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El Tesoro agujerea su bolsillo

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El presunto experto en economía ofrece sus recomendaciones, que a menudo se presentan como exigencias ineludibles: tal sector debe reducir su tamaño (la construcción, las finanzas), y tal otro sector debe ser ayudado a crecer (las energías renovables, todo lo relacionado con tecnología, investigación y desarrollo). Se apoya el intervencionismo estatal al mismo tiempo que con total desfachatez se pretende que vivimos en una economía de libre mercado (que además se asegura fue el causante de la crisis por no estar adecuadamente vigilado por el Estado).

El planificador que quiera aparentar seriedad y profundidad intelectual propondrá una gestión científica de su plan de intervención: será necesario fijar objetivos y plazos, establecer métricas y controles de cumplimiento, coordinar esfuerzos para que las distintas subtareas del plan sean complementarias y consistentes. El ingeniero social da recomendaciones u órdenes a otros pero rara vez tiene la iniciativa de lanzar un proyecto empresarial propio que aproveche su presuntamente vasto conocimiento y las oportunidades de negocio de la crisis y así corregir los problemas de la situación anterior. Y normalmente se olvida mencionar que el "impulso" estatal para un determinado sector siempre se produce a costa de otros ámbitos sociales y violando los derechos de propiedad de los ciudadanos sobre sus posesiones.

Este abuso de la ciencia económica es muy común y no parece que vaya a dejar de producirse a corto plazo dados los paradigmas dominantes. La mayor parte de los economistas desconocen los problemas de fundamentación epistemológica de su disciplina, y tampoco conocen las diferencias entre el economista y el empresario, entre el conocimiento teórico, abstracto, objetivo y articulado y el conocimiento práctico, concreto, subjetivo y no articulado que permite el funcionamiento de los mercados. Tratan la economía como un problema de física o de ingeniería cuando es en realidad un problema de biología, de evolución, de adaptación, de cognición, de coordinación.

Los gobernantes no suelen hacer mucho caso al economista que les dice que las sociedades son órdenes espontáneos complejos imposibles de diseñar intencionalmente, y que la coacción legal y la ingeniería social no funcionan y son destructivas. El político quiere parecer alguien que hace algo para resolver los problemas, es incapaz de reconocer que es el causante de esos mismos problemas y que la auténtica solución está en que se quite de en medio. No suelen dejar que el sistema se ajuste a sí mismo mediante la flexibilidad de precios, la libertad contractual, la quiebra y liquidación de los proyectos fracasados y la acumulación de beneficios para los exitosos. Dedicarse solamente a gestionar lo auténticamente colectivo y a garantizar la seguridad jurídica no es compatible con sus ambiciones de poder sin límites.

Son los auténticos empresarios quienes lanzan propuestas de modificación del sistema económico, arriesgando sus propios recursos (más los de quienes hayan confiado en ellos) e intentando predecir las preferencias de los consumidores, quienes con sus decisiones últimas de compra, ahorro o inversión son los auténticos soberanos.

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