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Las claves del G-20 en Seúl

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Los principales líderes políticos del planeta se reunirán en la próxima cumbre del G-20 para intentar poner fin a una guerra de divisas que, poco a poco, se está materializando en una escalada de intervenciones monetarias y proteccionistas cada vez mayor. La situación actual recuerda mucho a un escenario de preguerra, en el que los distintos agentes implicados lanzan amenazas y advertencias, al tiempo que negocian alianzas para combatir a un enemigo común.

El dólar ocupa el epicentro de esta particular batalla. La hegemonía del billete verde, la divisa de reserva internacional por excelencia, lleva siendo cuestionada de un modo creciente desde el inicio mismo de la crisis financiera. La política monetaria de Estados Unidos tan sólo ha aumentado dichas tensiones, ya que persigue envilecer aún más el valor del dólar con el fin de impulsar las exportaciones, monetizar la mala deuda (pública y privada) y generar inflación. Una estrategia que, sin duda, perjudica a sus acreedores y a los países con superávit comercial, como es el caso de China, Alemania y los llamados "emergentes".

No obstante, las críticas a la nueva ronda expansiva de Bernanke han sido insólitamente duras y explícitas por parte de las autoridades europeas y asiáticas. Las grandes potencias esperan poder rebajar esta tensión alcanzando algún tipo de acuerdo durante las sesiones de trabajo que tendrán lugar en Seúl. En esencia, todo gira en torno a un mismo y trascendental punto: la reforma del sistema monetario internacional y, por tanto, la sustitución del dólar como moneda mundial de referencia. Ni más ni menos. Gobiernos y autoridades monetarias llevan discutiendo este asunto a puerta cerrada desde 2008 y, sin duda, volverá a centrar el debate en Seúl.

De ahí, precisamente, la nueva propuesta del Banco Mundial, consistente en establecer una especie de tipos de cambio fijos anclados (con un margen de fluctuaciones) a una cesta de divisas, materias primas e, incluso, oro. No se trata de una mera ocurrencia. China, Rusia, Brasil, India, la ONU y hasta el propio Fondo Monetario Internacional (FMI) han avanzado reformas monetarias similares a lo largo de los últimos meses. De hecho, incluso el secretario del Tesoro de EEUU, tras sufrir un lapsus, llegó a admitir en público la posibilidad de establecer una nueva moneda mundial en sustitución del dólar. Es decir, el G-20 estudia un nuevo Bretton Woods.

¿Problema? Ninguna moneda fiduciaria mundial solventará las graves deficiencias que padece el actual sistema monetario. Y es que, la única solución pasa por restaurar el clásico patrón oro –puro y duro, sin ambages–. Sólo así la economía internacional logrará desarrollarse en el futuro sobre cimientos sólidos. Y es que si falla la base (dinero fiduciario), tarde o temprano, el resto del edificio se derrumbará.

Dicho esto, el acuerdo no sólo no es sencillo, sino poco probable. Washington sería el primer y principal perjudicado, ya que perdería su gran privilegio de imprimir papel moneda de curso legal a nivel mundial, con todas las ventajas que ello conlleva. Por ello, Estados Unidos insistirá en su propuesta de establecer límites máximos (4% del PIB) en los desequilibrios comerciales (superávit y déficit) de los distintos países. Sin embargo, Alemania y China ya han rechazado esta opción.

Ante tales divergencias, resultará difícil alcanzar un acuerdo sobre esta materia. Y es aquí, precisamente, donde surge el gran dilema. ¿Qué pasará si la guerra de divisas continúa? La devaluación artificial de monedas es una estrategia de corto recorrido y, tras ella, se esconde la mayor amenaza para la economía mundial: el proteccionismo y la desglobalización. El Gobierno de Estados Unidos ya tiene preparado todo un arsenal proteccionista contra China ante tal eventualidad; China, por su parte, está restringiendo la exportación de las denominadas "tierras raras", la materia prima de las tecnologías más avanzadas; mientras, Bruselas estudia una nueva legislación que permita a Europa adoptar represalias contra sus socios comerciales, incluidos los países emergentes, que no abran sus mercados públicos a las compañías europeas; los emergentes, a su vez, apuestan por aplicar barreras de entrada a los capitales foráneos… y así, sucesivamente.

Seúl es, pues, una cita clave para el futuro de la economía mundial. Puede suponer un freno a las actuales tensiones comerciales o, por el contrario, la espita que, finalmente, haga saltar por los aires el constante proceso de apertura, liberalización y desarrollo internacional propio de la globalización económica.

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