han llegado los capitales de fuera y han permitido un temprano desarrollo industrial en una sociedad aún predominantemente pobre, se han abierto nuevas oportunidades de trabajo al margen de la economía artesanal y agropecuaria tradicional. Un trabajo menos duro y con mayores remuneraciones. Las multinacionales, que se denigran desde la mala conciencia de occidente (a no ser que se vayan con viento fresco, entonces las criticamos por dejar de explotarnos), están bien vistas en los países en desarrollo, según una encuesta de hace dos años.

Pero el trabajo no es el estado ideal de la infancia. Y la prueba es que cuando han tenido recursos suficientes, los padres les han liberado de esa carga y la han cambiado por la de las mochilas. El trabajo infantil se ha ido reduciendo en los países capitalistas hasta prácticamente desaparecer. Dos de los mayores expertos en trabajo infantil, Eric V. Edmonds y Nina Pavcnik, han observado en un artículo llamado Child Labor in the Global Economy, que “el trabajo infantil parece ser casi por completo una cuestión de pobreza. No diría que solo de pobreza, pero tiene mucho que ver con la pobreza”. Estos expertos observaron en otro estudio la evolución del trabajo infantil en Vietnam en una época en la que abandonaba a marchas forzadas su economía cerrada y controlada para incorporarla al comercio mundial, con apertura de comercio y reformas económicas. De 1993 a 1998, cuando se hizo el estudio, la economía vietnamita obtuvo un crecimiento medio del 9 por ciento. En esos cinco años el trabajo infantil cayó nada menos que un 30 por ciento. Los autores observaron que “el trabajo infantil no parece variar con el gasto per capita hasta que las familias puedan cumplir con sus necesidades alimenticias; y entonces cae de forma dramática”.

No olvidemos los 20 de noviembre que la situación de los más pequeños entre los más pobres sigue siendo desesperada. Pero tampoco olvidemos que la pobreza remite en el mundo gracias al capitalismo. Los problemas de la infancia en el mundo son los de los más pobres, así que no hagamos caso a sus enemigos.

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