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De expectativas y engaños

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¿Por qué la economía norteamericana parecía recuperarse con mayor vigor? ¿Acaso por la política monetaria más agresiva? ¿Por sus estímulos fiscales? ¿O será por su mayor flexibilidad y libertad de empresa? Responder a esta pregunta resulta ciertamente complicado sin recurrir a la teoría económica.

No obstante, hay casos interesantes que merecen la pena analizarse, y que pueden dar bastante luz para rechazar ciertas ideas.

La falacia en la que me detengo es una que pudo ser utilizada por los defensores del Gobierno español para negar públicamente la crisis económica. Dejando de lado la razón principal para hacerlo –la presencia de elecciones–, los más "sofisticados" podían pensar de la siguiente manera: "no podemos dar mensajes de alarma y crisis, puesto que ello generaría expectativas negativas en la población, lo que deprimiría el consumo y por tanto la economía en general, elevando el desempleo".

Con este argumento de corte tan keynesiano, y con un fundamento bastante endeble, se podía justificar el engaño y la manipulación de la población española. No en vano, estoy seguro de que parte de los economistas suscribirían este razonamiento por aquella época.

Sin pretender formular una crítica exhaustiva contra un argumento tan falaz como el de que la victoria en el Mundial nos sacará de la crisis, sí conviene al menos señalar sus errores más flagrantes. Y es que los riesgos de la economía española en 2007 y principios de 2008 parecían reducirse a un problema psicológico de expectativas. No importaba que hubiéramos sustentado nuestro crecimiento (artificial) en la expansión del crédito y la deuda exterior (con un déficit por cuenta corriente anual del 10% de nuestro PIB), o que tuviéramos un sector constructor e inmobiliario hipertrofiado en relación al resto de la economía. Lo que temían era que los españoles regresaran a la sensatez, poniendo fin a unas expectativas totalmente infundadas y finiquitando el boom artificial (e insostenible) de consumo e inversión en el que estábamos inmersos. En otras palabras, se buscaba perpetuar el engaño masivo que suponen las burbujas de crédito.

En contra de sus deseos, la crisis –proceso que supone el inicio de la vuelta a una estructura productiva con bases sólidas– golpeó a la economía española con virulencia, a pesar de los engañosos mensajes de que todo estaba bien.

Hoy, pues, podemos constatar el absoluto fracaso de la política informativa del Gobierno, al menos en la parte que presuntamente buscaba reanimar la economía. Al problema ético de engañar a los ciudadanos, se une la pérdida de credibilidad y confianza que inevitablemente se ha ganado la Administración Zapatero. No sólo eso, sino que de haber mantenido otra actitud, el ajuste de la economía española –en especial el necesario ajuste a la baja de los precios de las viviendas– podría haberse producido con mayor celeridad.

Conviene constatar una vez más lo erróneo de algunas de las ideas keynesianas que han servido de respaldo teórico para los políticos y que bien podrían estar conduciéndonos a un prolongado período de estancamiento.

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