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La paradoja del intervencionismo

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Posiblemente hayan oído hablar ustedes del gato de Schrödinger. Físico austriaco y premio nobel de 1933, Erwin Schrödinger contribuyó significativamente al estudio de la termodinámica y, sobre todo, de la mecánica cuántica. En 1935, para exponer una de las paradojas de la física cuántica, concibió su famoso experimento mental, consistente en encerrar un gato en una caja con un dispositivo radiactivo que tenía 50% de probabilidades de matar al gato en un tiempo dado. Según las leyes cuánticas, el felino está vivo y muerto a la vez, paradoja que sólo puede ser resuelta por un observador abriendo la caja y verificando la salud de la mascota de Schrödinger. Pues bien, similares contradicciones se dan con las teorías económicas y políticas que defienden el intervencionismo.

Y es que, el socialismo, o el intervencionismo si lo prefieren, entendido no como una opción electoral concreta, sino como una forma de entender al individuo, la sociedad y la economía que es común a todos los partidos con representación parlamentaria, adolece de serias e insolubles contradicciones.

Una de ellas es la que puso de manifiesto Ludwig von Mises en su teorema de la imposibilidad del socialismo al inicio de la década de 1920 del siglo pasado y que ha sido actualizada por Jesús Huerta de Soto hace unos pocos años. Esta crítica, demoledora por su lógica aplastante, se centra en la información que los agentes económicos utilizan para tomar sus decisiones –cálculo económico– y que, a su vez, generan como resultado de su propia actuación. Al optar por comprar o no comprar un bien y hacerlo a un determinado precio, estamos generando información que otros individuos utilizarán para decidir si producir más unidades de ese bien, modificar el precio, ajustar costes, dedicarse a otro negocio, comprar otro producto, etc.

Y es que, al intervenir el Estado en la actividad económica intentando planificarla u orientarla en un sentido determinado, lo único que consigue es cortocircuitar el mecanismo que genera la información que necesita para, precisamente, planificar la consecución de sus fines –que pueden ser todo lo bienintencionados que ustedes quieran–. De aquí se demuestra que no es posible intervenir en la economía y, a la vez, lograr el objetivo buscado. Los gobernantes carecen de la información requerida para ello porque han destruido la fuente de la misma, que es el libre ejercicio de la función empresarial. Esta es, de forma muy estilizada, la explicación de por qué el ideal intervencionista es teóricamente imposible.

En una sociedad tan compleja como la moderna, es impracticable que sea el pueblo el encargado de realizar los cálculos necesarios para intervenir en el sentido deseado, por tanto, dicha tarea ha de encomendarse a un reducido grupo de economistas, ingenieros y abogados que, con todas sus buenas intenciones, serán incapaces de recoger, procesar y aplicar toda la información requerida. El necesario fracaso en la consecución de los objetivos conducirá al público a pensar que se debe al insuficiente poder del Estado frente al continuo sabotaje de eso que llaman “los mercados”. De ahí que demanden más Estado, profundizándose en la espiral intervencionista.

De algún modo, este es el razonamiento que subyace en la tesis central de la obra de Friedrich HayekCamino de servidumbre, según la cual el intento de planificación económica, con independencia de que sea más intensa o más leve, conduce necesariamente hacia la pérdida de la libertad individual y, en última instancia, al totalitarismo.

Pero existe otra contradicción lógica en la justificación de la necesidad de intervención estatal en el ámbito tanto económico como político. Permítanme que les presente el razonamiento de forma ordenada:

(1) El intervencionista, sea de corte progresista o conservador, reclama que el Estado intervenga en la sociedad y en las decisiones que tomamos quienes formamos parte de ella porque considera demostrado que el humano es un ser egoísta y poco dado a mirar por el bien de los demás. Esto es, si le dejamos a su libre albedrío, tenderá a aprovecharse de sus congéneres, engañándoles siempre que pueda para sacar el máximo provecho económico y así medrar a costa del prójimo. Dar libertad sería como dejar que imperase la ley de la selva, el pez grande se come al pequeño, unos ganan lo que otros pierden, etc.

(2) Por ello, el defensor del intervencionismo piensa que el Estado ha de intervenir para corregir la maldad intrínseca del hombre. Sólo si desde los poderes públicos se controlan, regulan y se pone coto a los desmanes individualistas del ser humano cuando es libre, se podrá construir una sociedad que progrese igualitariamente. Es por eso que valoran tanto el papel del Robin Hood moderno, que, en lugar de hacer un uso virtuoso del arco y la flecha, se trastoca en el mismísimo sheriff de Sherwood para, a golpe de BOE, quitárselo a la clase media para favorecer a los ricos y poderosos mientras aparenta que da a los pobres.

(3) Aceptar los dos postulados anteriores implica asumir asimismo que el Estado no está formado por ángeles asexuados, de bondad infinita y sin un rastro de codicia en su ADN. Antes bien, lo componen políticos y burócratas que son personas de carne y hueso. Seres humanos que, en principio, están hechos del mismo material genético que los que les he descrito en (1). ¿Creen ustedes que deberían estar excluidos de dicha afirmación? ¿Acaso borra el acta de diputado el egoísmo en cuanto se recoge y se sienta uno en su escaño? ¿Creen que desaparece esa maldad intrínseca en el momento que se toma posesión de un cargo público?

(4) Ustedes podrían decirme que el proceso democrático garantiza que se escogen a los mejores. ¿Están seguros? Piensen en su político favorito antes de responder –a mí, por ejemplo, me gusta pensar en Cristóbal Taxman Montoro cuando tengo esa tentación–. O pregúntenles a los que en las últimas elecciones votaron al partido que hoy está en la oposición. No, no hay ningún motivo que nos permita pensar que el procedimiento del sufragio universal asegura la elección de los mejores candidatos, sino de los más hábiles para atraer votantes. En todo caso, aceptemos a efectos dialécticos que el sistema democrático es válido para filtrar y escoger a las personas más honradas, inteligentes, altruistas, generosas, trabajadoras y comprometidas con la sociedad.

(5) Adicionalmente, aceptar los postulados (1) y (2) implica admitir también que los votantes, como humanos libres, somos seres egoístas y codiciosos, criminales en potencia y faltos de sensibilidad ante el sufrimiento humano. Díganme, ¿por qué las personas que formamos el electorado, justo en el momento de ir a votar y sólo durante el instante que escogemos la papeleta y la depositamos en la urna, nos transformamos en seres seráficos y altruistas capaces de dejar a un lado nuestros intereses, nuestras filias y nuestras fobias, y votamos lo que pensamos que es mejor para la sociedad en su conjunto y no lo que es mejor para nosotros mismos? ¿Cómo es posible que seres egoístas y malvados sepan y quieran reconocer el altruismo y la bondad al votar?

En resumen, el argumento intervencionista aduce que, como el hombre es codicioso, hay que ponerle límites y regular su actividad. Pero los que crean las leyes y las hacen cumplir son personas, hechas del mismo material genético de aquellos quienes les eligen, sus mismos congéneres egoístas y desconsiderados. ¿Cómo se soluciona esta contradicción? ¿Puede estar el gato de Schrödinger vivo y muerto a la vez? Esta contradicción se resuelve con libertad.

(*) Ludwig von Mises, El socialismo. Análisis económico y sociológico, Unión Editorial

(**) Jesús Huerta de Soto, Socialismo, cálculo económico y función empresarial, Unión Editorial

(***) Friedrich A. Hayek, Camino de servidumbre, Alianza Editorial

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