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Gripe, peste y otras desgracias

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Los mejicanos se lo han tomado en serio. Las calles que a diario se llenan del bullicio de la gente al pasar, de los coches, de las tiendas y restaurantes, quedan desiertas y sordas. Tienen un aire fantasmal. No menos que las escasas personas que, obligadas por algún imponderable, cruzan prestas calles y arcenes.

Las televisiones recogen esas imágenes y los testimonios de gente que no ha ido a trabajar. No hay clientes, pero tampoco hay quien les atienda. Los mariachi se juegan el tipo, asaltando a los coches que todavía tienen gasolina, para ofrecerles sus cantos. Es inútil. Los mercados están desabastecidos. Los cajeros no tienen dinero, por la sencilla razón de que los empleados de los bancos no acuden a ellos a reponer los billetes. La gripe porcina aleja a los individuos, que deshacen sus lazos habituales para refugiarse en el ámbito más inmediato, el de la familia. No todo el país se ha quedado en casa, claro está, pero la división del trabajo se está deshaciendo como toda una red unida con falsos nudos.

Es un experimento único, que demuestra el valor, precisamente, de esa tupida y compleja red de producción e intercambio que llamamos división del trabajo, y que es el sustento material de la sociedad. Los medios de comunicación hablan de los vuelos cancelados a Cancún para hacer referencia del impacto de la gripe en la economía mejicana, pero ¿qué valor puede tener eso, comparado con una sociedad que deja de cooperar por medio del mercado? La sociedad se deshace, y se empobrece. Los individuos, entrelazados por relaciones complejas y flexibles, son piezas de un orden que sirve a todos, y que es el que permite la creación de riqueza. Rotos esos lazos, la riqueza se desvanece.

Yo no me alarmo. Desconfío de los políticos, especialmente cuando nos alarman. ¿Adivinan a quién postulan como nuestros salvadores después de habernos acongojado? Sí. A ellos mismos. Esta gripe pasará, y quedará para una entrada de quinientas palabras en la wikipedia. Pero si no fuese el caso, si el virus mutase y matase, si comenzara a diezmar la población, como lo hizo la peste en plena edad media, crearía otro efecto económico devastador en la economía.

Lo explicó exactamente Bocaccio, tal como lo recoge John Hicks en Capital y tiempo: la gran plaga de Florencia convenció a sus habitantes de que ya no durarían mucho. Punkies a deshora, hicieron suyo el "no hay futuro". Así las cosas, "en lugar de procurar los futuros productos de su ganado y su tierra y de su trabajo hecho, dedican toda su atención al consumo de los bienes presentes". Pues la división del trabajo tiene una dimensión temporal. Sin tiempo por venir, no hay ahorro o inversión que tenga sentido. Consumiríamos toda nuestra riqueza hasta agotarla un minuto antes del final. Pero ese final no llegará mucho antes de que se apague el sol.

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