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El gandulazo

Publicado en Libertad Digital

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Cuando trabajaba en el campo me llamaba poderosamente la atención el gandul de mi pueblo. Sólo aparecía por los rastrojos los días en que había huelga, encabezando el piquete de semovientes defensores de la clase obrera y el coñac 103, que recorría las fincas amedrentando a los que estábamos en el tajo. El tío era (y es) más flojo que la mierda de pavo, pero esos días se dejaba la piel amenazando a los que íbamos a trabajar a escondidas. Se metía tanto en su papel que había momentos en que lloraba, señores, lloraba seguramente dolido por nuestra insolidaridad. Pasada la huelga se metía un mondadientes "king size" en un espacio interdental cualquiera y volvía a su rutina habitual, calentando las sillas de los bares cercanos a su casa en riguroso orden de proximidad.

El gandul endémico, el vago metafísico y el haragán contumaz, forman un arquetipo antropológico que en la España de ZP está llamado a alcanzar su máximo esplendor. Es lo suyo cuando el país lo dirige un señor que hasta la fecha no ha experimentado la sensación que el diccionario de la Real Academia define con el verbo trabajar. Una prueba cercana la tenemos en Alhama de Murcia. Espoleado por el ejemplo presidencial, el gandulazo oficial responsable de esa demarcación se ha convertido en el principal analista del desarrollo económico de la zona. Su experiencia es un aval incuestionable. Es tanta su aversión hacia el trabajo productivo, que detecta inmediatamente a las empresas portadoras del terrible virus. A estos efectos, es como el chimpancé que avisa al resto del grupo con sus gritos cuando se acerca un depredador. Con él al frente de la manada no hay peligro de que el capitalismo amenace la paz espiritual de los alhameños. Este hombre está llamado a los más altos destinos. No me extrañaría nada que en las próximas elecciones se convirtiera en alcalde por el PSOE.

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