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Bye, bye, dólar

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Y todo ello con comentarios entre el odio y el desprecio por nuestra sociedad racista, compuesta por viejas que leen el rosario, aficionados a los toros y a la tortilla de patatas, familias arrancadas apenas hace una o dos décadas del agro, con sus atávicos reclamos tradicionalistas. Inadaptados a la vida moderna o a la cultura refinada.

Candidatos, a lo sumo, a despertar las sonrisas de los lectores del National Geographic. ¿No sería absolutamente risible? Si tuviésemos la oportunidad de hablar con el periodista ruritano, nos moveríamos entre la necesidad de explicarle un par de cosas y la constatación de que, sea lo que fuere lo que le digamos, está tan imbuído en la ignorancia, tan carcomido por el odio, tan cegado por los prejuicios que no lograremos más que disgustos. La del periodista ruritano es una caricatura.

Pero, en vez de cruel, resulta benévola cuando la comparamos muchas personas que nos cruzamos en la vida personal o en los medios de comunicación, y que son una legión de ignorantes que hablan, ellos sí, con un arsenal de odio y desde un abismo de ignorancia, sobre los Estados Unidos. Cualquiera que se haya tomado un mínimo de interés por conocerlo, que no lo mire abrasado por los peores sentimientos y que no le tenga alergia a los libros de historia, sólo puede reírse de buena gana, si es que sabe vencer la indignación, de todos estos.

Antiamericanismo es el nombre que algunos han puesto a esa combinación única entre el desprecio por desconocimiento, el odio por ideología, todo bien envuelto en toneladas de pereza mental que se encuentra en cada esquina, en cuanto alguien pronuncia el nombre de los Estados Unidos. Su atrevimiento se desmoronaría con un mínimo de interés por conocer aquél país. O con un tenue recuerdo de lo que es el rubor, que sería suficiente para enrojecerles de vergüenza si fueran conscientes de su situación. ¿Es que no hay razones para criticar ciertos aspectos de ese país, de su historia, de su política? Las hay, son incontables y crecen día a día. Yo no hablo de los Estados Unidos. Hablo de cientos de miles de españoles, quizá millones, que han hecho del odio a aquél país parte de su esquema mental. Para mí, este fenómeno sigue siendo un misterio.

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