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Hiroshima y Nagasaki

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Las armas atómicas no pueden discriminar a sus víctimas, por lo que, por su propia naturaleza, son injustas. Sólo sirven para quien esté dispuesto a arrasar a poblaciones enteras, por lo que sólo le son útiles a los Estados. La destrucción a gran escala es un argumento muy convincente, pero de una moralidad más que dudosa.

Se ha justificado la decisión de Harry Truman porque de este modo aceleró el final de la guerra y evitó así numerosos muertos. El propio Truman no lo veía así. En la Conferencia de Postdam, celebrada días antes del lanzamiento de las bombas, advirtió a Japón, que ya estaba pensando en rendirse, de que a él sólo le valía la rendición incondicional, pues de otro modo infligiría sobre aquél país una "devastación total". Sabía de lo que estaba hablando. Hiroshima no era un centro militar, sino una ciudad con instalaciones militares. Nagasaki no era un centro industrial, que estaba a las afueras de la ciudad y apenas fue afectado por la bomba. La propia matanza de civiles fue, en realidad, el gran argumento utilizado para poner al país de rodillas.

Si en lugar de ser los Estados Unidos fuera la Alemania nacional socialista la que se hubiese adelantado, nos cuadraría con la concepción moral que tenemos de aquél régimen totalitario y la condenaríamos sin reservas. Nos resulta incómodo albergar la idea de que fue una democracia, la primera de todas, la que cometió aquél crimen. El ejemplo de Harry Truman muestra que el sistema democrático es mejor que cualquier otro, pero que está muy lejos de ser bueno.

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