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España ante la relocalización

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Los costes laborales son allí más bajos. Los impuestos, también, mientras que la protección de la propiedad privada no es necesariamente menor. El capital acude a países que todavía son pobres, con sueldos que no han alcanzado los del primer mundo. Ese capital hace el trabajo más productivo, y la diferencia entre productividad y coste laboral revierte en beneficios para la empresa.

Pero los salarios no pueden quedarse permanentemente relegados tras la productividad, porque están determinados por ella a largo plazo. No hay más que acercarse a la evolución de los costes laborales en Europa para darse cuenta: crecieron de 1996 a 2002 en la República Checa un 11,6 por ciento de media, un 11,7 por ciento en Estonia, un 14,3 por ciento en Lituania, un 10,2 en Rumania o un 9,9 en Polonia. La llegada de capital a esos países les está haciendo más ricos, y los trabajadores son capaces de generar mayores rentas. Además, los consumidores de todos los países pueden acceder a más bienes más baratos gracias a todo ello. Tan positivo es este proceso que la izquierda no deja de criticarlo. Embarrada en su discurso de que este mundo cada vez más abierto va a peor, toda buena noticia para los pobres es una mala noticia para la izquierda.

En el fondo, cómo se beneficien los pobres del mundo por la incorporación de sus sociedades al capitalismo global les trae el fresco. "¿Qué pasa con los trabajos que se destruyen aquí?", se preguntan. Es una pregunta legítima, todo hay que decirlo. La preocupación porque el cierre de determinadas fábricas o el desmantelamiento de sectores enteros cree un desempleo permanente es tan viejo como poco fundamentado. Parte de la idea de que la riqueza está fija, y que cualquier aumento en un punto del mundo creará una carencia en otro. Si tiras de la manta hacia un lado, el contrario quedará descubierto.

Pero esa idea es perfectamente absurda. La escasez nunca desaparece; siempre hay necesidades por cubrir. Y puesto que podemos llegar a ellas simplemente haciendo más productivo el trabajo, éste jamás será sobreabundante; nunca quedarán bolsas de trabajo permanentemente sobrantes, porque siempre nos quedarán necesidades que podremos satisfacer empleándolo. El capital es el que marca la frontera entre los deseos que podemos cumplir y los que aún no están a nuestro alcance.

¿Y qué tiene que ver eso con España? Que los países ricos tienden a perder los puestos de trabajo menos productivos, y se concentran en reorientar la fuerza laboral en aquellos empleos más elaborados, más complejos y en los que la tecnología es más moderna. España, por fortuna, no puede ya competir con salarios bajos, pero podría hacerlo, siguiendo el ejemplo de Irlanda, en la apuesta por la tecnología y el capital humano.

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