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La paradoja de la democracia

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Quiere explicarse la paradoja de la democracia, o cómo es posible que si el sistema responde a las valoraciones de la mayoría, lo que obtengamos sean malas políticas ungidas por el voto mayoritario. Cuestiónese a sí mismo y repita la pregunta a sus allegados: ¿Está contento con cómo funciona la política? Esa respuesta negativa ¿no es mayoritaria? ¿No es la democracia el gobierno de las mayorías?

Por ejemplo, un estudio ha calculado que de echarse abajo todas las barreras al comercio en Estados Unidos, cada ciudadano aumentaría sus ingresos por año en unos 10.000 dólares. ¿Qué lleva al proceso democrático a imponer estos costes en la sociedad?

La respuesta de Caplan es que no se produce el milagro de la agregación, o cómo del encuentro de la opinión de muchos surge, en torno a la media, una sabiduría que se acerca a la de los expertos. El sentido común, que funciona cuando los asuntos están en el ámbito privado, desaparece cuando se habla de lo de los demás. ¿No es esto lógico?

El problema es que hay poca conexión entre el voto y los intereses materiales, pero sí con las ideas sobre lo que constituye el bien común. Y, nos dice Caplan, hay en el público un sesgo de error sistemático en lo que el público opina sobre asuntos económicos, que atraen la mayor parte del mercadeo político. Hay un prejuicio contra el interés, el comercio, las empresas que se han ganado el favor mayoritario de los consumidores, lo foráneo…

Y, como dice Anthony Downs, "es irracional estar políticamente bien informado, pues el poco provecho del la información no justifica el coste en tiempo y otros recursos" de obtenerlo. Cuando actuamos sobre lo propio tenemos el conocimiento necesario y los incentivos correctos. Cuando hablamos de lo que no nos pertenece, ni sabemos, ni nos interesa enterarnos. Ya sabe: el peor de los sistemas, si excluimos todos los demás.

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