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Los valores en el mercado

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Pero ese avance, que es el de la civilización, el capitalismo, la riqueza, no ha colmado la tierra y son millones los que aún viven en la pobreza, aunque su número no deje de disminuir. Acostumbrados a la excepción, a vivir en sociedades capitalistas y ricas, nos duele que otras necesiten emplear a los niños, como nosotros en los siglos anteriores, para poder darles lo más básico. Es un sentimiento de desasosiego moral y estético, que nos crea una repulsa.

Las empresas luchan por ganarse el favor de los consumidores, y por eso rodean sus productos de un halo, de una imagen, y huyen de ciertos estigmas como los europeos del XIV de la peste. El trabajo infantil es uno de ellos, por el profundo rechazo que despierta en casi todos. Inditex ha descubierto por un semanario portugués que una empresa proveedora empleaba a unos niños de 11 y 14 años en el norte de Portugal, y ha reaccionado abriendo una investigación para ver si se cumple su "código de conducta", que "prohíbe el trabajo infantil en nuestras empresas externas". Este comportamiento demuestra que no es necesaria la regulación para que se impongan en las empresas valores que son compartidos por una mayoría; en su mismo interés está dejarse llevar por éstos, si es que quieren nuestro dinero a cambio de sus servicios.

Si pudiéramos exprimir nuestra mente para extraer todas las marcas que conocemos y lo que sabemos de ellas nos quedaríamos impresionados por la cantidad y variedad de información. Al fin, nos bombardea a diario por medio de la publicidad, los medios de comunicación, y nuestra propia experiencia en el consumo. Pero a lo mejor queremos saber de una marca desconocida cierto aspecto al que le damos mucha importancia. Por ejemplo, ¿Han trabajado niños en su fabricación? ¿Están estos productos tratados genéticamente según principios científicos (lo que algunos llaman manipulación genética)? Si de verdad nos importa como para modificar nuestros hábitos de compra, habrá empresas o grupos empresariales que crearán sellos de certificación que darán fe de lo que busca el consumidor.

Pero, ¿y los disidentes? ¿Qué hay de aquellos que piensan, por ejemplo, que las empresas tienen que dar una oportunidad de trabajo a quienes menos tienen? ¿O qué hay de quienes confían en la ciencia, quienes creen que el empeño de una empresa para atraer los conocimientos de la ciencia al servicio de la mayor calidad de una verdura, o su mayor resistencia a las plagas es para su propio bien? El mercado tiene también respuesta para ellos. Si algo hay característico de las sociedades libres es la multiplicidad de opciones; siempre hay una oferta para una pequeña parte de la sociedad, sin perjuicio de que conviva con muchas otras.

No necesitamos de la regulación pública para que las empresas hagan caso y respondan a los valores mayoritarios, y tampoco la necesitamos para asegurarnos de que quienes no los compartan se queden sin opciones. El terreno de la acción pública es otro, el de la imposición de determinadas valoraciones por encima de las preferencias de las de los demás.

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