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El apasionante mundo del tunning

Publicado en Libertad Digital

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Aznar se construyó una pista en La Moncloa, los ayuntamientos del PP construyeron varios miles más para que los contribuyentes jugaran los sábados a políticos y las raquetas de paddle tenían que reponerse a diario en las secciones de deportes de las grandes superficies.

Los progresistas van más a lo bestia, aunque forzoso es reconocer que en lo tocante al ejercicio físico demuestran mayor inteligencia que sus rivales políticos. En lugar de desriñonarse corriendo estúpidamente detrás de una pelota que rebota hasta en la pared trasera de la pista y te puede golpear traicioneramente hasta en el mismísimo centro de la retaguardia, ellos prefieren el tunning, que es algo como más del pueblo.

Pero como en todo hay clases, los políticos progresistas no cogen un utilitario desvencijado para convertirlo en un lamborghini cateto, con un tigre dibujado en el capó y unos altavoces como los que lleva en sus giras Pink Floyd, para que los otros conductores escuchen cómodamente a ochocientos metros a la redonda el último éxito de Camela. Los dirigentes progresistas, como Gallardón, prefieren tunear lo que tienen más a mano, que es el coche oficial. Benach, a la sazón presidente del parlamento catalán, se ha hecho colocar en su supercochazo unas pocholadas de lo más útil para alguien cuya producción intelectual no se detiene ni cuando hace el trayecto desde su casa al lugar de trabajo. Ahora dice que va a retirar los artefactos instalados, pero quizás sería mejor que lo dejara estar, porque retirar los accesorios probablemente cueste bastante más que la instalación y los cacharros propiamente dichos. Touriño en cambio, más sedentario, ha decidido tunear su residencia, en cuyo salón seguramente habrá instalado un buen par de subwoofers, que es lo que según el Neng de Castefa no debe faltar en ningún habitáculo moderno.

Preguntado José Blanco por el particular, afirma que se trata de pura demagogia y que, en todo caso, los políticos españoles ganan mucho menos que sus colegas europeos. Sólo él debe saber qué coño tiene que ver una cosa con otra, porque la comparación no es pertinente. Lo correcto, si a eso vamos, sería cotejar el sueldo actual de, por ejemplo, el mismo José Blanco y Benach, con lo que percibirían si no se dedicaran a la política. Un estudiante de primero de derecho y un barrendero de la bonita ciudad de Reus, seguramente ganan algo menos que un diputado con un alto cargo orgánico en un partido nacional y un presidente de un parlamento autonómico. ¿Están ambos dispuestos a ejercer su vocación política cobrando lo mismo que en la vida civil? Esta es la pregunta que deberían responder en lugar de dar lecciones de moral a los contribuyentes haciéndose pasar por víctimas.

Laureano López Rodó tenía una grabadora en casa en la que dictaba cartas por las noches para adelantar trabajo en el ministerio. Cuando fue cesado, con los follones del traslado, la grabadora se quedó en su casa, por lo que avisó al ministerio de que enviaran a alguien a recogerla. Como quiera que, pese a su insistencia, nadie venía a retirarla, él mismo se presentó una mañana a devolverla, exigiendo el oportuno recibo. El hombre más poderoso de la España del desarrollo se jubiló poco más que como cualquier otro funcionario. En la actualidad, al concejal de urbanismo de la aldea más recóndita de nuestra piel de toro le bastan dos años en el cargo para retirarse a vivir de las rentas.

Ya sé que desde el 78 está prohibido hablar de los políticos del franquismo, salvo para tacharlos de asesinos y corruptos. Pero la realidad en cuanto al decoro de los hombres públicos de antes y ahora es precisamente la que ejemplifican los casos de López Rodó y Ernest Benach. Y al que le moleste…

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