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Estonia y Adam Smith

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Quizá no la haya nunca, pero sí hay ciertas cosas que parecemos saber. Nos las ha señalado, entre otras experiencias de éxito, la del pequeño país báltico de Estonia. Recientemente ha aprobado su adhesión a la Constitución Europea, sin duda una mala noticia. Mala, porque lo que le ha otorgado un éxito con pocos precedentes es exactamente lo contrario de lo que pretende el infumable texto de Giscard d’Estaing: una apuesta decidida y sin compromisos por la libertad económica.

El índice de la Heritage Foundation, que la mide, coloca a Estonia como el séptimo país que más libertad permite a sus ciudadanos. En 1992 eliminó los aranceles y prácticamente todas las barreras no arancelarias al comercio. Su primer ministro entonces, Mart Laar, abrazó el comercio como la vía a la prosperidad, y ha rechazado expresamente las ayudas al desarrollo. Sus empresas se han hecho más efectivas para poder competir en un mundo abierto, y ellas han convertido a la Estonia en una economía moderna y competitiva.

Dos años más tarde se introdujo un sistema fiscal con un tipo marginal único que se mantiene en el 26 por ciento (en Georgia es del 12); es fácil y barato de cumplimentar y recaudar; evita el fraude y es lo suficientemente moderado como para no desincentivar en exceso el trabajo, el ahorro y la producción. Además se ha recortado el gasto público y llevado a cabo un ambicioso programa de privatizaciones, que deja en manos privadas el 70 por ciento del PIB.

No podemos dejar a un lado el esfuerzo de Mart Laar por hacer funcionar lo más parecido a un reloj el sistema judicial, ya que a su juicio "no puede haber economía de mercado ni democracia sin leyes, derechos de propiedad claros y un sistema judicial que funcione". El resultado es una de las sociedades más progresivas y libres del mundo; espero que la UE no le atenace.

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