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Eurobonos, un viejo amor que no se olvida

Publicado en Libertad Digital

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Llevan con lo de los eurobonos desde hace por lo menos tres años. Aquí, donde eso de anteponer euro a cualquier cosa con intención de ennoblecerla nos encanta, parece estar todo el mundo a favor de ellos. Los políticos porque saben de qué va el tema y les interesa tenerlos en la mano cuanto antes. La gente normal porque si lleva como prefijo el palabro “euro” es que seguro que se trata de algo bueno. Pues no, no lo es, al menos para la gente normal, trabajadora y productiva que pasa las de Caín para llegar a fin de mes y dedica medio año a deslomarse para que Montoro reparta suerte entre los sátrapas autonómicos.

Un eurobono es lo mismo que un bono soberano normal pero con la garantía de todos los Estados de la eurozona. Eso son palabras mayores. Los politicastros del sur podrían endeudarse sin límite colocando como avalistas a los contribuyentes alemanes y holandeses. A los Rajoyes, los Rubalcabas y los Cayoslara se les hace la boca agua. Podrían reinflar la burbuja crediticia y gastar a manos llenas durante un par de legislaturas. Podrían seguir creando clientelas, financiando Marinaledas, levantando estaciones de AVE en los páramos y, ya que están en el gasto, contratar a otro millón de empleados públicos, que tres millones son pocos y hay que garantizar las “conquistas del Estado del Bienestar”.

Nunca reconocerán que ese crédito regalado a instancias del BCE, ese chorro de millones que entró de prestado en España durante los primeros años de la década pasada es el que, en primera instancia, nos condujo a este drama. Eso no lo van a reconocer jamás porque la crisis, ya se sabe, es cosa de la codicia de los empresarios y la recodicia de los defraudadores fiscales, que quieren hurtar con arteras mentiras lo que es de Hacienda y de nadie más.

Los eurobonos les permitirían hacer todo eso, pero, claro, para poder meter la mano en el bolsillo del contribuyente alemán hace falta que, previamente, los amos y señores de este último les dejen hacerlo. Zapatero y Salgado lo pidieron insistentemente en 2010, cuando el “in Spain we trust” se les fue de las manos y casi envían el invento, su invento, al garete. Desde entonces estaban medio olvidados, básicamente porque Frau Merkel dijo que ni hablar, que su recrecida base fiscal es para ella sola y no piensa compartirla con nadie. Lo cual tiene toda la lógica del mundo.

Ser político, a fin de cuentas, es ese privilegio de poder saquear a tus paisanos con la ley en la mano y, al que se oponga, meterle en la cárcel. Los privilegios por principio no se comparten. Pero en estas apareció el irresponsable de Hollande, ese hombrecillo aparentemente inofensivo que está arruinando Francia a mucha más velocidad que el mismísimo Luis XIV, para volver a poner sobre el tapete la cantinela de los eurobonos, esta vez con el precioso eufemismo de “Gobierno económico del euro”.

Las palabras “gobierno” + “económico” + “euro” significan, traducidas al román paladino, “déjame la imprenta de billetes que ya me encargo yo del resto”. Un “Gobierno económico del euro” significaría que los gobernantes manirrotos y desmadrados que padecemos en el sur de Europa apretarían para que el banco central crease euros. Euros salidos de la nada, sin más respaldo que la voluntad política de pervivir en el machito, con los que compraría deuda de todos estos Gobiernos de saltimbanquis, una deuda perfectamente sindicada entre los golfos de siempre que aspiran a vivir eternamente por encima de las posibilidades productivas de su respectiva población. Eso son los eurobonos y lo demás pura palabrería de políticos que no quieren privarse de nada.

Normal que Guido Westerwelle, antiguo vicecanciller, histórico líder del liberalismo alemán que quiere hacerse perdonar de cara a su electorado algunos pecadillos de lesa estatidad, haya salido por la tangente pidiendo lo obvio. “No se puede resolver la crisis de la deuda con nuevas deudas”, dijo esta semana a un diario francés. La lógica más elemental es ahora revolucionaria. La sensatez es liberal, la locura socialista. No está de más recordar que vivimos en el mundo de la chifladura más absoluta

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