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La quiebra del sistema monetario internacional

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Ambas entidades acumulan una deuda directa próxima a 1,5 billones de dólares. Además, son dueñas o garantes de créditos hipotecarios de diversa índole por un valor superior a los 5 billones de dólares. La factura es, pues, enorme. El plan de rescate anunciado por el secretario del Tesoro, Henry Paulson, pretende inyectar inicialmente a cada entidad unos 15.000 millones de dólares.

Es más, dicho colchón financiero se verá incrementado gracias a la ampliación de las líneas de crédito público, que según se rumorea en el mercado estadounidense, podrían alcanzar los 300.000 millones de dólares para cada compañía. De este modo, la nacionalización de la deuda hipotecaria arroja un balance simplemente devastador para las cuentas públicas de la primera potencia mundial.

La inyección de recursos públicos para paliar las cuantiosas pérdidas de Fannie Mae y Freddie Mac (1,5 billones de dólares) amenaza con disparar el déficit presupuestario a corto plazo, puesto que serán los contribuyentes estadounidenses los que, en última instancia, se encargarán de pagar estas voluminosas pérdidas con sus impuestos. Además, la insolvencia de ambas entidades obligará al Tesoro a garantizar con fondos propios el montante total de la deuda contraída (más de 5 billones de dólares). Es decir, muy probablemente el Gobierno de EEUU se verá obligado a duplicar su deuda pública con el objetivo de evitar la quiebra de dichas compañías.

Como resultado, la economía estadounidense se verá amenazada por dos efectos colaterales de gran magnitud. Por un lado, el envilecimiento del dólar. La caída del billete verde tenderá a incrementarse en el futuro inmediato. Su depreciación, que podría situarse en 1,75 euros al cambio a finales de año, pone en riesgo la estabilidad misma del sistema monetario internacional. De materializarse este escenario, el dólar podría dejar de ser empleado como moneda reserva, e incluso comenzar a ser repudiado como divisa de referencia internacional. En este sentido, la OPEP amenazó recientemente con sustituir el dólar por otro tipo de divisas en la compraventa de crudo, debido precisamente a su imparable depreciación.

Por otro lado, la nacionalización de toda la deuda bancaria de mala calidad sitúa al borde del abismo las ya de por sí deterioradas finanzas públicas de EEUU. El incremento del déficit fiscal, unido a un aumento desproporcionado de la deuda pública estadounidense conllevará, inevitablemente, la degradación crediticia de los bonos del Tesoro. En la actualidad, la deuda de EEUU cuenta con la máxima calificación de riesgo (rating). Sin embargo, tales desequilibrios presupuestarios, de constatarse, asestarán un duro golpe a la credibilidad y solvencia de la deuda norteamericana. Como consecuencia, la economía estadounidense contaría con dificultades añadidas a la hora de poder obtener financiación exterior para afrontar su abultado déficit.

EEUU ha optado por el peor remedio, la socialización de pérdidas, para tratar de curar una grave enfermedad, la burbuja crediticia. A lo largo de los últimos años, la política de bajos tipos de interés puesta en práctica por los bancos centrales ha impulsado la creación de una abultada deuda de mala calidad a través de la expansión del crédito sin la necesaria existencia de ahorro previo.

Ahora, los excesos cometidos están siendo purgados. Sin embargo, tratar de sostener artificialmente todo este conjunto de malas inversiones a través de fondos públicos no sólo no logrará solucionar absolutamente nada (los proyectos insolventes seguirán siendo insolventes), sino que, además, agravará en gran medida los efectos de la crisis económica. Incremento de la inflación, abultado déficit presupuestarios y, sobre todo, la intensa depreciación del dólar serán los daños colaterales de la decisión de Paulson.

Más allá de la inmoralidad que supone, en sí misma, la redistribución de las pérdidas empresariales entre todos los ciudadanos, la política económica aplicada hasta el momento por la Reserva Federal (FED) y el Ejecutivo estadounidense implica, en última instancia, poner en jaque la estabilidad del sistema monetario internacional. Y es que, si el dólar cae, el sistema simplemente se derrumba.

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