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Bush y los principios

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Ellos tienen un mercado laboral más flexible que los europeos, en general, y su nivel de impuestos es algo menor. Si roban menos de lo que uno produce y el entorno en el que uno desarrolla su carrera profesional se parece más a un mercado libre allí que aquí, no nos debe extrañar que creen más empleo.

Bush dio ese dato en un discurso pronunciado el pasado sábado. En él lanzó dos ideas muy importantes y sugerentes, pero de las que el propio presidente poco tiene que presumir. Por un lado reconoció que si quiere mantener la prosperidad del país tiene que recortar los gastos públicos, y para ello propone que se otorguen nuevos poderes al presidente para poder paralizar las partidas que considere innecesarias, sin tener que recurrir al veto. Encomiable, pero la propuesta proviene del presidente con el que más ha aumentado el gasto público desde Johnson, y uno de los más generosos con lo ajeno de toda la historia de los Estados Unidos. Y no se ha estrenado en el uso del veto, una prerrogativa a la que Reagan recurrió muchas veces para poder recortar el gasto. La mera amenaza del veto le serviría para negociar con Congreso y Senado y poder así reducir lo que considere innecesario. La suya es una propuesta cara a la galería, no exenta de hipocresía, aunque si sale adelante habría que darle la bienvenida.

La otra idea ha sido una constante en toda su presidencia: para asegurar la paz hay que extender la prosperidad y los lazos comunes entre las naciones, creados por una malla de acuerdos voluntarios en el comercio internacional. Tampoco aquí tiene mucho de qué presumir. Ha dejado a un lado los acuerdos multilaterales. Prefiere multiplicar los bilaterales, en los que ha estampado su firma un número de veces sin precedentes. Quizá la estrategia sea correcta, los grandes acuerdos multilaterales son difíciles y avanzan muy lentamente, aunque cualquier mejora afecta a todos. Los firmados entre dos países, o un número limitado de ellos, son más fáciles de alcanzar. Pero Bush es mucho menos proclive al libre comercio que lo que dice ser. Cedió ante la presión de los grupos de presión en el acero, lo hizo de nuevo con la madera procedente de Canadá, y dio en 2001 un histórico paso atrás en el camino emprendido en 1996 hacia una mayor liberalización del comercio agrícola, aumentando las ayudas que se habían reducido cinco años antes. Su discurso es intachable. Sus realizaciones le desmienten.

Bush todavía puede presumir de los datos de empleo y crecimiento económico, que son buenos en parte por la creciente integración económica mundial y por su rebaja de impuestos. Pero su presidencia se le escapa sin haber sido un verdadero impulsor del libre comercio entre las sociedades de diversos países, sin su mil veces anunciada reforma de la seguridad social, sin la reforma fiscal, sin haber avanzado en lo que llamó sociedad de propietarios. Es pronto para ver el porqué de todo ello. Pero la explicación que me parece más convincente es que a él le faltan convicciones suficientes para llevar adelante las reformas que él mismo ha propuesto. Es verdad que se ha encontrado con una bancada demócrata excepcionalmente sectaria, hasta niveles difíciles de comparar con otros momentos históricos. Pero da la impresión de que su insistencia en los principios y su elocuencia para explicarlos no tienen el respaldo de la fuerza que sólo otorga el impulso de la convicción.

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