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La Revolución de Pablo Iglesias

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Pablo sabe que necesita de una sociedad herida, crispada, rota.

Pablo Iglesias no es tan listo. A mil leguas se le ve venir. Todo su entusiasmo por la mentira revolucionaria resulta insuficiente, pues él es de una transparencia cristalina. Sus objetivos vitales, como el de convertirse en una persona inmoderadamente rica, no se salen de lo común, salvo por su desbordante ambición política, que lo hace tan previsible. Su formación intelectual es limitada, y está más sesgada que lo previsible en este mundo de especialistas en el que ha perdido significado la palabra polihistor. 

Mas nada de ello nos debe confundir. Pablo Iglesias tiene la clave para triunfar en la vida: un objetivo claro al que dedica, incansable, sus esfuerzos. Y puede que se enfrente con perfecta e igualitaria ignorancia a múltiples ámbitos del saber. Pero sabe lo que necesita. Él está convencido, y bien puede tener razón. Y si hay algo que Pablo Iglesias conoce y admira es la obra de Lenin. 

El objetivo de Iglesias es alcanzar el poder. Y para ello necesita trepar por el torbellino de una revolución. Tropezó con el 15-M, y vió que allí “no sólo estábamos nosotros”. La crisis fue tan grande que arruinó la credibilidad del sistema. Y la pretensión de ser de fuera les permitió no mancharse con el régimen del 78. El paro, de un alcance lacerante, daba la medida exacta del fracaso de nuestra democracia. Y la corrupción es el fruto podrido del sistema, y a su vez su producto más acabado y representativo: nuestra democracia está manejada por y para los partidos políticos. 

No es que Pablo y su banda fueran a ser menos corruptos que los demás; ellos, que ansían acaparar un poder absoluto. Tampoco es que fueran a contribuir a reducir el paro. Ni saben hacerlo, ni les interesa. Pero ser “los otros” les catapultó en las encuestas. La corrupción ha generado una enorme cicatriz, fea y a la vista de todos, pero no una herida abierta. Y la reforma laboral ha permitido un crecimiento acelerado del empleo. Ellos, además, están tan instalados en el sistema como cualquier otro. La oportunidad para llevar a cabo una revolución, lo que Pablo llama “el momento leninista”, ha pasado. 

Hasta ahora. Pablo sabe que necesita de una sociedad herida, crispada, rota. Y el movimiento para la secesión de Cataluña le ha dado una nueva oportunidad. Es un nuevo “momento leninista”. Pablo, en el apogeo de su popularidad en las encuestas, le dijo a los nacionalistas que a vía del referéndum era ilegal e inviable. Pero que podían acompañarle en su objetivo de modificar la Constitución para permitirlo. Ahora no. Ahora, cuando los hechos se han precipitado y tiene ante sus ojos el conflicto en las instituciones y el odio en las calles, se suma a la rebelión para acabar haciéndola suya.

Lenin no tuvo ningún problema en recibir una cantidad enorme de dinero alemán y dedicarlo a la Revolución en su país, tras 17 años de exilio. Pablo entiende que la financiación venezolana es necesaria y pertinente. En las paredes de las oficinas bolcheviques en Petrogrado se colgaban carteles en los que se decía “los alemanes son nuestros hermanos”. Pablo ha cantado loas al régimen de Maduro hasta que ha dejado de ser conveniente. Lenin adoptó la postura derrotista en sus “tesis de Abril”, en contra de la opinión mayoritaria no ya entre los socialistas, sino entre los bolcheviques. Quería que su país perdiese la guerra, incluso a costa del territorio nacional, porque la derrota precipitaría la caída del gobierno, el descrédito de los liberales, y la Revolución dentro de la Revolución que él había predicado en abril. Pablo quiere la secesión de Cataluña porque generaría un gran conflicto social y político y amenazaría, del Rey abajo, todo el sistema político. 

Es la Revolución de Pablo Iglesias, que es el verdadero Lenin español.

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