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La glorificación de la violencia

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Pero ocultando la violencia lo que hacemos en realidad es mirar hacia otro lado y permitirla, fomentarla. Los mismos que proscriben la violencia protegen a quien la utilizan; es más, ellos no son más que víctimas, y si son violentos es por causas externas.

Las cárceles están llenas de personas que recurrieron a la violencia porque los ciudadanos de a pie les obligamos a ellos. La sociedad, que les ha hecho así, ¿qué culpa tienen ellos? Los estudiantes dan palizas a sus compañeros mientras otros disfrutan del espectáculo, y lo graban con sus móviles. ¿Echamos a los violentos del sistema educativo? ¡Qué barbaridad! ¿Del colegio, al menos? ¡Démosles una nueva oportunidad! Ya sabemos para qué.

Pero el turismo revolucionario es distinto, porque no consiste sólo en liberar los instintos que han sido taimados por la civilización, que aborrecen. Tiene también un componente ideológico, que procede del protofascista marxistoide Georges Sorel. A su juicio, ni se podía esperar pacientemente a que cumplieran todas las etapas del materialismo histórico ni debíamos caer en el gradualismo de socializar por etapas, lo que algunos llaman "conquistas sociales". Al socialismo, por la violencia, valga la redundancia. Rompamos físicamente con lo establecido e impongamos una nueva sociedad. No tenemos por qué transigir con el statu quo. Otro mundo es posible.

Por eso ese es el lema de los movimientos antiglobalización. Ha fracasado el socialismo histórico, no les es suficiente con el intervencionismo y creen que otro mundo es posible, aquí y ahora. Y el camino no puede ser otro que el de la violencia. Por eso se producen espectáculos como el del último destino del turismo revolucionario, en Rostock, Alemania. Los retroprogres han dado la forma más pura y desnuda a su concepción del mundo ejerciendo otra vez la violencia contra la última reunión del G-8. Los policías les han detenido, a costa, eso sí, de que 433 de ellos hayan resultado heridos, 30 de ellos graves. Las obras completas del socialismo, escritas con tinta roja indeleble, y que constituyen una historia sin fin.

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