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La ceja presenta su factura al cobro

Publicado en Libertad Digital

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En unas semanas tendrá lugar una cumbre en Copenhague donde los políticos pretenden comprometerse a incumplir promesas aún mayores de reducciones de gases de efecto invernadero. No alcanzarán los objetivos con los que llenarán los titulares, pero con la excusa aumentarán su poder más y más sobre la economía y sobre nuestras vidas privadas. Lo de imponernos la temperatura a la que debemos tener el aire acondicionado es sólo un ejemplo. Holanda ya ha pasado a controlar en todo momento por dónde vamos con nuestro coche. Vendrán cosas peores.

La gráfica del palo de hockey, que venía a decir que sufrimos un calentamiento desconocido en la historia reciente de la Tierra, dio alas al alarmismo climático. Era mentira. Ahora, además, sabemos que los científicos responsables de estas gráficas hicieron todo lo posible para que no pudieran publicar en revistas científicas quienes dudaban de su teoría, para expulsar sus estudios del IPCC –el compendio "oficial" de esta ciencia– y, sobre todo, para colocar en el código empleado para hacer sus estudios correcciones artificiales y arbitrarias con el objetivo de que dieran los resultados deseados.

La ciencia es replicación. En el año 89, dos químicos aseguraron haber logrado una reacción de fusión a temperatura cercana a la ambiente. Era la llamada "fusión fría". La noticia era importantísima. Permitía acceder a una fuente de energía eficiente y barata. Pero durante las siguientes semanas otros científicos intentaron replicar el experimento de Pons y Fleischmann, y no lo lograron. La decepción fue enorme. Pero supimos que la "fusión fría" era un timo gracias a que estos científicos publicaron detalladamente su método y dieron así la opción a los demás de repetirlo.

Estos "científicos" del clima, por el contrario, se niegan a ofrecer sus datos de tomas de temperatura y el código empleado para obtener sus alarmantes resultados. Llevamos más de una década haciendo ciencia y política basada en una confianza irracional y extrema en la competencia y honestidad de quienes ahora se han revelado como activistas de su teoría alarmista sobre el calentamiento global. Deberíamos haber reaccionado cuando se negaron a ofrecer sus datos a científicos como McIntyre, pero los medios compraron la idea de que no se podía permitir poner los resultados en duda mediante una auditoría de los estudios alarmistas. A algunos nos llamaron "enemigos de la ciencia". No deja de ser irónico que se descubra ahora que quienes sí merecen esa clasificación son los otrora sacrosantos Mann, Jones, Briffa, Osborn y Rahmstorf. Y quienes les han hecho la cobertura mediática.

La única vía para que la climatología se recupere de este golpe y podamos volver a confiar en ella la ha indicado Eric S. Raymond. No debe permitirse la publicación de más estudios climáticos que no presenten los datos y código fuente de los algoritmos que producen sus resultados. El IPCC no debe incluir en sus páginas ningún estudio que no cumpla estos requisitos. Antes de la era de internet podía tener lógica que no se publicara todo por falta de espacio. Hoy ya no. El secretismo es enemigo de la calidad. Un pequeño y endogámico grupo de climatólogos nos lo ha dejado claro.

También sería recomendable, como indicó en su día Michael Chrichton, que se impidiera que los mismos que deciden cómo recoger los datos, los recojan; que quienes recogen los datos sean quienes los analicen. No estamos hablando de ciencia pura, ahí aislada en su torre de marfil, practicada por individuos altruistas que se sitúan más allá de las consecuencias de sus investigaciones. La climatología es hoy una ciencia activista, muchos de cuyos integrantes quieren demostrar una tesis digan lo que digan los datos.

Pero no se hará nada. Hay demasiados intereses en juego. Posiblemente ni siquiera se consiga que los medios acojan con algo de escepticismo la enésima fecha en que se derretirá el Ártico.

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