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Los Globos de Weinstein

Publicado en Libertad Digital

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Difícil pensar en otro sector en el que un importante empresario pudiera tirarse décadas exigiendo sexo a cambio de trabajo.

El año pasado los Globos de Oro fueron noticia por el discurso de Meryl Streep contra Donald Trump, en el que la genial actriz puso su mejor pose de indignación moral para denunciar a quien aún no había sido siquiera investido asegurando: «Cuando los poderosos emplean su posición para abusar de otros, todos perdemos». Meses después, las calles de Los Ángeles amanecieron empapeladas con fotos de Streep y Weinstein juntos y mostrando la mejor de sus sonrisas y el mensaje «Ella lo sabía». Porque, aunque lo niegue, lo sabía. Como lo sabía todo Hollywood.

Un año después, la digestión políticamente correcta del escándalo Weinstein ha impuesto el negro en los vestidos como forma de protesta, aunque no ha ido tan lejos como para que las actrices no muestren sus encantos. Se hicieron chistes sobre el tema, pero no se atrevieron a llevar a Ricky Gervais, que es quien podría haber dicho cosas realmente crueles, y certeras, sobre la hipocresía de los presentes. Y es que las gentes de Hollywood no están haciendo grandes aspavientos por que se hayan enterado ahora de que viven en una cultura donde el abuso sexual y el intercambio de favores profesionales por sexo sean algo habitual. Hacen grandes aspavientos porque nos hemos enterado los demás.

Las actrices que salieron al escenario trajeron a activistas que luchan por la igualdad y contra el abuso sexual en otras industrias, quizá para intentar hacernos ver que lo de su gremio en realidad no es para tanto, que pueden seguir dándonos lecciones de superioridad moral. Pero se hace difícil pensar en ningún otro sector en el que un importante empresario pudiera tirarse décadas exigiendo sexo a cambio de trabajo y que nadie, ni competidores ni empleados, dijera nada. En el que se hagan chistes públicamente sobre el caso pero nadie diga nada. En el que todo el mundo supiera lo que pasaba pero todo el mundo se hiciera sonrientes fotos con el señalado.

Ninguna de ellas mencionó siquiera el nombre de Harvey Weinstein. Nadie habló de Rose McGowan, la actriz cuyas denuncias de violación contra el productor dieron comienzo a todo esto. Ni siquiera agradecieron a Salma Hayek, presente en la gala, su valor al contar la historia de abusos del productor con ella, que llegaron al extremo, según denuncia, de que Weinstein la amenazara con pagar a alguien para que la matara. Lo que no hubo ni habrá en los Globos de Oro, ni en los Oscar ni en ningún otro evento multitudinario que organicen las gentes del cine es un homenaje a aquellas actrices cuya carrera se fue a pique, o ni siquiera llegó a despegar, debido a que no accedieron a acostarse con quien se tenían que acostar. Lo que hace que su exhibicionismo moral resulte aún más repulsivo.

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