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El colapso del dólar

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En concreto, que seamos un colectivo al que nadie hace mucho caso porque no molesta al Poder o que la opinión de quienes defendemos una red alejada todo lo posible de las manazas de los políticos sea escuchada y atendida.

Como bien dijera el maestro Carlos Rodríguez Braun, en nuestro querido Estado del Bienestar "la redistribución no es de ricos a pobres sino de grupos desorganizados a grupos organizados". Sólo que este hecho no se limita a las transferencias económicas. Hemos pasado de ser un Estado de Derecho en el que todos somos iguales ante la ley a volver al Antiguo Régimen en la que se conceden diversos fueros y privilegios que ponen a unos encima de otros. En este caso, a artistas de la ceja por encima de usted y de mí, que cometemos el grave pecado de usar internet en lugar de ir al cine o ver la tele a recibir nuestra ración diaria de soma.

Zapatero nunca se ha preocupado por nosotros. Le basta con tener la máquina de la propaganda lo suficientemente bien engrasada para poder ocupar la poltrona el tiempo suficiente para modelar la sociedad a su antojo. Los estragos de la crisis sólo le quitarán el sueño si logran hacer olvidar a suficientes personas lo mala que es la derecha y lo buenos que son ellos, los progresistas. Y para eso ni siquiera le hace falta que los artistas se manifiesten a su favor o en contra del PP, que lo mismo le da. Basta con que hagan su trabajo, como nos recordó Borja Prieto. Mientras en las pantallas los malos sean curas, las familias estén rotas y los republicanos se transformen en inocentes demócratas, todo irá bien.

Así pues, Zapatero les dará lo que les pida. A no ser que en esa pantalla rectangular en la que basa toda su acción política aparezca un grupo de personas protestando ante los nuevos y los viejos fueros, contra el canon de siempre y el nuevo, ese que pagaremos los internautas, usuarios de móvil y esas televisiones que están naciendo ahora y que de prosperar permitirían romper con ese oligopolio de telediarios de izquierdas o, como mucho, que no molestan. Y sólo lo conseguirá una concentración lo suficientemente numerosa. Los números totales no importan. Sólo existen tres grandes categorías de manifestaciones: las que todos ignoran porque reúnen a tres gatos, aquellas con la gente suficiente como para poder decidir si se informa sobre ellas pero no tantas como para que resulte obligado y ese grupo selecto de movilizaciones que no se pueden ignorar y que hay que tratar de ridiculizar o neutralizar.

Los internautas nos hemos quedado hasta ahora quietecitos delante de nuestro ordenador, que es justo donde nos querían mantener. Desgraciadamente, en este sistema que sólo cambia a base de ruido en las calles, debemos demostrar que somos un grupo organizado que puede suponer un problema en plena campaña electoral. Vendrán partidos, o no, pero eso es lo de menos. Es la sociedad la que debe defenderse de los intentos por fiscalizarnos, tratarnos como culpables al margen de lo que hagamos, espiarnos para ver si cometemos el pecado –que lo es, y mortal– de descargarnos cine español.

Es posible que no lo consigamos. Pero es nuestro deber intentarlo. Allí nos veremos.

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Wilhelm Röpke es un economista con una gran erudición y diálogo interdisciplinario, como historia, derecho y sociología. Sus investigaciones son una referencia y modelo para la ciencia económica, una ciencia muy empobrecida en las últimas décadas por paradigmas mecanicistas y matematizantes, tan atacadas por Röpke ya en su época.